Vestido con un guardapolvo gris, pantalón oscuro sin marcas de rayas y una gorra con visera raída por el uso, dirigía el tránsito vehicular con energía en una bocacalle del centro de la ciudad. En los cambios de luces del semáforo imitaba el toque de un silbato con sonidos de su voz “¡Priiii...Priiii...! ¡No pase la raya! ...
¡Priiii...Priiii!”, y corría rápidamente con el brazo extendido señalando la falta del conductor del vehículo retándolo enérgicamente. Las personas que lo conocían lo llamaban “Agapito toca pito”. A veces quedaba estático apoyado en una pared de la acera con los ojos opacos y mirando insistentemente como si tuviera la mente en blanco y deslizándose lentamente hasta quedar sentado en el suelo. Así quedaba mucho tiempo hasta que algunos vecinos comerciantes mandaban a tocarlo como despertándolo “¡Eh...Agapito! ¡Agapito toca pito!”. Otras veces era llamada la Patrulla Policial para que lo llevaran a la clínica psiquiátrica de la cual solía escapar en algunas ocasiones “¡Cambio de guardia!...” les decía enérgicamente haciendo la venia a los policías de la patrulla y sin que nadie lo obligara entraba tranquilamente en el vehículo.
Tenía 25 años y su verdadero nombre era Raul. Un año atrás era estudiante en la Facultad de Medicina y le faltaban tres materias para recibirse. Estaba de novio con una compañera llamada Mabel, a quien también le faltaba muy poco para terminar la carrera. Ambos se amaban entrañablemente y se habían comprometido para casarse cuando se recibieran. Tenían muchos proyectos para el futuro.
Mabel recibió una propuesta de sus padres para que viajaran los dos a Europa cuando se recibieran y posiblemente instalándose en Paris, a los efectos de perfeccionarse y adquirir experiencia en la especialidad que habían elegido. Era tanta su alegría que llamó a Raul por celular para que vaya a verla urgentemente, pues tenía una gran sorpresa para darle. Raúl estaba en un bar del centro junto a unos compañeros de la Facultad y salió apresuradamente, muy curioso para saber de qué se trataba. Casi corriendo inició el trayecto de las pocas cuadras distante al domicilio de Mabel, pensando qué podría ser la sorpresa que quería darle para despertar tanta alegría en su novia. Al iniciar el cruce de una avenida con la luz del semáforo verde y con luz amarilla en la calle trasversal, corrió para alcanzar la acera opuesta, pero una camioneta que venía a gran velocidad para llegar a cruzar la bocacalle, antes de que encendiera la luz roja del semáforo, encontró a Raul en su camino y lo levantó por los aires haciéndolo caer de cabeza sobre el pavimento. Se levantó aferrándose al brazo de una persona que llegó para auxiliarlo, pero estaba inconsciente con sus ojos fijos y su sonrisa marcada con estupor. Cerró los párpados y se deslizó hacia el pavimento desvaneciéndose. ¡No lo levanten! ¡Ya viene una ambulancia! Gritó una voz de entre el público formado alrededor del cuerpo de Raul, tendido en el suelo y sangrando de una herida en su cabeza.
Lo internaron en un hospital de urgencias con síntomas de politraumatismo y diagnóstico reservado. Lo operaron de una pierna y una costilla rotas, sin que hubiera reaccionado todavía de su desvanecimiento. A los pocos meses abrió los ojos mirando fijamente sin posar la vista en nada y sin articular palabras. Los médicos que lo atendían diagnosticaron pérdida del conocimiento y recomendaron el traslado a un hospital psiquiátrico por estar ya curado de sus heridas físicas.
En el nuevo hospital lo trataron por síntomas de demencia temporal y lo medicaban con remedios psiquiátricos.
Pasaron dos años. Mabel se recibió como médica especialista en cirugía. Lo visitaba todos los días y siempre trataba de hablarle esperando una reacción, pero solamente lograba que sonriera con una mirada inexpresiva y fija en su rostro. Tenía la esperanza que Raul volviera a la normalidad y lo hizo revisar por los mejores médicos especialistas del país y del extranjero. Lloraba casi todos los días por no poder cumplir junto a su novio los proyectos y la radicación en París. Sus padres lamentaban también que por la demencia de Raul no pudieran concretar el matrimonio convenido antes de su. enfermedad y pidieron encarecidamente a su hija establecerse sola en Paris para que pudiera olvidarse de sus antiguos proyectos. Contrariamente a sus íntimos deseos decidió viajar. Preparó su estadía en Paris y compró el pasaje en avión. El día que debía partir, mientras viajaba en taxi al aeropuerto, sintió una angustia y una tristeza que le oprimían el pecho. No podía dejar de pensar en Raul sabiendo que quizás no lo vería más. Hizo detener el taxi y quedó un instante pensativa. Ordenó al taxista volver a su casa y contrariamente a la opinión imperativa de sus padres, decidió atender a Raúl toda su vida sin importarle las consecuencias, ya que no había podido dejar de amarlo.
Aunque tenía conocimiento que la enfermedad de Raul podría ser irreversible, trataría de estudiar a fondo su caso y consultar con todos los médicos especialistas que estuvieran relacionados con el problema.
