Mi abuela Juliana, este antiguo y legendario personaje, dejó marcas grabadas a fuego en mi personalidad, las que con el paso del tiempo me fui dando cuenta, cuánto valor tenían.
Siempre recuerdo el día, que mi padre me dijo, la abuela se viene se vivir con nosotros, espero que se lleven bien con ella y la quieran tanto, como la quiero yo, es un poco autoritaria, pero es mi madre y la quiero. Le prometimos que lo haríamos, pero aquella empresa no fue fácil, su disciplina rigurosa y su manera de ver la vida, era muy distinta a lo que nuestros padres nos habían enseñado. Lógico, nuestros padres, por razones de trabajo, se pasaban fuera de casa la mayor parte del día, es decir, teníamos, con mi hermano Raúl, una libertad absoluta. Esto quedó como cosa del pasado, de ahora en adelante, todo será distinto, dijo la abuela. Cuando llegó el camión con la mudanza, lo primero que bajaron, fue “la silla mecedora de la abuela”, la que hizo colocar en un punto estratégico, cerca de la ventana y la puerta de entrada. Desde ese punto, podría controlar entrada y salida de la casa, supimos lo que era disciplina repartiendo un tiempo para cada cosa. Ella decía que el tiempo bien aprovechado, alcanzaba para todo.
Mis padres también tuvieron que adaptarse a aquél régimen y marcar el paso, como nosotros, cortando salidas nocturnas, con su regreso, a la madrugada; es decir, nuestra vida había cambiado por completo. Nos llegó a parecer, que habíamos retrocedido en el tiempo. Dentro disciplina figuraba, como regla principal, aquél viejo ritual, que dice que nunca te acuestes por la noche, sin antes pedir perdón, por todas las cosas malas que hayas cometido durante el día y si has ofendido a alguien, deberías pedirle perdón.
Mi madre tenía colgado en el living un cuadro con la imagen de Jesucristo, para mi abuela. Allí tendríamos que rezar diez Padre nuestros y pedir perdón, cosa que hacíamos disciplinadamente, cuando cometíamos una travesura.
Después de casi dos años de implantado aquél riguroso régimen, una tarde, a nuestro regreso de la escuela, tuvimos la sorpresa: La abuela no estaba en “su silla mecedora” como todos los días. Más tarde, cuando regresaron nuestros padres, supimos que la abuela se había descompuesto y la tuvieron que internar, la silla estaba allí, como testigo silencioso de aquella rigurosa disciplina.....
Al día siguiente, nos llegó la triste noticia, que la abuela había fallecido. Recién empezamos a valorar, cuán importante era para nosotros. Volvimos a disfrutar de la libertad que teníamos anteriormente, pero allí estaba “ la silla mecedora de la abuela Juliana”, como poniendo límites, a cualquier desborde fuera de las reglas.
Una tarde jugando con mi hermano Raúl, dentro del living, tropecé con una mesa, dejando caer un hermoso jarrón de porcelana china, de mi madre, recuerdo de un antepasado suyo. Cuando vino ella no tuve mejor idea, que culpar a mi hermano, quien defendió a capa y espada su inocencia, pero como no había otro testigo, me creyeron a mí y él fue castigado, privándolo por una semana, de los partiditos de fútbol que se jugaba todas las tardes, después del colegio. Aquella noche Raúl se acostó sin cenar; yo terminé mis deberes y también me acosté. Pasé las horas dándome vueltas en al cama, sin poder dormir.
Cerca de media noche, me levanté al baño y escucho un pequeño ruido que llega desde el living, cuando enciendo la luz, contemplo, con asombro “la silla mecedora de la abuela Juliana”, estaba meciéndose sola, como acostumbraba a hacerlo mi abuela, cuando nos reclamaba por algo malo que habíamos hecho. Me acerco y la tomo del respaldo, pero cuando le quito las manos de encima, sola se ponía en movimiento. Allí me di cuenta que me estaba olvidando aquella noche de algo que mi abuela me recomendaba tanto, que era pedir perdón. Sin perder más tiempo me hinqué de rodillas, frente a la venerada imagen de Jesús, recé diez Padrenuestros y pedí perdón, por la mentira en la que había involucrado a mi hermano Raúl. Cuando terminé con los Padrenuestros, le pedí perdón a mi hermano, luego fui al dormitorio de mis padres, para demostrarles mi arrepentimiento. Estaba predispuesto a recibir el castigo correspondiente. Desde aquella noche me hice un juramento, al que jamás he faltado, “la silla mecedora de la abuela Juliana”, nunca más necesitó mecerse solitaria, para recordarme aquella promesa......
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