Juan Francisco Verdaguer, conocido simplemente como Juan Verdaguer (Montevideo, 30 de julio de 1915 Santiago de Chile, 14 de mayo de 2001), fue un humorista uruguayo que tuvo una destacada actuación en los escenarios de Latinoamérica, en especial de Argentina.
Nació en Montevideo en el seno de una familia circense. Su padre, Lindolfo Verdaguer, era equilibrista y Aída, su madre, acróbata. Juan Francisco debutó en 1932 en Cruz del Eje, Córdoba, en la pista del circo Continental, propiedad de la familia. Su número consistía en permanecer en el último travesaño de una escalera de hoja única de cinco metros de largo: “Para hacer esta prueba no debo comer. Y para poder comer debo hacer esta prueba”. Completaba el acto tocando Czardas, de Vittorio Monti o La Cumparsita en su violín: “El violín me salvó de muchísimas situaciones porque al principio tenía que empeñarlo seguido. Tantas veces que el hijo del prestamista tocaba mejor que yo”.
Pasó algún tiempo en Río de Janeiro, Brasil, donde adaptó su número a la elegancia propia de los lujosos casinos en los que actuaba. Trabajó en Nueva Orleans, Estados Unidos en espectáculos de varieté. Fue allí cuando una noche, mientras tocaba “Me vuelves loco” en su violín, se le rompieron dos cuerdas, y tuvo que improvisar. Allí se hizo evidente su original veta humorística, caracterizada por la sutileza cerebral, el absurdo inesperado y el impecable manejo de palabras, tiempos y silencios:
“De mis padres, a través de incontables itinerarios trashumantes, aprendí que lo que llega al íntimo espíritu del público tiene un eco más perdurable y efectivo que lo epidérmicamente festivo”.
Realizó exitosas presentaciones en Estados Unidos, México, Perú, Panamá,
Chile, Uruguay, Brasil y Australia, Fue en el México de los años 50 donde tuvo su primera gran experiencia teatral como protagonista de Blum, que en Buenos Aires había hecho Enrique Santos Discépolo. “No quise copiar las indicaciones que sobre él quisieron darme.
Lo hice como lo sentía y afortunadamente resultó un éxito”. Fue la obra de mayor duración en un escenario azteca; una placa de bronce en el hall del teatro rememora el notable éxito.
Seguidamente recibió una invitación del director cinematográfico Mario Soffici para ser el protagonista masculino de la película dramática “Rosaura a las diez”, que tuvo excelente repercusión económica y artística. Poco después conoció a Goar Mestre quien lo contrató para trabajar en la televisión argentina, en donde debutó en 1961 con su espectáculo “Este loco, loco hotel”, en el entonces nuevo Canal 13 de Buenos Aires. Comenzaba su programa con un “señor, señora, no tiene que sintonizar su televisor... mi cara es así”.
Fue Premio Konex 1981, como “Actor de Variedades”. Participó en once películas cinematográficas. La primera fue la comedia musical de 1951 “Locuras, tiros y mambo”, acompañado por el grupo Los Cinco Grandes del Buen Humor. Le siguieron “Marido de ocasión” (1952), “La edad del amor” (1954) y “Estrellas de Buenos Aires” (1956). En 1958 hizo la mencionada “Rosaura a las diez”, sobre la novela de Marco Denevi, donde su dramática composición de un oscuro pensionista llamado Camilo Canegato le valió la aclamación del público y de la crítica. La siguieron las comedias “La herencia de 1964”, junto a Nathán Pinzón y el aún desconocido Alberto Olmedo, y “Cleopatra era Cándida” con Niní Marshall, donde se afirmó en su perfil humorístico.
Ese mismo año intervino en “La industria del matrimonio”. En 1969 protagonizó la muy sofisticada “Kuma Ching”. En 1980 hizo “La noche viene movida”. Muchos años después, en 1998 filmó la que sería su última película: “El amateur”. Consideraba al legendario Pepe Arias, como “el mejor humorista” del país. Destacaba especialmente que, “siendo un hombre culto, hizo un humor bien porteño con el hombre común”.
En 1999 participó de una fallida temporada de revista en el Teatro Astros con Reina Reech. Al poco tiempo emprendió una gira por Chile, Colombia y Miami. El último espectáculo lo brindó a comienzos de 2001 junto a sus amigos Mario Clavell y Carlos Garaycochea con la obra Masters. Allí, en el auditorio del Hotel Bauen, Verdaguer se reía de las trampas que le jugaba su memoria.
Algunos Chistes de Verdaguer Mi esposa y yo tenemos el secreto para un matrimonio feliz:
dos veces a la semana vamos a un restaurante y disfrutamos de un buen vino y una rica comida.
Ella va los martes y yo, los viernes.
Un día fui al médico y le dije Doctor, me tiemblan mucho las manos.
- ¿No será que bebe demasiado alcohol? me dijo.
- Qué va, - ¡si lo derramo todo! - le contesté.
Siempre llevo a mi mujer a todas partes.
Lo malo es que ella siempre encuentra el camino de regreso.
Con mi mujer siempre caminamos tomados de la mano.
Si la suelto, se va de compras.
El humor tiene tres vertientes: la exageración, el ridículo y la suegra.
No he discutido con ella en muchos años, es que no me gusta interrumpirla.
Mi mujer tiene una tostadora eléctrica, una freidora eléctrica, una exprimidora eléctrica, una cafetera eléctrica y una batidora eléctrica. Un día, se quejó y me dijo: “Hay tantos electrodomésticos en casa, que ya no tengo lugar donde sentarme”, entonces le compré una silla eléctrica.
