Rincón Literario
  Volver
Cambiar tamaño A+ A-| Imprimir

No es culpable

Se sentó en el taburete junto al mostrador y desde ahí sa­ludó, departió y bebió sin descanso, infatigable, insaciable, hasta que el último comensal se fue y lo dejó dispuesto a beberse la última copa.
Regresó al asiento donde había estado toda la noche pero, ahora, ya no se pudo subir así que desde él ya sólo pudo resbalarse, lento, torpe, ebrio, hasta que el suelo lo acogió y se convirtió en nido, lecho, murmullo, sueño profundo.
El latido del párpado derecho lo despertó.
Los vahos del licor sólo le devolvieron parte de la conciencia perdida mientras el resto de él aún porfiaba en seguir durmiendo.
El latido se repitió como para que entendiera que esa era ya la única señal de vida que le quedaba porque toda su paz había explo­tado mientras dormía y ahora lo había dejado ahí, inmóvil, inerte, alerta a partir de la nada en que se ha convertido eso que ahora es su vida.
Vida que todavía es vida aunque sólo sea la de un sobreviviente.
Vida que seguirá ahí, delirando, adormitándose, esperando, murmu­rando entre latido y latido que lo devuelva a la realidad o a lo que quede de ella, hasta que vuelva a delirar o a dor­mitar o a dormir o a soñar o, sim­plemente, a dejar que la imaginación dé traspiés por esa ruta que él ya no sabe encontrar de otra manera.
Vida, sí, aunque él sabe que ese es todo el futuro que le queda y está aprendiendo que eso no es ni la sombra de lo que fue porque antes tuvo ilusiones, espe­ran­zas, triunfos, deseos, derrotas, temores, miedos, que ahora han dejado de ser posibles y él entiende que ya su único com­pañero será el vértigo que pre­side a este delirio que lo está deshilachando todo, frag­men­tando, pul­verizando y convirtiendo en ese despojo que ya es y que lo ha hecho su propio rastro que se deshace en nadas, mien­tras él toda­vía está vivo.
Porque está vivo, desesperadamente vivo aunque totalmente invá­lido e inútil excepto para sus latidos o para sus olvidos o para sus delirios que lo desesperan y le dan mucho miedo mientras demoran en llegar y recién entonces todo vuelve a parecer un sueño.
Sueño que no le ha impedido preguntarse si él es el culpable de que le haya pasado esto y responderse que no, sin ninguna duda.
¡Jamás!
A lo más responsable.
Responsable sí y desde antes, desde que comenzó el olvido, hasta ahora.
Responsable desde que dejó que el tiempo trascurriera lentamente, sin usarlo y dejó que la vida pasara mientras él se quedó inmóvil, mudo, como au­sente, viviendo la vida que to­dos vivimos, es decir, desde él y ha­cia todos y no como ahora que la tiene que vivir desde ahí, desde donde ahora está, desde adentro de él mismo y hacia nada.
Responsable de haber dejado de creer o de decir o de sentir o de esforzarse en que su corazón palpite o que su voz grite o que, por lo me­nos, hable y diga algo de lo que pudo haber dicho antes y que, ahora, ya no podrá ni siquiera murmurar.
Responsable, en ese desamparo, de no haberse esforzado en huir de ahí para jamás volver, cuando todavía era tiempo.
Responsable de no tener voluntad para crearse su propia eternidad o cualquier cosa de esas que siempre dice más que los olvidos que lo están ahogando desde entonces.
Responsable de haberse abandonado tanto y haber dejado que le crezca el pelo y la barba y los bigotes y las uñas y la soledad y la pena y el asco y el odio hasta que lo convirtieron en este sucio ovillo de piel sudo­rosa, que hiede, y de huesos desnudos y de un hambre insacia­ble y de sus an­drajos deshilachados y de esta rabia ciega que, cada vez, lo han ido ha­ciendo más frágil y más liviano hasta que la brisa empezó a arras­trarlo y a zarandearlo contra pisos y paredes y ventanas mientras se iba des­hilachando y desmenuzando hasta convertirse en el des­pojo que es ahora y que no tiene más destino que el de convertirse en ese polvo que el viento está esparciendo por toda la habitación, oscura y en silencio.
En silencio como el de la noche de ayer y el de este momento que lo han lle­nado de soledad, de aroma de mar, de nubes blancas y de silencios tristes en este amanecer de color gris olvido.
Olvido como el que tantas veces, antes, buscó en esas largas co­pas de licor que bebió hasta caer al suelo, balbuceante.
Balbuceante porque estaba harto, como ahora, que está aquí, tum­bado, consciente de que es un despojo, el resto de un ovillo que se des­hilvana y que no quiere decir, ni gemir, ni llorar porque no puede, ni sabe, ni quiere aceptar que ya sólo es eso, un despojo sin espe­ranzas ni ilusio­nes ni sueños como los que ahora está teniendo ahí, ten­dido de bruces, lleno de ver­güenza, desesperado, mientras sólo tiene un tic de vida y un atisbo de dignidad, en los que hasta el tiempo podría dejar de ser impor­tante.
