Estaba seguro que iba a haber despelote en casa. Y para eso tenía una intuición bárbara. Me tenía estudiada las reacciones de todos. Mi vieja con la cara de orto que ponía como cuando nos visitaba la tía Sara Carmen, cuyo nombre aprendí a escribir hace poco porque yo creía que se hacía como sonaba, todo junto.
La cara de mi vieja... Parecía que tuviera bigote y todo. Se le fruncía el labio y se le formaban mil arruguitas que, unidas a lo fino del mismo y lo corto del espacio entre la nariz y la boca, resultaba como un subrayado, una línea oscura que le endurecía las facciones.
Hablaba lo suficiente y necesario. Como si le costase soltarse, decir algo o aunque fuese pegar un grito. Solo un rezongo y luego el mutismo. Claro, acompañado por la cara de no quiero hablarte, ni verte, ni escucharte.
Igual era lo de menos, porque yo me callaba un rato, desaparecía de su vista y al rato ya estaba viendo tele o leyendo las revistas. Sabía, eso si, que no podía traer amigos a casa por un par de días, ni salir a la calle o al parque. Solo la iglesia estaba permitida, con su gran patio donde podíamos jugar al fútbol. Pero no era lo mismo. No estaban los amigos de la plaza ni el fútbol de cuero. En el patio de la parroquia, los equipos los armaba el cura y teníamos que jugar con la Pulpo.
Ahí siempre jugaba. El cura me quería porque había sido monaguillo hasta el año pasado y tenía fama porque una vez, de casualidad, había hecho un remate de sobre pique que no sólo había sido gol, sino que la pelota quedó incrustada en un hueco que había en los ladrillos. No me olvido más. El rusito había tirado al arco, había pegado en el palo y la pelota había rebotado hasta el medio campo. Yo, obligado a jugar allí porque como delantero no hacía goles y como defensa era un flan, me la encontré boyando, casi muerta, como si me estuviera llamando, diciéndome aquí estoy, patéame. Y yo que venía a la carrera, y ella que me esperaba a media altura, como para hacer un romance de goma y zapatilla, y yo que le pego con alma y vida, con los ojos cerrados y el corazón que me latía fuerte sintiendo el golpe de la pelota contra mi empeine o el empeine contra la pelota.
Sentí el ¡uhhhh! me acuerdo. Y cuando abrí los ojos la pelota no estaba en ningún lado, hasta que la mirada de los otros me la mostró allí, incrustada en la pared como no podría pasar nunca más. Estaba deformada, enchufada en un lugar imposible. Parecía que a la pared la hubiesen levantado con la pelota adentro. Tardaron un rato en poder sacarla.
Después de aquel gol, mi fama creció dentro del patio de la parroquia, cosa que no me enorgullecía demasiado porque los que jugaban ahí eran los más blanditos. Nada que ver con los de la plaza.
Pero cuando mi vieja estaba enojada tenía que ir allí, único lugar permitido hasta que se pasase la bronca.
¿Dónde estaba?...Ah, si...de mi intuición de despelote y de la cara de mi mamá, que según mi viejo era de culo. Cara de tres días mínimos, decía, cuando entraba y luego de un breve análisis de situación seguía para el dormitorio a cambiarse de rigurosa camiseta para ir a la mesa.
En cambio la bronca del viejo era distinta. Ni mejor ni peor, era diferente. Era una bronca por cualquier estupidez. Un mal gesto, una palabra que no le gustó, una opinión en contrario o una broma que no entendía. Porque lo que se dice sentido del humor, tenía, pero muy limitado. Si el chiste contenía la palabra caca, pedo o hablaba de sexo o tenía la palabra boludo, ahí sí que se reía. Y a las carcajadas, lo que sacaba de quicio a mi vieja.
A ella le gustaba Verdaguer. A él Biondi, Marrone y el teatro de revistas. En casa la paz reinaba cuando había silencio.
Pero vuelvo a los enojos del viejo. Eran algo así como una erupción volcánica, un maremoto y un tifón, pero todo junto. En los cinco minutos de locura decía cuanto se le venía a la boca, estuviese quien estuviese delante, rompía algún objeto querido por mí o por mi madre, según con quién fuese la pelea y amenazaba con pegar aunque nunca llegó a la vía del hecho.