La última pelea fue culpa mía. Estaba mirando televisión y mi mujer preguntó: “Qué hay en la tele?” Y yo dije: “Bastante polvo”.
El matrimonio es la causa número uno del divorcio. Estadísticamente, el 100 por ciento de los divorcios comenzó con un matrimonio.
Estaba con un amigo y le pregunté: - Oye, ¿tú te acostaste con tu mujer antes de casarte? Y él me respondió: - Yo no, y tú ¿lo hiciste? - Bueno - le respondí, - ni me hubiera imaginado que se casaría contigo.
Un día me pregunta mi hijo: - Dime Papá, ¿qué es el eco? A lo cual yo le contesté: -¡Es el único que es capaz de contestarle a tu madre!
LEÓN HERMAN
Sutil dibujante, hondo escultor, fecundo maestro: León Herman, un creador silencioso entre nosotros Por Eliahu Toker
99 silencios fue el título de su primer volumen de dibujos de humor, dibujos que con sencillez y hondura expresan la misma emoción inteligente que su autor supo desplegar en todos los ámbitos que calladamente anduvo su fecunda creatividad. Nacido en 1930 en el porteño barrio de Boedo, León Herman sigue entre nosotros dando prueba de la originalidad de su genio, que encontró expresión en la docencia informal durante toda una época, en la escultura en los últimos veinte años, y en el dibujo humorístico siempre. Era un adolescente cuando conformó por primera vez un centro de actividades creativas, Mamarrachos, reuniendo a los chiquitos de su barrio. Unos años más tarde, en 1964, creó para chicos en edad escolar Sentir y Pensar, un lugar basado en la libertad, la experimentación, la autogestión y la creatividad, en el espíritu de los maestros Janusz Korczak, Jesualdo y A. S. Neill, el de Summerhill. Esta experiencia, que se extendió hasta 1971, significó tanto para quienes la vivieron, que treinta años más tarde, los chicos de entonces, hoy adultos
León Herman junto a su escultura de Jorge Luis Borges, expuesta en el hall de entrada de la Biblioteca Nacional
pertenecientes a los más diversos niveles sociales y profesionales, decidieron reunirse para revivir y registrar los recuerdos de esa vivencia colectiva que marcó su adolescencia. Su primera tarea conjunta fue sorprender a León Herman, su maestro, acudiendo masivamente a su casa y recreando durante una noche, sentados en el piso, la conmovedora atmósfera de aquellos días inolvidables. Entre 1972 y 1978, tras Sentir y Pensar, León Herman organizó y dirigió todavía un tercer centro de actividades creativas, el TEC, taller de experiencias cinematográficas con adolescentes, en el que jóvenes, en verdaderos sets de filmación, experimentaron el expresarse por medio de imágenes. Lo pensado, vivido y producido a lo largo de esas tres intensas y originales experiencias docentes, la de Mamarrachos, Sentir y Pensar y TEC esperan todavía un cronista que las documente.
El dibujante El dibujo atrapó a Herman desde muy chico. A los 11 años se empleó para entintar los monos del dibujante judío de origen italiano Héctor L. Torino, su primer maestro, el autor de la tira cómica “El conventillo de Don Nicola” que aparecía en la revista Aquí Está. A los 14 años León Herman ya comienza a colaborar con sus dibujos en diversas publicaciones. Lo hace en Cascabel, en Tía Vicenta, luego en el diario La Nación, y más adelante en España, México, Canadá o Australia. Su humor cándido, ácido de pronto, pinta con trazo irónico, sutil, algunas obsesiones de la gente, en dibujos de línea precisa, despojada. “El hombre está hambriento de silencio” es la frase de Gallimard que encabeza su libro de 1967, 99 silencios. Uno de esos silencios se titula “Dios” y muestra a un hombre arrodillado ante un mástil que enarbola un billete de dólar.
Su segundo volumen de dibujos humorísticos, fechado en 1969, está dedicado a la entonces nueva casta social, “Las ejecutivas”, y en una de sus páginas muestra a una de ellas, sonriente, paseando con sendas correas, a un chico y a un perro. Su tercer libro, de 1971, Contramano, dispara miradas burlonas sobre la raza de los adoradores de autos. En uno de sus dibujos se ve a un hombre tendido en una cama de hospital y a su lado un enfermero que le da a elegir entre dos frascos de suero, en uno se lee “super”, en el otro, “común”.
Los dibujos de humor de León Herman recuerdan a los del famoso dibujante americano Saul Steinberg; son, como los de éste, dibujos lineales, de un humor hondo y fresco, silencioso, elocuente.
El escultor La obra escultórica de León Herman merece un capítulo aparte. Cuenta Herman que su padre era tornero de maderas, de modo que él nació y vivió en un taller durante sus veinte primeros años. Allí comenzó elaborando anillos de carozos de duraznos, gomeras con horquetas de ramas de paraíso y muñecos de madera para quemar en las fogatas de San Pedro y San Pablo. Ya adulto trabajó en una industria metalúrgica, sumando a su relación con la sensualidad de la madera, un intenso contacto con el hierro, el acero, el cobre, el bronce y el aluminio como materiales expresivos, pero recién en el curso de una larga estadía suya en Nueva York, entre 1979 y 1981, comenzó a darles forma escultórica. Su primer maestro fue allí un judío polaco, Michael Grosz, luego, en Buenos Aires, trabajó en el taller de Naum Knop.
