En esa estación ya no pasaban más trenes, pero Don Eleuterio iba todos los días a visitarla. Se sentaba en uno de los bancos del andén, que él mantenía esmeradamente pintados de amarillo intenso, juntamente con dos macetones, donde florecían, anualmente, unas azaleas que parecían querer acompañar al viejo guarda en la tarea de mantener viva la que otrora fuera la estación Pte. Sarmiento, paseo obligado de los pocos habitantes del pueblo que esperaban el paso del tren al atardecer para romper la monotonía de las horas sin apuro. El ulular del silbato de la locomotora y una campana que Eleuterio hacía sonar, con gran vigor, alegraban el corazón de los paisanos, como si la imagen de largos vagones, algunos cerrados y otros a cielo abierto, llevaran ese algo de mágico y misterioso, que los atraía al lugar, ahora desolado.
Pancho, algunas veces, acompañaba a su abuelo en esas diarias visitas. Gozaba sintiéndole contar sus primeros años como sub-jebe y luego ascendido a jefe: dos uniformes, uno para el invierno – de la mejor tela inglesa- y otro para el verano –tela de algodón color arena- gorra con visera haciendo juego con el uniforme, silbato y zapatos de cuero.
Un día a la semana pasaba un tren de pasajeros, con coche comedor y vagón postal. Ese día el pueblo se preparaba como para una fiesta. Las mujeres se esmeraban, cada una, en su especialidad culinaria. Los jóvenes se encargaban de la venta. ¡Calentitos los pasteles! ¡Tortas fritas! ¡refrescos! ¡Pruebe las empanadas de estación Pte. Sarmiento! Un coro de voces digno de un convento benedictino.
-Abuelo ¿por qué no me contás cómo eran los trenes en la época de los dinosaurios?
-No creo que los hubiera, pero ya en el siglo XVII en nuestro país, los ingleses mediante “wagons” –arrastrados por animales- llevaban minerales hasta los puertos de embarque, con rumbo al imperio.
Fue en 1887 cuando se concretó el Ferrocarril Trasandino del Norte, gracias a dos hermanos anglo-chilenos –ahora no recuerdo sus nombres- quienes convencieron al entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento para traer de Europa los elementos necesarios: rieles que recorrieron, otrora, nuestro vasto territorio.
-Abuelo, ¡cómo me gustaría tener un tren! ¿Si lo pido a los reyes?
-Le escribiremos una carta. Pero desde que no pasa más el tren, ya ni los reyes llegan. Pero, yo te prometo hacerte uno.
-¿Y cuánto vas a tardar? Tiene que ser con locomotora y vagón postal.
-Con todo, Pancho, ya vas a ver, pero dame tiempo.
La escuelita del pueblo festejaba todos los años con gran solemnidad la fecha del nacimiento del gran educador del que llevaba el nombre el humilde pueblito.
Eleuterio, muy emocionado, fue a presenciar el acto donde su nieto sería elegido abanderado de la escuela. Delantal blanco almidonado, zapatos relucientes, escarapela y guantes blancos, conseguidos por el turco Alí, que proveía la ropa y mercería al pueblo. Los padres de Pancho tenían reservado un lugar en primera fila, junto a la maestra y a la directora de la escuela.
Eleuterio había sacado del armario su uniforme –de sargá azul- y los zapatos de cuero negro.
Cuando el festejo terminó, besó a su nieto y le dijo: “ahora vamos a la estación”.
-Abuelo, ¿pusiste la bandera en el mástil?
-Sí, hoy es un gran día.
Se sentaron en el banco de siempre. Eleuterio miró el reloj, fue hacia la campana, tomó el badajo, esperó unos minutos. Luego con la a postura de años atrás, comenzó a tañer al principio despacio, luego cada vez más fuerte.
A lo lejos algo se acercaba, lenta como convaleciente que hace sus primeros pasos. Era una locomotora a vapor. Su sirena sonaba triunfante, como diciendo “aquí estoy, he regresado”.
-¡Abuelo, es de verdad! ¡Es de verdad, abuelo!
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