Yo ya sabía; no había que hacerle frente. Sólo agachar la cabeza y esperar que pasase. Una hora después, ya todo estaba calmo y generalmente ni siquiera recordaba por qué había sido la disputa. Pero a partir de ese momento comenzaba la cara agria de mi vieja que podía durar de dos días a tres semanas, límite máximo que yo recordaba.
Claro que hoy, la cosa iba a ser brava. Además yo no estaba en condiciones de bancarme todo lo que venía. Si tenía unas ganas de llorar...
Ayer por la mañana, en cambio, fue el día más feliz de mi vida. Apenas me desperté, mamá me llamó a su pieza, me besuqueó con amor, me dijo feliz cumpleaños y me entregó en nombre de los dos, según dijo, una caja grande, como de pan dulce pero más grande. Empecé a abrirla con prolijidad, pero me traicionó la emoción y le rompí la tapa. Allí, entre papeles blancos, como si estuviese anidada, estaba ella... la número cinco de cuero. ¡Qué emoción!
Le di un beso de gracias, pero con mayúscula. De esos donde se ponen los labios y el alma y salí corriendo a mostrársela a Alberto, mi amigo del alma que vive al lado. Antes me tuve que comer todas las recomendaciones: que la cuidara, que había costado mucho comprarla, que no la usase con cualquiera y sobretodo, que no la prestase.
Esperar hasta la tarde, después del colegio, para estrenarla fue todo un sacrificio. El tiempo era de chicle. Por fin, cuando llegué a casa me enteré de la espantosa novedad. La abuela y la tía venían a festejar mi cumpleaños. No sólo no iba a poder ir a la plaza, sino que la tía me iba a babosear la cara con su fingida efusión. ¡Qué lindo que está el Lito...y qué alto! ¡Parece mentira... si ayer era un bebé rozagante! Y mil estupideces más que la tía invariablemente repetía cada cumpleaños.
¡Dios! Y con las ganas que tenía de ir a estrenar la pelota.
Entreví la posibilidad de que terminando de tomar el té, con masitas, torta y mantel, todavía hubiese luz como para hacerme una escapada a la plaza, pero fue en vano. Las visitas llegaron tarde y oscureció temprano.
A la noche, me fui a la cama con la pelota y mientras fantaseaba jugadas únicas y goles de novela, me quedé dormido.
Apenas el sol me dio en la cara, me levanté como un resorte. Allí estaba la pelota, impecable. Había rodado hasta apoyarse con suavidad en el portafolios y me pareció como una invitación para después del colegio.
Hice los mandados bien temprano y con buen ánimo. Quise llevar la pelota pero mi mamá no me dejó. Así que volví enseguida y me puse a hacer los deberes. Después un peloteo contra la pared de la pieza, interrumpido por las protestas de mi vieja –cuidado la pared, que se descascara- y a almorzar.
La vuelta del cole fue la más rápida que haya hecho en mi vida. No me daban las piernas para llegar. Tampoco quise tomar la leche, aduciendo que ya la había tomado en el colegio, aunque era mentira.
La llegada al parque fue apoteósica. Las caras de los chicos cuando me veían llegar con la pelota bajo el brazo izquierdo, con su redondez perfecta y su color marrón claro, eran un muestrario del deslumbramiento. Había un partido empezado, pero con la pelota del Aníbal. Era otra cosa. Si bien era de cuero, era más chiquita y estaba vieja y deformada, a fuerza de parches.
Cuando el primero gritó “miren la pelota del Lito” se paralizó el partido, mientras quince pares de ojos se abrían al asombro y la envidia.
Yo puse las condiciones: pan y queso, pero yo elegía. Nadie discutió nada. Todos querían patearla, acariciarla, sentir ese contacto especial del cuero y el pié.
Así que por primera vez en mi vida, pude elegir y hasta gané el pan y queso.
Recién después de formados los equipos, la solté. Me puse de delantero y todo. Ya estaba harto de entrar de arquero o quedarme mirando a un costado, aguardando que alguno se cansase y dijera el esperado ¿querés entrar?. Era mi día y mi partido.