Producto de madurez, las esculturas, murales y objetos creados por Herman a lo largo de estos últimos veinte años expresan intensidad, sensibilidad y emoción. “En mis trabajos comienzo realizando un boceto originado en una idea, en un recuerdo, en un sueño, etc., etc., pero voy sabiendo lo que quiero sobre la marcha”, dice.
Algunas de sus esculturas corrieron suertes singulares. Una de ellas, Euforrock, expuesta en 1995 en un Salón de Artes Plásticas de la Provincia de Santa Fe, fue elegida por el docente y los alumnos de la cátedra de Organización del Espacio de la terciaria Escuela de Diseño y Artes Visuales santafesina, para su análisis, despertando en los jóvenes reflexiones, polémicas e inquietudes.
Las esculturas de León Herman son a veces deudoras del dibujante, incluso del caricaturista. Esto se nota claramente en otra obra, también protagonista de una experiencia singular en 1997, en esa misma ciudad de Santa Fe. Hecha de madera policromada, muestra una figura humana alada, cubierta por una sucesión de máscaras. Titulada con ironía Hombre, esta escultura fue rechazada por el jurado del Salón Anual del Museo de Bellas Artes santafesino. Gente de cultura de la ciudad reaccionó contra ese rechazo creando un sitio cultural alternativo que llamaron Pre-textos y que se inauguró con un panel acerca de esa obra, ubicada para la ocasión en el escenario, como bandera.
“El motivo de mi búsqueda —escribió alguna vez León Herman— sería sintetizar en las piezas una visión de la realidad que mis contemporáneos reconozcan como propia, como si se produjera un encuentro entre el creador y su época”.
En el marco de una serie de obras conmovedoras, León Herman modeló una cabeza de gran tamaño de Jorge Luis Borges. Lo hizo como siempre, dándose tiempo y silenciosamente.
HÉCTOR L. TORINO
Nuestro homenaje al creador de la historieta “Conventillo de Don Nicola”
Entre los años 1935 y 1965, aproximadamente, el dibujante de historietas humorísticas Héctor L. Torino brillaba con sus dibujos del “Conventillo de Don Nicola”. Esta divertida pintura de inmigrantes italianos aparecía dos días por semana en la revista “Aquí está” y también en el suplemento en colores del diario “Crítica”. Torino, además, editaba su propia revista llamada “Bicho Feo”.
Los que hoy somos jubilados, allá por la década del 50 en que salía la
tira de Torino, estábamos posiblemente entre los 10 y los 25 años. Muchos éramos hijos de inmigrantes.
Debemos reconocer que el conventillo que describe Torino en sus historietas es una institución que se desarrolló en el Puerto de Buenos Aires y se trasladó parcialmente a algunas localidades del interior.
El conventillo fue un vehículo de integración no muy estudiado, pero que todos vivimos. Algunos descendientes de españoles aprendimos de los “tanos” algo del idioma italiano, mientras ellos adquirían el español. Otros, por qué no, asimilaron el polaco, el ruso, y muchos de los dialectos árabes u orientales de aquellos que se convirtieron en “turcos”, como se terminaron denominando los inmigrantes provenientes de esa zona cuyos nombres de países nos resultaban tan difíciles de pronunciar.
Deseamos compartir con todos nuestros asociados este primer envío del “Conventillo”, hermoso modelo de cofraternidad peleada, discutida, colorida, que tantos recuerdos nos trae.
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Héctor Torino, por León Herman Conocí a Torino a los 12 años, cuando acompañado por mi hermano mayor, le fui a mostrar mis primeros trazos en el dibujo de humor. Le parecieron interesantes y comenzó a enseñarme a dibujar y a pasar a tinta. Pasado un tiempo, comencé a publicar mis trabajos en “Bicho Feo”.
Lo recuerdo como una persona tranquila y alegre, apreciado por todos los dibujantes que llegaban a su estudio de la calle Sánchez de Loria e Independencia. Sus trabajos eran muy comentados en peluquerías, bares, clubes y bibliotecas.
Vayan estos recuerdos como un pequeño homenaje a quien fuera mi querido maestro.
DAVID RATTO
Publicidad y Democracia se retroalimentan
El pasado 11 de diciembre, en el Centro Cultural Recoleta de la Ciudad de Buenos Aires, José Ignacio López, ex vocero de Raúl Alfonsin, con rango de secretario de Estado en su gobierno, organizó en el contexto de las recordaciones por los 25 años de recuperación de la democracia, el acto en memoria a uno de los protagonistas principales del triunfo de Alfonsin en 1983, el querido publicista David Ratto, fallecido hace ya cuatro años.
En la foto que ilustra este homenaje, vemos a Manuel Cywin, Secretario de la Asociación Mutual Bilbao 1912 y Director de la revista “Bilbao Buenas Noticias”, junto al eminente economista, ex Ministro de Economía de la Nación, Juan V. Sourrouille, participando del evento.
