Rincón Literario
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Carta a Mami

Estoy en el cementerio Israelita de la Tablada, frente a la tumba de mis padres y le hablo a mi mami: “Voy a cumplir 78 años y creo que nunca te conté la alegría que me producían muchas cosas que hacías para mi. Recuerdo la leche cremosa que el lechero extraía de la vaca en la puerta de casa y que me dabas a tomar calentita.
El tacho de zinc en el que me bañabas y luego me pasabas con la pava, el agua tibia sobre la cabeza para sacarme el jabón. La cantidad de alimentos que me ponías dentro de la blusa, para que comiera en el cine los lunes por la tarde, donde me quedaba de 14 a 19.30 hs. viendo cinco películas.
Cuando en los carnavales nos organizabas el largo patio de casa, para jugar con agua con todos los amiguitos del barrio y además nos regalabas ropas diferentes para disfrazarnos y armar las murgas.
Cuando nos llevabas a la calesita, al zoológico, al balneario y a los parques. La cantidad de papas y batatas que nos dabas para cocinar en las fogatas de San Pedro y San Pablo.Las veces que me tranquilizabas ante un próximo examen en el colegio. Y cómo me planchabas los guardapolvos.
De lo que te acabo de decir haré dos copias: Una para llevar al Taller Literario y la otra la pondré a tu nombre, en un buzón del barrio donde vivíamos cuando era un niño”.
Chau ma… Lucho

Nota: Pa… no me he olvidado de vos, ni de todo lo que me enseñabas en tu taller de tornería, ni de lo que me contabas sobre los bosques de la Mazovia polaca, ni de las maderas que juntabas para las fogatas y muchas otras cosas.
Chau pa…

Herman, León
Jubilado, artista plástico, abuelo

 
Ladrones

Estaba en el bar de Santa Fe y Santa Cruz, tomando un cortado con espuma, mientras observaba los titulares de las páginas del diario La Nación, que reproducía dichos de algunos miembros del equipo gobernante: “No gaste más de lo que pueda”, “Carne no, pollo sí”, “¡No deje que le roben!”

En esos momentos entraron dos asaltantes, armas en mano, clausurando las puertas, mientras otros dos que formaban parte de la banda y que estaban en una mesa, comenzaron a sacarle a todos los presentes, billeteras, relojes, anillos, collares, etc. También se llevaron lo que contenía la caja del bar y luego salieron corriendo hacia un vehículo que los esperaba en la puerta.

En esos momentos, los comensales, asustados, escaparon velozmente sin abonar las consumiciones. Los camareros, aprovechando la confusión general, se quedaron con lo que habían cobrado.

Mientras todo esto ocurría, un coche policial que pasaba por el lugar, se acercó y dos funcionarios entraron a inspeccionar. Un comisario vio y levantó del piso una billetera que guardó en su bolsillo. Por otro lado, los dueños del bar labraron un acta de denuncia por el asalto, declarando que les robaron el doble de lo que tenían.

Al día siguiente un diario decía: “Asaltaron un bar en Palermo. Los ladrones eran cuatro y se escaparon en un coche que los esperaba en marcha frente al mismo. No hay pistas.”

Herman, León
Jubilado, artista plástico, abuelo

 
Vaqui, la perrita alcancía

Sobre uno de los muebles del comedor diario se encontraba la perrita alcancía. La llamaban Vaqui. Era gordita y muy pesada porque estaba llena de monedas.
Tenía una ranura para poner las monedas y un tapón en la cola para sacarlas.
Durante las noches, mientras todos dormían, Vaqui soñaba con viajes por todo el país. Es que ella escuchaba diariamente las conversaciones sobre Buenos Aires, Jujuy, Mendoza, Neuquén, Misiones y otros lugares hermosos, motivándola a recorrer y visitar los pueblos de la Argentina. Toda su vida la había pasado quietita y muy aburrida.
Una noche decidió salir a recorrer. Para poder moverse tuvo que sacar todas las monedas de su interior, las dejó en un cajoncito abierto para que las vieran y partió. Todos se extrañaron en la casa por su desaparición, que adjudicaron a alguna travesura.
Vaqui recorrió muchos caminos del país. En casi todos los lugares se encontró con perros callejeros que se acercaban para preguntarle por algo de comida o alguna moneda para comprarla.
A su regreso del viaje, se ubicó donde había estado siempre, se llenó con las monedas y se volvió a colocar el tapón.
En la casa, al ver a Vaqui nuevamente en su lugar, pensaron, como siempre, en otra travesura.
A los pocos días Vaqui desapareció con todo su contenido. Compró un pequeño monopatín con motor, recorriendo nuevamente los caminos que había conocido en su anterior viaje, pero, esta vez, repartiendo sus monedas entre los perros que se las pedían a medida que los encontraba.
En la familia hubo una gran discusión, nadie ya creía en una nueva travesura.

Herman, León
Jubilado, artista plástico, abuelo

 
Las fogatas de San Pedro y San Pablo

Hace unos 65 años (¡cuántos años! …Es que casi todo ya comienza a ser bastante tiempo…), en tres lugares de la plazoleta central de la Avenida Independencia al 3900 del barrio de Boedo, a fines de junio, se hacían las fogatas de San Pedro y San Pablo.
Yo participaba en la del cruce de la calle Yapeyú. Las tres competían por la forma, el colorido y la medida del muñeco que se colocaba en la punta superior de la pila de papeles y maderas a quemar. La gente podía verlos la tarde anterior a la fogata, en los negocios del barrio.
Yo vivía el acontecimiento en forma muy intensa. Mi casa era una de las que se usaban para ir acumulando papeles y maderas hasta el día del fuego. Bolsas, paquetes y atados se iban apilando contra la pared del largo patio. Mi padre, que en un galpón del fondo tenía una pequeña tornería de maderas, también juntaba todos sus sobrantes y los iba agregando.
El día de la fogata, 29 de junio, cuando comenzaba a oscurecer, todos los chicos y no tan chicos hacíamos filas en las casas depósito para cargar las bolsas y atados llevándolos hacia la pila de la plazoleta. Antes de encender el fuego, el panadero del barrio traía varias fuentes rectangulares muy grandes que se llenaban de papas y batatas, que luego se colocaban como base de la pila. Se hacía la misma, se colocaba el muñeco y luego se introducían, entre las maderas, papeles de diarios retorcidos bañados en kerosene.
Los fósforos y los encendedores provocaban un gran silencio y las llamas iniciales desataban comentarios, aplausos y gritos.
En esos momentos, el barrio entero se acercaba. El calor de las llamas de los vecinos producía un silencio que llenaba las almas y los cuerpos. En algunas ocasiones se escuchaban canciones en diversos idiomas.
Ya quemado el muñeco y habiendo quedado sólo las brasas, los chicos nos íbamos sentando a su alrededor y comenzábamos a pelar y comer las papas y batatas como verdaderos manjares.
Pasado un tiempo, el panadero con guantes apoyaba sus fuentes en los árboles y se comenzaban a oir los llamados de las madres para que los chicos fueran a sus casas.
Nadie respondía. Nosotros estábamos parados alrededor de las brasas que quemaban, orinando sobre ellas para apagarlas.
Luego el silencio dominaba la plazoleta. Algunos corrían los restos hacia los costados. Al día siguiente, los barrenderos limpiarían todo. Es que ellos sabían que ese día había que remontar barriletes y jugar a las bolitas.

Herman, León
Jubilado, artista plástico, abuelo

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