A Enrique se le escapó la pelota mientras jugaba en la Plaza. Los otros chicos ayudan a buscarla.
Uno más grandecito aprovecha la confusión y la esconde en un bolsillo del jean. Todos corren, se pelean, mientras Jorgito se aleja con el botín.
El niño no sabe que la pelotita, por decisión propia, salta del bolsillo al pasto recién cortado con olor a primavera y sigue viaje por los senderos laterales, cada vez a más velocidad.
Tanto rueda que llega al caminito lateral, por donde se cruza con el semáforo. Espera la luz verde y sigue por la Avenida del Libertador tomando velocidades inverosímiles.
Un ciclista casi la pisa. Se salva y sigue la carrera alocada llegando a Figueroa Alcorta. La superficie del baloncito antes ligeramente rugosa, está ahora un poco alisada. Se le han adherido la arena y el pedregullo. Ha perdido los brillantes colores; ha ganado en su desenfrenada carrera.
Un señor atlético, listo ya para ir a la oficina, la ve venir y con un puntapié certero la envía tan lejos que se pierde en el ramaje de un pino y luego pasa a un abeto para después subir, subir, subir.
El piloto de una avioneta particular, rivaliza con ella. Siente envidia. Quisiera tener esa autonomía que la pelotita le demuestra porque no está dependiendo de un motor como él. La única meta que persigue es la libertad.