Raúl alfonsín: el heroe que hizo lo que pudo EDITORIAL DEL DIARIO "EL PAIS" DE ESPAÑA
Jueves, 18 de diciembre del 2008
Que una sociedad le dé las gracias a un político es un acto casi extravagante, por lo desacostumbrado. No debería ser así porque, si nos libramos de los prejuicios relacionados con la política, deberíamos reconocer que, como dice Hanna Arendt, las pocas y raras ocasiones en las que se ha logrado cambiar algo, ha sido precisamente cuando hombres y mujeres plurales se han asociado para actuar políticamente. Hay políticos que se merecen el agradecimiento de sus conciudadanos y que no son los héroes que les llevaron a la guerra o les exigieron esfuerzos insufribles, sino los del tipo que le gustaban a Romain Roland, héroes que hacen todo lo que pueden. Los argentinos empiezan ahora a darse cuenta de la importancia que tuvo la presidencia de Raúl Alfonsín, cuando, hace 25 años, se hizo cargo de un país que salía arrasado y desmoralizado de ocho años de feroz dictadura militar. En unas circunstancias extremadamente difíciles, Alfonsín hizo todo lo que pudo para defender el sistema democrático y devolver a los ciudadanos su dignidad colectiva.
A Alfonsín se le ha reprochado que dejara al país sumido en una violenta crisis económica y que aprobara las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que permitieron salir indemnes a muchos militares que habían asesinado, violado y torturado.
Pero fue Alfonsín quien sentó en el banquillo a los ex comandantes que integraron las Juntas Militares, y lo hizo cuando todavía estaba incólume la estructura castrense que había sostenido la dictadura. Fue él, y no Menem ni Kirchner, quien envió a la cárcel, con condenas a perpetuidad, a Videla, Masera y Agostí. Alfonsín recibió un país cuya industria había desaparecido y todos los planes de estabilización que intentó fueron boicoteados por muchos de quienes ahora le alaban. La misma CGT que nunca organizó una huelga general durante los ocho años de infamia militar, lanzó nada menos que ocho al presidente democrático.
Saludemos pues el desacostumbrado ejercicio de agradecimiento a un político honesto, una cualidad que nadie ha negado nunca a Alfonsín y que, desafortunadamente, ha estado tan poco presente en alguno de sus sucesores.
HOMENAJE A DIVITO, por tantos años de humor
Por Lara Goldberg
Willy Divito hizo un enorme aporte al humor argentino, con sus dibujos tan característicos y sus historias tan simples como inteligentes. Por eso hoy, casi 40 años después, lo recordamos con el mismo cariño y le seguimos estando eternamente agradecidos.
Guillermo Willy Divito nació en la capital de Buenos Aires el 16 de septiembre de 1914, con un lápiz en la mano y el humor entre los dientes. El creador de la revista Rico Tipo y de las conocidas chicas de delgadas cinturas y amplias caderas que luego encarnaron en los cuerpos reales de las mujeres de los años 40 y 50, comenzó a demostrar su talento antes de los 10 años, cuando ya plasmaba sus dibujos sobre pisos, paredes y puertas, o cualquier superficie que encontrara. Eran todavía niños cuando él y su inseparable hermano, Carlos Alberto, se presentaron en el teatro Versailles, de la avenida Santa Fe, con el número que ellos mismos apodaron El dibujante relámpago. Willy dibujaba las caricaturas pedidas por el público, y su hermano acomodaba las hojas en cuestión de segundos. Ambos hermanos pasaron su infancia en un petit hotel situado en Talcahuano al 1000, en la capital de Buenos Aires, junto a su padre, el
reconocido cirujano Dr. Juan Divito. Fue debido a la temprana pérdida de su madre que los chicos debieron culminar sus estudios inmersos en severos internados, lo que generó una estrecha relación entre ellos, así como un fuerte deseo de independencia compartida. Amante de la velocidad, los que lo conocieron aseguran que de no haber sido dibujante, Willy hubiera piloteado autos de carrera. Dicen que quería ganarle al tiempo, y paradójicamente esa resultó ser la causa de su trágica muerte cuando el 5 de julio de 1969, a los 54 años, se estrelló contra un camión al volante de su auto en una ruta brasileña, tratando de llegar lo más rápido posible a Buenos Aires para aprobar la tapa de la revista que saldría esa semana.
Sin embargo, su exceso de rapidez fue también la razón por la que alcanzó su fama, ya que a los 30 años, con una amplia experiencia luego de haber dibujado para la revista Patoruzú, Willy asumió la aventura de editar Rico Tipo, el 16 de noviembre de 1944. Fue en ese momento cuando se lanzó al estrellato con este hallazgo periodístico que llegó a tirar 300.000 ejemplares por semana, y a lo que Willy dedicó 25 años de su vida. Pero la revista no pudo sobrevivir sin él, y luego de su muerte fue desapareciendo de a poco.
Aunque algunos lo describen como un tipo alegre y cariñoso, José Antonio Guillermo Divito era un hombre reservado y tímido, y quizás fue esta aparente doble personalidad la que dio origen al conocido Dr. Merengue y su otro yo, donde muestra nuevamente su velocidad mental al exponer, antes de que el psicoanálisis lo hiciera de manera popular, un subconsciente al desnudo.
Amante de los viajes, Willy visitó Europa, Estados Unidos y Brasil en repetidas oportunidades, relatando con sus dibujos cada una de sus experiencias. Otros de sus amores fueron el jazz, la pintura impresionista, el sol, el mar y las noches, que siempre disfrutó en compañía de distintas mujeres hermosas, afirmando alegremente que prefería comprarse una bicicleta a contraer matrimonio. Sin embargo le disgustaba que lo tildaran de playboy, y se autodefinía como un bohemio que vivía la vida intensamente. Lo cierto es que Willy Divito hizo un enorme aporte al humor argentino, con sus dibujos tan característicos y sus historias tan simples como inteligentes. Por eso hoy, casi 40 años después, lo recordamos con el mismo cariño y le seguimos estando eternamente agradecidos.
