Este cuento que les cuento, es un verdadero cuento, porque nunca pasó de verdad. Trata de un gato callejero, aventurero y audaz, que quería verlo todo, hacerlo todo, saberlo todo. Claro, así se metía en líos muchas veces.
Por ser super curioso, un día que estaba a orillas de una laguna, metió la colita en el agua, para ver qué pasaba… pasaba un pez que buscaba su desayuno y… ¡dejó al gato sin cola! Por suerte, andaba por ahí un chico muy bueno y al ver lo que ocurría, rápidamente llevó al gato a que le pongan una colita nueva. Todo salió muy bien, menos el color de la cola que era amarilla y el gato era gris con rayas blancas. –Bueno- pensó, -esto no es tan urgente como tratar de conseguir un almuerzo-. Levantó la cabeza y vio a su alrededor pájaros y pajaritos; había que darles alcance, pero ¿cómo? Vio miguitas en el suelo e inmediatamente pensó: “las pongo en mi oreja y en cuanto se pose alguno, zas, lo atrapo y ya”.
Pero a veces las cosas no salen como uno quiere. El pájaro que aterrizó en su oreja fue más grande, veloz y hambriento, y de un picotazo dejó al gato sin oreja.
-¿Viste que dicen que los gatos tienen 7 vidas?- Bueno, este tenía 7 suertes; y también en ese momento encontró quien lo ayudara. Fue una señora que vendía artesanías muy originales y entre todas las cosas encontró una primorosa orejita ¡colorada! ¡Que le quedaba espléndida! Y además se la regalaba.
Siguió caminando, sumido en sus pensamientos. No estaba muy contento de cómo le iban las cosas, pero de ninguna manera las dificultades lo iban a desanimar. Él no era de esos, no señor, sabía a dónde llegar y no le importaba el rojo en las vidrieras hasta que topó con una tintorería. Sin vacilar entró y lo recibió la más dulce sonrisa de una chica a la que ni siquiera necesitó explicarle nada. Con una mirada entendió el problema y el gato escuchó decir: “No te preocupes, vas a queda como nuevo”.
Y ahí nomás, ocurrió. Lo tiñeron todo de un hermoso color gris. Agradeció mucho y se fue feliz, decidido a cumplir su máximo sueño. Me parece que no les dije cuál es: ¡VOLAR!, ese era. Faltaba un pequeño detalle ¿Cómo? ¡Como fuera! Ya lo pensaría luego de descansar un rato. -¡Ya está!- se dijo muy decidido y fue a pedirle a su gran amigo, el señor que vendía globos, que le preparara unos cuantos bien cargados de gas y con los más bellos colores. Ya se veía el gato volando por el espacio dentro de una barquilla observando el mundo. Yo lo despedí deseándole la mejor de las suertes.
Una mañana, después de varias semanas sin noticias, lo vi volver, radiante de alegría. Con una patita me saludaba y con la otra agitaba un montón de banderitas de los países que había visitado. Hizo amigos y aprendió cosas muy interesantes. Pero eso va a quedar para otro cuento…