Al perder la mujer el control de la comida en la casa, por tener que salir a trabajar, por la difusión de ciertas modas o por comodidad, se transformó lo inusual en habitual. La compra del supermercado dependerá más de la envoltura que del contenido, agregado, como ya dije, a la información escrita detallada de los componentes que por sí sola no significa nada, pero que hace que el consumidor crea que elige, cuando en realidad, compra lo que se espera y se desea que compre. La idea de que las verduras por simple presencia solucionan todo hace que los padres se preocupen solamente de que su hijo le agregue una ensalada a la hamburguesa que come, como si un efecto contrarrestara el otro. A su vez, la verdura cocida solamente no satisface el gusto del hijo y por lo tanto se la disfraza en forma de budín o tarta, se llena de queso rallado, huevo y otras cosas parecidas, con lo cual la verdura, totalmente desvirtuada, no cumplirá ninguna de sus funciones. La gente tiene menos tiempo para dedicarle al alimento y a su preparación: así como hay más ocupaciones, hay más distracciones y la persona quiere coronar su día de trabajo al llegar a casa parando en la rotisería o discando un numero de reparto a domicilio para poder ver televisión o sentarse a la computadora antes de dormir. Esto forma parte de la anestesia que estamos sufriendo, donde el cuerpo (nuestro único bien) y sus necesidades fisiológicas deben ocupar el menor tiempo posible para así hacer cosas aparentemente más importantes o placenteras; por eso es más fácil discar un numero, tomar un medicamento u operarse para sacar kilos de más. El sentirse bien no pasa por el cuerpo, el cual es en realidad una masa de incomodidades, sino por los placeres que reciben sus sentidos. Estos placeres son la mayoría de las veces externos, como las imágenes de televisión, la computadora, el sabor salado y dulzor de las hamburguesas con papas fritas y la embriaguez de la cerveza (agregados a la omnipotencia que dan el control remoto o el mouse de que el mundo nos pertenece), impiden que dediquemos media hora a cocinar. Mientras se elige el delivery o se piensa en el menú, actúa esa sensación de ejercicio de poder que da una sociedad libre y democrática, de comer lo que uno tenga ganas. De la misma manera que esta sociedad manejada por mega-empresas nos condiciona a un estilo de vida, la elección de la comida sigue estando condicionada por las necesidades del merado y no por la salud. Las pizzas, que fueron el primer producto a domicilio, son reemplazadas por las empanadas, para que luego sigan los “tacos” o algo por el estilo. En ningún momento ni quien compra ni quien vende se va a plantear si es sano comer esas empanadas antes de dormir; no se sabe cómo fueron hechas ni qué tienen realmente adentro pero, mientras luzcan atractivas, la cajita sea de lindos colores y el servicio rápido, todo va bien. Desde que Occidente comenzó a exportar su estilo de vida como “el mejor”, hemos sentido que hacíamos lo adecuado para nosotros al aceptar lo establecido. La comida nunca fue cuestionada, salvo por su sabor, hasta hace pocos años. En ese momento se comenzó a tomar en cuenta su composición y se trataron técnicamente de sugerir ciertos cambios. Pero la información siempre se da atemperada por otros intereses o por el gusto de quien la emite. En nuestro país se informó un poco superficialmente que se comía demasiada carne roja, (en un régimen tipo para adelgazar de hace veinte años se indicaba carne roja en doce de las catorce comidas principales), luego de ese comentario la solución fue recurrir al pollo, hasta ese momento relegado a la categoría de comida de lujo y excepción. Como el pollo existente no daba abasto por las necesidades del mercado, comenzaron a surgir las empresas que “fabricaban” pollos en forma masiva. Cambiamos una vaca condenada desde que nace a engordar, apretujada luego en grandes camiones, en un ayuno forzoso, sabiendo que la van a matar, por pollos que no han dormido jamás, no caminan, llenos de “alimentos” “balanceados”, con cantidad de hormonas y medicinas adentro. El esquema de las comidas, en el sentido de alguna carne con alguna verdura, continuó igual, salvo con alguna esporádica aparición de las pastas. La “Pirámide Alimentaria” que a veces vemos reproducida en algún envase o alguna revista y en la cual la carne, sus derivados y los quesos están casi en la punta de dicha pirámide y los cereales y las verduras en su base, se ve desvirtuada por el hecho de que todo aquello aparentemente vegetal, termina teniendo dentro algún componente de origen animal. La mayoría de las galletitas están hechas con grasa de vaca o las tartas de verdura con grasa en la masa (además del queso rallado, los huevos y la crema). Esta demanda de la carne o sus derivados hace que se carneen cincuenta mil cabezas de ganado vacuno por semana en el mercado de las carnes y que el sueño del argentino promedio siga siendo “el asadito” porque la carne asada es sana y evita la anemia. Pareciera que lo más temido es tener disminuidos los glóbulos rojos y la única manera de evitar esta carencia sea consumiendo carne y morcilla.