HOMENAJE A LINO PALACIO
Por Lara Goldberg
Dibujante, arquitecto, profesor y en ocasiones poeta, Lino Palacio nos brindó a todos un pedacito de su buen humor.
Mucho se escucha decir sobre el humor de los humoristas: cómicos de la boca para afuera, solitarios, antipáticos y hasta egocéntricos con sus seres queridos. Poco sabemos si esto es realmente así, pero cuando se trata de Lino Palacio, pareciera que estos comentarios no fueran más que un cuento de ciencia ficción. Su par de ojos amables a los que tantos periodistas hicieron referencia, reflejaban desde lo profundo lo que Lino transmitía: alegría, buen humor y generosidad.
Hay quienes afirman que Lino nació en San Telmo, un 11 de noviembre de 1904, y hay quienes sospechan que su nacimiento tuvo lugar en Barrio Norte, un 5 de noviembre de 1902. Más allá de estas imprecisiones, cabe suponer que el propio Lino registraría su nacimiento en el año 1912, cuando ganó su primer premio en un concurso de dibujo infantil organizado por la famosa Caras y Caretas. Quizás este fue el empujón inicial que le dio al humorista la valentía para llevar, en 1920, uno de sus dibujos al diario La Razón, por el que le pagaron 5 pesos, y quedarse espiando tras la ventana para ver cómo se imprimía lo que sería su primera publicación.
No hablamos solamente del autor de
Ramona y las conocidas tapas de la revista Billiken, de Don Fulgencio y sus historias en El Hogar, hablamos de un maestro que con su porte adornado con un clavel rojo en la solapa del saco, difundió arte y alegría, y sobre todo una extrema disciplina, a su inmensa cantidad de alumnos y seguidores. Tal era su respeto y responsabilidad por su profesión, que se sometió a rendir en una semana los 21 exámenes libres que la burocracia le exigía para obtener el título de Profesor de Dibujo.
Sin reproches pero con una notable convicción por sus ideales, dejó de publicar caricaturas políticas durante el período peronista, pero tampoco accedió cuando el mismo Perón lo citó para pedirle personalmente que las volviera a hacer. Cuenta que cuando le dijo al propio general que él no era peronista, el mismo Perón le respondió "Yo tampoco soy peronista, algunas veces". Y fue recién en octubre de 1955 cuando volvió a sus dibujos políticos, con enojos de algunos por sus imágenes ridículas, pero evocando siempre a la sonrisa de todos.
Dibujante, arquitecto, profesor y en ocasiones poeta, Lino Palacio nos brindó a todos un pedacito de su buen humor, y tras su muerte en 1984, el diario La Razón lo recordó con estas palabras: "Gracias por ayudarnos a vivir. Gracias por el coraje de la inocencia".
Homenaje a OSCAR CONTI
Por Lara Goldberg
Oski compartió con los argentinos la maravillosa visión de un mundo empapado de detalles, el reflejo característico de las tendencias del momento teñido de una naturalidad que hace de lo simple algo para destacar.
Piernas largas y finas, panzas redondas y narices grandes con punta, esas son las siluetas que acompañaron al inconfundible Oski a lo largo de su historia. O mejor dicho, son las figuras que él mismo diseñó para mostrarnos las más ridículas y descriptivas situaciones que sólo un gran observador tiene la capacidad de rescatar.
Oscar Conti nació en Buenos Aires en 1914, estudió en Bellas Artes y comenzó su carrera haciendo caricaturas para publicidad. Sin embargo, en 1942 el estilo propio de lo que sería uno de los humoristas más reconocidos del siglo 20 comenzó a tomar forma con sus publicaciones en la revista Cascabel, y terminó por afianzarse definitivamente en las páginas semanales de Rico Tipo, dentro de la sección Versos y Notisias donde surgió el personaje de Amarroto.
Si observamos con detenimiento algunas de sus obras más reconocidas, como lo fueron luego La primera fundación de Buenos Aires, Vera historia de Indias, Comentarios a las tablas médicas de Salerno y su Vera historia del deporte, entre otras, quizás logremos entender el motivo de su éxito, cargado de un estilo único. Es que el artista capta la atención de sus seguidores marcando la simple relación entre la imagen y las palabras. Así vemos el retrato de un hombre bajo el trazo del humor al estilo Oski, en la insólita situación de un Knock out de boxeo, por mencionar algunas de las acciones que el humorista supo graficar. Y es justamente esa simple acción llevada
al ámbito estrictamente literal, garabateada con líneas curvas casi infantiles, la que muestra un aspecto de nuestra propia sociedad representado bajo un clima de ridiculez absoluto.
Oski, fallecido en Buenas Aires el 30 de octubre de 1979, compartió con los argentinos la maravillosa visión de un mundo empapado de detalles, el reflejo característico de las tendencias del momento teñido de una naturalidad que hace de lo simple algo para destacar. Por eso los dibujos de este genio de la caricatura permanecen vigentes desde hace más de cuarenta años, y estamos seguros de que no perderán su frescura a lo largo del tiempo.