Los primeros minutos fueron intensos. La toqué tres veces, bah, una la pifié, pero en otra ocasión hice un buen pase y hasta un remate al arco que salió desviado. Íbamos ganando tres a uno, cuando el colorado Mantegari, saliendo a rechazar le pegó una patada que elevó el balón por sobre el árbol grande y luego de rebotar en el paragolpes de un auto, fue a parar al medio de la calle.
La desesperación se apoderó de mí que salí disparado detrás de la pelota, que había quedado en la mitad de la calzada, equidistante de las vías del tranvía. La veía, casi inmóvil, indiferente a la caída que tenía la calle. Ya estaba llegando cuando apareció el camión volcador. El conductor la vio, pero no atinó a frenar. Como venía bastante rápido, le apuntó al medio, para pasarle por arriba. Yo, desde la vereda, me di cuenta de lo que pensaba hacer y sentí un instante de alivio. El camión pasó sobre ella, pero con tan mala suerte que la rozó con las ruedas traseras que eran dobles. La pelota salió disparada hacia el otro lado, golpeando con las otras ruedas. Y así rebotando, la pelota seguía al volcador sin que la misma fuera arrojada a un costado. Yo corría detrás desesperado, mientras veía los botes de la pelota que había tomado igual velocidad que el camión.
Lo seguí por casi tres cuadras, hasta que se perdió de vista. Continué corriendo y caminando horas, buscando un rastro, esperando ver la pelota reventada o a alguien que la hubiese rescatado. Todo fue en vano. Ya anochecía cuando emprendí el regreso. Con la infinita tristeza de la pérdida y este presentimiento de despelote en casa. Y como dije, mi intuición rar vez falla.
Por eso tomé la decisión: no iba a volver. Sentía la burla de los muchachos cuando les dijese que había perdido la pelota, el escarnio del Aníbal con su vieja pelota, ahora revalorizada y, más que nada la cara de culo de mi vieja y su “yo te lo dije” y la explosión de mi viejo y su “ vos sabes lo que me costó comprar esa pelota”.
Me fui a la plaza y me quedé debajo del ombú grande, acurrucado dentro de la cuevita que usábamos para nuestras exploraciones imaginarias. Era chica la cuevita, pero tenía la magia de mil juegos. Ahora venía poco, pero la seguía sintiendo como un lugar acogedor. Me quedé allí, con la tristeza en el alma. Me sentía el último paria, el más desgraciado, aquél al que le ocurren las peores cosas.
No podía volver. ¿Para qué? Solo traería amargura a los seres que más quiero.
Tampoco sé cuándo me dormí.
Solo sé que la cara que me despierta y me abraza y me besa es la de mi padre. Y que me dice ya sé, ya me contaron los chicos, no sabes lo que te queremos, qué susto nos diste, vamos, vamos que mamá que está desesperada nos espera en casa...
Biografía de Carlos Honorio Gallo
Nació en Montevideo (Uruguay) pero se crió en la ciudad de Buenos Aires, donde vivió hasta los 30 años. Realizó estudios de abogacía y relaciones públicas y desarrolló la carrera de Periodismo en el Instituto Grafotécnico.
Trabajó en el diario El Sol de Santos Lugares e hizo colaboraciones en diferentes medios de capital.
Luego se radicó en General Pico, La Pampa, donde produjo y realizó la conducción de varios ciclos televisivos: "Charlas de Café", programa de entrevistas y "Por la Vida" difundiendo temas de salud. Trabajó con colaboraciones en medios gráficos locales y desde 1995 produce en forma independiente programas de radio como "La Mañana", "Entre Gallos y Medianoche", "Sábado Fiesta" y en la actualidad "Sábado con Trampa". Recibió muchos reconocimientos como la "Gaviota Federal", "Guemes Héroe Nacional" y el "Martin Fierro del Interior".
En los últimos años también condujo programas de temas médicos en Laboulaye (Pcia. de Córdoba).
Actualmente es colaborador del diario "La Reforma".
Su producción literaria incluye cuentos y poesía. Ha obtenido varios primeros premios en el concurso que organiza la Dirección de Cultura de General Pico. |
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