Importante porque el tiempo es largo, tan largo como el sopor que ahora mismo no lo deja disfrutar de la desvergüenza con la que se está desnu­dando la noche para arroparse de amanecer mientras pinta el pai­saje que bosteza frente a él, que tiene el alma cansada y la boca seca y amarga, sin saber por qué.
El alma cansada mientras el viento lo desmenuza y lo arrastra y lo zaran­dea y hace hila­chas, polvo, despojos que solo son rastros de que es­tuvo ahí.
Despojos como es ése que antes eran sus ma­nos en­treabiertas y que ahora ya no están ahí, inertes y sucias de la grasa con la que dejó esa marca sobre el vidrio, que el calor de la noche ha secado y endu­re­cido y que el viento intentó, sin éxito, descascarar para evitar que se con­vierta en el inmundo testimonio de su presencia.
El viento, ese costoso cómplice que lo arrastra y revuelca y fractura y desmenuza y des­hace en minúsculos fragmentos que apenas si tienen fuerzas para cogerse a la realidad que se les esfuma desde aquí o desde allá o desde ese mismo suelo donde está caído y de donde ya no se puede levantar.
Por eso es que en éste, su último esfuerzo de dignidad, ha pen­sado en voltearse y bus­car dónde derramó, tan torpemente. esa copa de licor fuerte que no llegó a beber y que ahora lo está ahogando con su vaho agrio, áspero, penetrante, que no se esfuma y que lo agobia tanto como el dolor de aceptar que sus músculos no le responden y que todos sus movimientos sólo se expresan en fragmentos que están huyendo por el filo de esa ventana que alguien dejó entre­abierta, antes de que lo dejaran solo, lleno del licor que lo tumbó al suelo, donde ahora está, parpa­deando su soledad y su tristeza.
Filo de ventana, ése, que se abre a la oscuridad y al silencio de un casi amanecer que está borrando las brumas mientras se pierde en la eternidad de una lejanía que no tiene rostro, ni rastro, ni retorno.
Filo de ventana a través del que vienen y van cosas.
Viene aire.
Van fragmentos; sus fragmentos.
Vienen ganas de huir.
Vienen polillas y mosquitos y moscas.
Sobre todo moscas.
Moscas como ésta que revoloteó, largamente, hasta que se posó sobre la hilacha que todavía es la comisura de sus labios, por la que está caminando y picoteando sin que él pueda detenerla ni hacerla huir.
Mosca que está obligado a soportar con asco y con terror porque lo hacen saberse a merced de cualquiera.
A merced de cualquiera, como ahora, que está indefenso y fati­gado y abrumado por este absurdo calor que lo predispone a abando­narse y a olvidar dónde está o lo que es o lo que aún queda de él, aquí adentro porque afuera, del otro lado del vidrio, la brisa refresca y sigue su camino, sin recogerlo en sus brazos y llevarlo para hacer que el silencio lo redima y acabe con él, para siempre.
Brisa que no escucha que tiene que acunar esa vida inútil, mientras todavía es vida.
Porque ahora sí que llegó al fondo y está atrapado, deshecho, in­defenso, inerte, hilacha, polvo, restos que no quieren que los conviertan en ese impalpable, siniestro, turbio ser que ya no tiene promesas ni re­cuerdos ni dogmas ni esperanzas.
Y, también, porque allí donde está, parecería que se desvió del ca­mino de la realidad y llegó a este otro sitio que no puede ser la eterni­dad soñada o que, en todo caso, no es la que él había esperado.
Por eso es que dice que no es culpable y lo cree con la misma fe del que se fue en si­lencio, para no volver.
Y también por eso es que hoy quiere sonreírle al viento y seducirlo y hacer que lo lleve con él y con sus olvidos y con sus silencios y con sus sueños y con sus latidos hasta que sea la hora de ya no volver más y él lo entienda y lo acepte y vuelva a sonreír, mientras se hunde en su destino.
Hasta ese entonces, hoy, ahora, no sabe cuánto debe esperar hasta que alguien se acerque, rompa el silencio y mientras trata de lim­piar el vi­drio manchado de grasa, no entienda por qué es impo­sible borrar ese ras­tro de agua que goteó, largamente, al lado de la mancha, como si la pena de al­guien que ahora ya no está, la hubiera dejado ahí para que no lo olviden.
Responsable también de eso y de haberlo resistido tanto tiempo, en silencio.

 
USUARIOS | REGISTRARSE
  AYUDA ECONOMICA
  GUIA DE BENEFICIOS
  CENTROS DE JUBILADOS
Anses
Farmacias de Turno
Clarín
La Nación
Google
PAMI
AFIP
FM Radio Cultura
 
  Recordemos
  Victoria
 
  Blanca Roso
  Miguel Ángel Chapacu
 
® 2008 - Asociación Mutual Bilbao 1912 de Asistencia y Servicio | VISITAS: 9648