Recordando a Astor Piazzolla
por Albino Gómez*
Albino Gómez, el autor de este ensayo, amigo y compañero de correrías porteñas y neoyorkinas junto al músico, rememora vivencias compartidas, visitas a exposiciones de pintura y cantinas. La bibliografía que gira en torno a Astor es numerosa; aún así, o tal vez por eso, Albino Gómez recurre a su anecdotario personal para arrojar luz sobre algunos aspectos desconocidos de la vida del maestro, como la vez que “durmió” junto a la enigmática Greta Garbo
Lo llamaron Astor en homenaje a Astor Bolognini, un violoncelista amigo de su padre Vicente. La historia de este pisciano -como él astrológicamente se reconocía- comenzó el martes 11 de marzo de 1921 en Mar del Plata a las dos de la madrugada, y su vida, aunque no su historia, se cerró hace quince años, el 4 de julio de 1992 en Buenos Aires, después de una penosa y larga enfermedad, que lamentablemente puso fin a su prolífica producción cuando seguía desarrollándose con una enorme potencialidad creadora
Escultura realizada por León Herman
en París. Cincuenta años antes, en 1942, todavía menor de edad, porque en aquellos años la mayoría comenzaba a los 22, se casó con Odette María Wolf (“Dedé”), una bella argentina con sangre alemana y francesa, que le dio sus únicos hijos, Diana y Daniel. Pero hasta llegar a eso, pasaron muchas cosas, entre otras, vivir desde los 3 años hasta los 16, en Nueva York, con una breve interrupción de nueve meses, por una vuelta a Mar del Plata, en un intento de sus padres, Vicente y Asunta, de reinstalarse en esa ciudad, lo que recién pudieron lograr en 1937.
Claro está que esos años neoyorkinos le dieron a nuestro músico una base cultural-emocional que selló toda su vida, a través de las vivencias que significaron sus rebeldías escolares, la amistad con sus primos italo-americanos de New Jersey, las pandillas barriales de las que formó parte, sus rechazos al solfeo, sus primeros maestros musicales; ese primer bandoneón de segunda mano, con cincuenta notas metálicas y estuche de madera, que aprendió a tocar solo, mientras recibía lecciones de piano de un maestro húngaro, discípulo de Rachmaninov, que le descubrió a Bach y a Mozart, enamorándolo de dichos autores de tal manera, que abandonó sus correrías y peleas por las calles de Manhattan donde tocaba la armónica o hacía zapateo americano por moneditas. Y cómo obviar el hecho imprevisible y mágico, de conocer a Carlos Gardel a los once años, hacer de extra como canillita en una de sus películas y acompañarlo a las tiendas para hacerle de intérprete idiomático en sus compras.
Evidentemente el destino estaba tramando algo especial para el niño y el joven Astor. Se ha escrito muchísimo sobre él -acerca de su desarrollo musical, desde sus inicios a los 18 años como bandoneonista de Anibal Troilo -y su arreglador después- en decenas de notas periodísticas, algunas extraordinarias como la que le dedicara el músico y poeta argentino Guillermo Anad en la Revista “El Arca” en diciembre de 2000, que constituye el análisis técnico más profundo sobre su obra, o en libros tan valiosos como el de María Susana Azzi y Simon Collier; más las memorias de Natalio Gorín; el entrañable texto de Diana Piazzolla o las desopilantes historias contadas por Oscar López Ruiz. Vale decir que todo ello me exime de endilgarles hoy a los lectores una extensísima relación cronológica de su producción, por demás ya muy conocida, como todo lo relacionado con la formación de su primera orquesta con Fiorentino en 1946, la obtención del Premio Fabián Sevitzky por sus Tres Movimientos Sinfónicos Buenos Aires, en 1953, seguido esto por la obtención en 1954 del premio de los Críticos musicales con Sinfonietta, que fuera dirigida por Juan Martinon.
Los años en New York le dieron a Piazzolla una base cultural-emocional que selló toda su vida
Para cerrar ese breve ciclo de ocho años, con la obtención de una beca del gobierno de Francia para estudiar contrapunto y composición con Nadia Boulanger. Sin dejar de mencionar por supuesto, algo tan fundamental como fueron sus cinco años de estudio con el maestro Alberto Ginastera?Y me detengo aquí para no violar mi propósito de evitar un sumario ya conocido, porque sólo pretendo en esta nota recordarlo, con el modesto aporte de mi testimonio personal a través de algunos encuentros en nuestra larga amistad fundada en New York en 1958, cuando ya llevaba yo más de una década escuchando sus grabaciones en los discos de pasta de 78 revoluciones. Porque me tocó nacer en el seno de una familia tanguera, y mi padre me llevaba desde que yo tenía 10 o 12 años al Nacional, al Marzotto o al Ebro Bar para escuchar tangos. Y como vivíamos en la calle Corrientes, al lado del teatro Politeama, pasaba todos los días para ir a mi escuela, por la vereda del Tibidabo, donde yo sabía que tocaba Troilo, como también por comentarios de mi padre a sus amigos, que había debutado en esa orquesta un joven bandoneonista de apellido Piazzolla.
Mi gusto por el tango estaba determinado por lo que escuchaba en mi casa, que abarcaba desde los de la Guardia Vieja y Gardel, hasta los musicales de Francisco Canaro en los teatros, o el refinamiento de las orquestaciones de Osvaldo Fresedo que ya agregaba instrumentos no convencionales. También me motivaban las milongas en los clubes de barrio a las que iban mis primos mayores. Y luego los bailes de los Carnavales con orquestas de tango y jazz..
Ya veinteañero descubrí mi gusto por el jazz, que en Buenos Aires tenía como el tango en esos años, grandes formaciones musicales como las de Eduardo Armani, Luis Rolero con Helen Jackson o Héctor y su jazz. Pero al mismo tiempo renovaba mi gusto por el tango gracias a la nueva riqueza musical que comenzaba a recibir a través de Horacio Salgán y de Astor Piazzolla.
