Se sentó en el taburete junto al mostrador y desde ahí saludó, departió y bebió sin descanso, infatigable, insaciable, hasta que el último comensal se fue y lo dejó dispuesto a beberse la última copa.
Regresó al asiento donde había estado toda la noche pero, ahora, ya no se pudo subir así que desde él ya sólo pudo resbalarse, lento, torpe, ebrio, hasta que el suelo lo acogió y se convirtió en nido, lecho, murmullo, sueño profundo.
El latido del párpado derecho lo despertó.
Los vahos del licor sólo le devolvieron parte de la conciencia perdida mientras el resto de él aún porfiaba en seguir durmiendo.
El latido se repitió como para que entendiera que esa era ya la única señal de vida que le quedaba porque toda su paz había explotado mientras dormía y ahora lo había dejado ahí, inmóvil, inerte, alerta a partir de la nada en que se ha convertido eso que ahora es su vida.
Vida que todavía es vida aunque sólo sea la de un sobreviviente.
Vida que seguirá ahí, delirando, adormitándose, esperando, murmurando entre latido y latido que lo devuelva a la realidad o a lo que quede de ella, hasta que vuelva a delirar o a dormitar o a dormir o a soñar o, simplemente, a dejar que la imaginación dé traspiés por esa ruta que él ya no sabe encontrar de otra manera.
Vida, sí, aunque él sabe que ese es todo el futuro que le queda y está aprendiendo que eso no es ni la sombra de lo que fue porque antes tuvo ilusiones, esperanzas, triunfos, deseos, derrotas, temores, miedos, que ahora han dejado de ser posibles y él entiende que ya su único compañero será el vértigo que preside a este delirio que lo está deshilachando todo, fragmentando, pulverizando y convirtiendo en ese despojo que ya es y que lo ha hecho su propio rastro que se deshace en nadas, mientras él todavía está vivo.
Porque está vivo, desesperadamente vivo aunque totalmente inválido e inútil excepto para sus latidos o para sus olvidos o para sus delirios que lo desesperan y le dan mucho miedo mientras demoran en llegar y recién entonces todo vuelve a parecer un sueño.
Sueño que no le ha impedido preguntarse si él es el culpable de que le haya pasado esto y responderse que no, sin ninguna duda.
¡Jamás!
A lo más responsable.
Responsable sí y desde antes, desde que comenzó el olvido, hasta ahora.
Responsable desde que dejó que el tiempo trascurriera lentamente, sin usarlo y dejó que la vida pasara mientras él se quedó inmóvil, mudo, como ausente, viviendo la vida que todos vivimos, es decir, desde él y hacia todos y no como ahora que la tiene que vivir desde ahí, desde donde ahora está, desde adentro de él mismo y hacia nada.
Responsable de haber dejado de creer o de decir o de sentir o de esforzarse en que su corazón palpite o que su voz grite o que, por lo menos, hable y diga algo de lo que pudo haber dicho antes y que, ahora, ya no podrá ni siquiera murmurar.
Responsable, en ese desamparo, de no haberse esforzado en huir de ahí para jamás volver, cuando todavía era tiempo.
Responsable de no tener voluntad para crearse su propia eternidad o cualquier cosa de esas que siempre dice más que los olvidos que lo están ahogando desde entonces.
Responsable de haberse abandonado tanto y haber dejado que le crezca el pelo y la barba y los bigotes y las uñas y la soledad y la pena y el asco y el odio hasta que lo convirtieron en este sucio ovillo de piel sudorosa, que hiede, y de huesos desnudos y de un hambre insaciable y de sus andrajos deshilachados y de esta rabia ciega que, cada vez, lo han ido haciendo más frágil y más liviano hasta que la brisa empezó a arrastrarlo y a zarandearlo contra pisos y paredes y ventanas mientras se iba deshilachando y desmenuzando hasta convertirse en el despojo que es ahora y que no tiene más destino que el de convertirse en ese polvo que el viento está esparciendo por toda la habitación, oscura y en silencio.
En silencio como el de la noche de ayer y el de este momento que lo han llenado de soledad, de aroma de mar, de nubes blancas y de silencios tristes en este amanecer de color gris olvido.
Olvido como el que tantas veces, antes, buscó en esas largas copas de licor que bebió hasta caer al suelo, balbuceante.
