Que las mudanzas son un engorro no hay quien lo dude. Nadie imagina tener tantas cosas hasta que llega el momento de guardarlas para llevarlas a otra casa. Y luego, al estar en el nuevo domicilio ordenar otra vez cada objeto, lleva su tiempo.
La semana pasada me decidí a acomodar cajas que contenían papeles y recuerdos personales. Demás está decir que esta tarea me ocupó varias horas porque me detuve a leer y mirar antes de deshacerme de algunos de ellos.
Entre tanto papelerío encontré una fotografía antigua, tan antigua que me asustó la fecha que mi hermano le había escrito en el anverso: “Abuelos, 1906” ¡Cien años! Y las imágenes se mantenían perfectas dentro de un tono sepia inmejorable.
Era la típica fotografía familiar de aquellos tiempos, El abuelo y la abuela sentados con mi papá y mi tío, aún niños en sus rodillas, y las dos tías señoritas de pie a espaldas de sus padres. Por supuesto que todos lucían la ropa de época, largos vestidos ellas, traje y cuello palomita con moño el abuelo y los chicos con su vestimenta de marineritos.
Los gestos serios, adustos, ni un atisbo de sonrisa. Las manos de las muchachas sobre el hombro de la abuela.
Me quedé largo rato con la fotografía frente a mí, tratando de imaginar que pensarían ellos en ese momento en que el flash de la primitiva cámara los capturó para siempre. ¿Imaginarían que cien años después alguien de su misma sangre estaría mirándolos?
La incertidumbre seguirá sin respuesta. Y como soy alguien que viene transitando dos siglos, la segunda parte del XX y lo que va del XXI decidí inmortalizar esta imagen familiar. Fui a mi computadora, escaneé la fotografía para enviársela a mi hijo por correo electrónico mientras pensaba: “Abuelos, tío, tías, papá, sin saberlo han entrado ustedes en el mundo de la cibernética un siglo después, sois toda una reliquia”.
María Eva Toledo
Ushuaia - Tierra del Fuego
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