Recuerdo que operado de apendicitis a los 22 años, durante mi breve internación de tres días, con dos noches, como se me permitiera instalar en mi habitación del sanatorio un pequeño Cinco, me lo pasé escuchando “Prepárense” de Astor Piazzolla, grabado en un disco TK por Anìbal Troilo.
Pocos años después lo vi, aunque desde lejos en la Facultad de Derecho cuando ganó el Premio Fabián Sevitzky. Pero tardé cinco años más para encontrarlo y conocerlo personalmente, en mi primer viaje a Nueva York en 1958. Yo tenía en esa ciudad a varios amigos, y dos de ellos, colegas míos en el Servicio Exterior, eran amigos y admiradores de Piazzolla. Ellos me lo presentaron y comenzó una amistad enriquecida por la estimulante vida cultural que nos brindaba Nueva York, donde había además un grupo de destacados argentinos vinculados al periodismo, a la pintura y a la música, como Ana Itelman, Horacio Estol, Omar del Carlo, Marcelo Bonevardi, Sergio Mihanovich y Enrique Villegas, entre muchos otros, con quienes compartíamos varias noches durante los dìas semana, más las tardes de algunos sábados y domingos. Astor y yo vivìamos a una distancia de apenas cinco minutos de auto, ya que solo se trataba de cruzar el Central Park, desde la Quinta Avenida hasta Broadway, a la misma altura, por lo cual nuestros encuentros eran muy frecuentes.
A los once años conoció a Carlos Gardel, haciendo de canillita en una de sus películas
Astor vivìa en la calle 92 y Broadway, es decir del lado Oeste de la ciudad, a una cuadra del Central Park. Lo acompañaban Dedé, Daniel y Dianita, que andarían por los diez o doce años. En ese departamento, por el cual pasaron decenas de artistas, recaló un sábado por la tarde Juan Carlos Copes con su compañera María Nieves, que venían de Puerto Rico y llegaban por primera vez a Nueva York. De inmediato partimos con Astor y Copes al Barrio italiano a comprar fiambres para la noche, y ensaimadas para la tarde. En ese tiempo, Astor estaba trabajando en la música de un ballet para Ana Itelman sobre el tema de “El hombre de la esquina rosada”. Ya había creado su entrañable “Adios Nonino”, cuando se enteró de la muerte lejana de su padre Vicente, que lo sumió en una profunda tristeza. También apareció por entonces fugazmente en un par de importantes programas de la televisión local, trabajaba por las noches en el hotel Waldorf Astoria y casi de una manera permanente en el Chateau Madrid, un excelente lugar nocturno de música y copas. Nuestras salidas preferidas eran las idas al cine, a los museos, al Vanguard en la calle 11 para escuchar jazz, a las exposiciones de pintura y a las cantinas italianas y españolas, porque el disfrute con Astor de la comida, siempre fue parte fundamental de nuestra amistad. También eran importantes los recorridos que hacíamos por un Manhattan más transitable que hoy en día, como nuestras salidas más lejanas que incluían Brooklyn, Queens y Long Island. Más allá del Bronx llegábamos a los Cloisters para sentarnos a escuchar en la paz de los patios de ese museo-convento, música sacra, mientras podíamos contemplar el río Hudson, bien azul en verano y tan gris y helado en sus orillas durante los inviernos. Es que nos fascinaba esa zona muy boscosa llamada Riverdale, donde vivió, y murió en 1945 uno de los íconos de Astor, Bela Bartok. Ese lugar, a unos veinte o treinta minutos de Times Square, o sea del mismo centro de Manhattan, nos regalaba un paisaje natural tan maravilloso que se nos hacía imposible creer que pudiéramos estar tan cerca de esa tumultuosa y vibrante ciudad neoyorkina. Por supuesto, también eran inafaltables nuestras largas tenidas nocturnas de charlas y discusiones sin fin sobre cine, música, libros y hasta sobre política.
No quisiera, por haber contado ya infinidad de veces en varios medios, las circunstancias que me permitieron presentarle en Nueva York a Astor, a Igor Stravinksy, pero si vale la pena que vuelva a señalar algo que sólo los ìntimos conocen, y es la timidez de nuestro músico frente a sus ídolos, porque ante la sorpresa de que era realmente verdad que yo podía presentarle al gran músico ruso, ya frente a él, no le salía ni una palabra de saludo, sus piernas como él mismo contó en algún reportaje, temblaban y no podía articular una sola palabra. Sólo al día siguiente pude reunirlos y hacer provechoso para Astor el encuentro. Pero en cambio, voy a utilizar ese espacio para referir otra circunstancia demostrativa de su gran timidez frente a una persona que admiraba artísticamente con pasión: Greta Garbo. Porque estuvo sentado a su lado en una vuelo en primera clase de Aire France, desde París a Nueva York, no recuerdo ahora si eso ocurrió en 1977 o 1978.
Su amada Greta Garbo, “pasó la noche con él”, durmió a su lado, y él no dijo ni una palabra
La gran capelina cubría el restro de la actriz y la inmovilidad de su sueño, que la mantuvo sentada durante todo el viaje no pidiendo ni un vaso de agua, le impidió, a quien era normalmente muy audaz y capaz de cualquier picardía o estrategema, inventar nada para intercambiar un par de palabras con ella. Otra vez su timidez. Por supuesto, eso le impidió pegar un ojo durante toda la noche del viaje, y sentirse totalmente frustrado. Su amada actriz “pasó la noche con él”, durmiò a su lado, y nada, ni una palabra.