Balbuceante porque estaba harto, como ahora, que está aquí, tumbado, consciente de que es un despojo, el resto de un ovillo que se deshilvana y que no quiere decir, ni gemir, ni llorar porque no puede, ni sabe, ni quiere aceptar que ya sólo es eso, un despojo sin esperanzas ni ilusiones ni sueños como los que ahora está teniendo ahí, tendido de bruces, lleno de vergüenza, desesperado, mientras sólo tiene un tic de vida y un atisbo de dignidad, en los que hasta el tiempo podría dejar de ser importante.
Importante porque el tiempo es largo, tan largo como el sopor que ahora mismo no lo deja disfrutar de la desvergüenza con la que se está desnudando la noche para arroparse de amanecer mientras pinta el paisaje que bosteza frente a él, que tiene el alma cansada y la boca seca y amarga, sin saber por qué.
El alma cansada mientras el viento lo desmenuza y lo arrastra y lo zarandea y hace hilachas, polvo, despojos que solo son rastros de que estuvo ahí.
Despojos como es ése que antes eran sus manos entreabiertas y que ahora ya no están ahí, inertes y sucias de la grasa con la que dejó esa marca sobre el vidrio, que el calor de la noche ha secado y endurecido y que el viento intentó, sin éxito, descascarar para evitar que se convierta en el inmundo testimonio de su presencia.
El viento, ese costoso cómplice que lo arrastra y revuelca y fractura y desmenuza y deshace en minúsculos fragmentos que apenas si tienen fuerzas para cogerse a la realidad que se les esfuma desde aquí o desde allá o desde ese mismo suelo donde está caído y de donde ya no se puede levantar.
Por eso es que en éste, su último esfuerzo de dignidad, ha pensado en voltearse y buscar dónde derramó, tan torpemente. esa copa de licor fuerte que no llegó a beber y que ahora lo está ahogando con su vaho agrio, áspero, penetrante, que no se esfuma y que lo agobia tanto como el dolor de aceptar que sus músculos no le responden y que todos sus movimientos sólo se expresan en fragmentos que están huyendo por el filo de esa ventana que alguien dejó entreabierta, antes de que lo dejaran solo, lleno del licor que lo tumbó al suelo, donde ahora está, parpadeando su soledad y su tristeza.
Filo de ventana, ése, que se abre a la oscuridad y al silencio de un casi amanecer que está borrando las brumas mientras se pierde en la eternidad de una lejanía que no tiene rostro, ni rastro, ni retorno.
Filo de ventana a través del que vienen y van cosas.
Viene aire.
Van fragmentos; sus fragmentos.
Vienen ganas de huir.
Vienen polillas y mosquitos y moscas.
Sobre todo moscas.
Moscas como ésta que revoloteó, largamente, hasta que se posó sobre la hilacha que todavía es la comisura de sus labios, por la que está caminando y picoteando sin que él pueda detenerla ni hacerla huir.
Mosca que está obligado a soportar con asco y con terror porque lo hacen saberse a merced de cualquiera.
A merced de cualquiera, como ahora, que está indefenso y fatigado y abrumado por este absurdo calor que lo predispone a abandonarse y a olvidar dónde está o lo que es o lo que aún queda de él, aquí adentro porque afuera, del otro lado del vidrio, la brisa refresca y sigue su camino, sin recogerlo en sus brazos y llevarlo para hacer que el silencio lo redima y acabe con él, para siempre.
Brisa que no escucha que tiene que acunar esa vida inútil, mientras todavía es vida.
Porque ahora sí que llegó al fondo y está atrapado, deshecho, indefenso, inerte, hilacha, polvo, restos que no quieren que los conviertan en ese impalpable, siniestro, turbio ser que ya no tiene promesas ni recuerdos ni dogmas ni esperanzas.
Y, también, porque allí donde está, parecería que se desvió del camino de la realidad y llegó a este otro sitio que no puede ser la eternidad soñada o que, en todo caso, no es la que él había esperado.
Por eso es que dice que no es culpable y lo cree con la misma fe del que se fue en silencio, para no volver.
Y también por eso es que hoy quiere sonreírle al viento y seducirlo y hacer que lo lleve con él y con sus olvidos y con sus silencios y con sus sueños y con sus latidos hasta que sea la hora de ya no volver más y él lo entienda y lo acepte y vuelva a sonreír, mientras se hunde en su destino.
Hasta ese entonces, hoy, ahora, no sabe cuánto debe esperar hasta que alguien se acerque, rompa el silencio y mientras trata de limpiar el vidrio manchado de grasa, no entienda por qué es imposible borrar ese rastro de agua que goteó, largamente, al lado de la mancha, como si la pena de alguien que ahora ya no está, la hubiera dejado ahí para que no lo olviden.
Responsable también de eso y de haberlo resistido tanto tiempo, en silencio.
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