El hecho es que casi al mismo tiempo, tanto Astor Piazzolla como yo dejamos Nueva York, Continuó nuestra amistad en Buenos Aires, donde tuve oportunidad de escribir una letra para su tema “El mundo de los dos”, que me pasó en su departamento de Entre Rìos y Venezuela, donde todavía sigue viviendo Dedé. También le hice entonces otra letra para la vidalita que fue uno de los temas musicales de la película “Paula cautiva”. “El mundo de los dos” lo estrenó en 1962 en el recién inaugurado boliche “676”, con su quinteto integrado por Jaime Gosis, Oscar López Ruiz, Elvino Vardaro, Quicho Días, y la voz de Héctor de Rosas. Luego, en 1963 lo grabó. En Buenos Aires reanudamos la vida nocturna que hacíamos en Nueva York, siguiendo todas sus actuaciones en diversos boliches como Jamaica o La Noche y en sus conciertos en universidades. También compartió Piazzolla en ese tiempo, los estudios de la Radio Municipal, en su modesto sótano debajo del Teatro Colón, con la orquesta de Aníbal Troilo y con el dúo Salgán-De Lío, gracias a la renovación cultural y musical que le impuso entonces a la emisora de la Ciudad, el doctor Virgilio Tedín Uriburu con Ricardo Constantini y Julio Alvarez Freyre. Por supuesto, Astor tenía grandes admiradores, pero asimismo numerosos detractores que negaban que su música fuese tango. Pero Astor decía que había sido admirador y seguía siéndolo, de las orquestas de Julio de Caro, Osvaldo Fresedo, Elvino Vardaro, Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo. Como también manifestaba su admiración, entre otros músicos, por Horacio Salgán. Atilio Stampone, y Leopoldo Federico. Pero que no podía escribir ni sentir como ellos por no poder ni querer imitarlos. Y en cuanto a lo que se decía acerca de que empleaba ritmos y armonías modernas en sus tangos, sencillamente aclaraba que se trataba del “nuevo tango”, y que no sería un error vaticinar que eso que hacía en ese momento, en un futuro no muy lejano, habría de ser tildado de antiguo. En 1969, mientras me desempeñaba como director de programación del Canal 7, en un finalmente frustrado intento de transformarlo en un canal cultural, fui designado jurado técnico internacional para el “Festival de danza y canción de Buenos Aires”, que se desarrolló en el Luna Park, y compartí ese honor con Francisco García Gimenez, Lucio Demare, Hamlet Lima Quintana, Eduardo Lagos, Horacio Malvicino y Chabuca Granda. En dicho festival Piazzolla presentó la después famosísima “Balada para un loco”, con letra de Horacio Ferrer y cantada por Amelita Baltar, a la que los integrantes del jurado técnico votamos para el primer premio pero que lo perdió por la decisión del voto popular, que le otorgó dicho premio al tango “El último tren” de Julio Ahumada. Este tango tuvo una sola grabación, la del propio concurso, y nunca otra más. En cambio, la “Balada para un loco”, como es bien sabido, constituyó un éxito mundial. Después, la vida y los trabajos nos llevaron por distintos países, pero seguimos escribiéndonos y encontrándonos, por ejemplo, en Nueva York cuando viajé para cumplir con un trabajo de Clarìn, mientras Astor llegaba desde París, donde estaba viviendo, invitado en el marco de los festejos del “Columbus Day” para interpretar tres temas suyos orquestados por él para los cincuenta músicos de la Filarmónica de Nueva York, y que tuve el enorme placer de escuchar en el Madison Square Garden. Para ese concierto también llegó Diana desde México, donde estaba exiliada durante el tiempo de la última dictadura militar.
Manifestaba su admiración, entre otros, por Horacio Salgán, Atilio Stampone y Leopoldo Federico
Ese viaje desde París fue el del otro ataque de timidez frente a Greta Garbo. No me queda ya espacio para seguir hablando de nuestros encuentros, pero al menos quisiera agregar el que tuvimos cuando siendo embajador en Suecia, pude recibirlo en Estocolmo dos veces. La primera fue cuando dio un deslumbrante concierto con su quinteto en el mejor teatro de la ciudad colmado en su capacidad para 1200 espectadores, quedando más de trescientos afuera de la sala, sin poder lograr un lugar. La grabación de ese concierto, con las palabras previas de Piazzolla en su flúido inglés se sigue pasando todavía hoy, después de veinte años, en la Radio Sueca. La segunda fue cuanto participó con el mismo quinteto meses después, en verano, en un festival de jazz a orillas del Báltico. Por supuesto, en las dos oportunidades comimos con todos los integrantes del quinteto en mi casa, donde charlamos y escuchamos hasta el amanecer una selección de temas suyos que preparé gracias a mi discoteca, cuya “sección Piazzolla” tenía en 1986 cerca de sesenta casetes. En los comienzos de los años cincuenta, con mis jóvenes amigos, ya considerábamos a Astor Piazzolla un equivalente a George Gershwin, porque como él estaba creando una gran música partiendo de las raíces populares de la ciudad. Y como decía Guillermo Anad en el trabajo que antes citara, a pesar de no haber sido un “tanguero”, o quizá justamente por eso, llevó el Tango a terrenos insospechados, donde acaso ya no hacìa falta sentir “el temblor de las baldosas de un bailongo”, sino más bien la kepleriana música que produce la Tierra al desplazarse en el Universo.
*Publicado en Perfil el domingo 1º. de julio de 2007