Cada vez que lo visitaba, Raul gritaba para que lo oyeran todos ¡Viene el jefe! ¡Viene el Jefe! y lloraba.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
El “gordo” de Navidad
Por Cuomo, Mario Rosario
En pocos días más se festejaba Navidad. La Lotería Nacional había puesto en venta billetes del “Gordo de Navidad” cuyo primer premio era $ 5.000.000. El dueño de la empresa donde trabajaba Manuel, decidió comprar todos los billetes del “entero” 2455 para obsequiarlo al personal como regalo de fin de año. Había visto ese número en la Agencia de Loterías situada en la misma cuadra y le pidió al agenciero que se lo reservara, ya que por no contar con dinero en efectivo en ese momento, enviaría a retirarlo al día siguiente a primera hora, antes que se inicie el sorteo.
Apenas abrió sus puertas el banco situado a una cuadra de la agencia, Manuel cambió un cheque al portador por dinero en efectivo, para poder abonar el “entero de Navidad” reservado el día anterior. Como aún no estaba abierto el quiosco de loterías, puso el dinero en el sobre donde tenía escrito “pagar y retirar de Agencia entero de Navidad Nº 2455” y lo guardó en un bolsillo de su pantalón. Todavía era temprano y aprovechó para verificar las diligencias que debía realizar apoyado en uno de los pupitres del banco, siempre teniendo en cuenta que el agenciero había dado plazo para abonar y retirar los billetes del “entero” una hora antes del sorteo. Cuando Manuel se presentó en la agencia y buscó en su bolsillo el sobre con el dinero, notó que no lo tenía. Buscó en todos sus bolsillos y empezó a palidecer al darse cuenta que lo había perdido. Desesperado salió apresurado a recorrer los lugares por donde había pasado, especialmente el banco, sin poder encontrar el sobre. Volvió a la agencia de loterías para pedir que siguieran reservando los billetes hasta que pudiera conseguir el dinero, pero el agenciero no pudo hacerlo ya que faltando pocos minutos para que se realizara el sorteo, y como no podía quedarse con todos los billetes, decidió venderlos a un señor que vino a comprarlos. Manuel quedó desorientado sin saber qué hacer. Había perdido el dinero y ya no tenía tiempo para retirar el “entero”. Decidió volver a la empresa y encarar la situación con el dueño, quien no tuvo ningún reparo en reprocharle de muy malas maneras su desempeño y decidiendo hacerle pagar el dinero que perdió descontándoselo de su sueldo y aguinaldo que cobraría ese mismo día.
Los empleados de la limpieza del banco se ocupaban a la mañana temprano de juntar todos los papeles, arrojados el día anterior en los cestos de basura, en bolsas que colocaban a la noche en la acera para que los carritos recolectores se las llevaran. Uno de los empleados, llamado Pedro, vio un sobre que le llamó la atención y al recogerlo se llevó una gran sorpresa, pues dentro del mismo había dinero y tenía escrito a mano instrucciones para comprar el número 2455 de la Lotería Nacional que casualmente era el mismo número de los billetes del “entero” que había visto en la vidriera de la agencia de loterías que estaba a una cuadra del banco. El sobre no tenía ninguna otra referencia para que pudiera ubicar a quien lo había perdido y como Pedro era una persona muy honesta, cuyos principios le impedían quedarse con algo que no era suyo, pensó que la mejor manera de devolver al dueño el valor que había en el sobre sería comprando los billetes. Si no salía premiado era lo que hubiera querido gastar y si salía el premio mayor con terminación 5 salvaría lo invertido. Faltando varios minutos para el sorteo, pidió permiso y salió a comprarlo. Cuando tuvo en su poder los billetes del “entero” los dobló en varias partes y lo guardó en un bolsillo de su guardapolvo. Pedro todos los días al caer la tarde, cuando terminaba su tarea en el banco, se reunía con unos amigos en el bar ubicado en la esquina para jugar a los dados. Ese día llegó más tarde que de costumbre y todas las mesas estaban ocupadas. Se iba a retirar cuando observó a un señor muy pensativo y con los ojos hundidos como si hubiera llorado, sentado y solitario en una mesa ubicada en el fondo del local. Le pareció reconocerlo como cliente del banco y se acercó para pedirle permiso para sentarse por estar ocupadas todas las mesas del bar. El señor, que no era otro que Manuel, asintió con un movimiento de su cabeza, sin dejar de trasmitir su angustia y su tristeza. Pedro se sentó y pidió un café. Le pareció extraño el silencio y la tristeza que aparentaba el señor que compartía la mesa y no pudo abstenerse de preguntarle ¿Señor, se siente mal?” Manuel lo miró fijamente y pareció que había estado conteniendo un llanto “No....No...” contestó y volvió a mirar fijamente a Pedro “Hoy fue un día malo para mi. Perdí un dinero que no era mío y estoy dolorido por el tratamiento que me dio mi patrón ante esta circunstancia” Pedro quedó atento a lo que decía y preguntó interesado “¿Qué le pasó?” Manuel tardó un instante en contestarle mientras miraba distraído a otra parte “¿Usted sabe lo que se siente que después de 20 años en una empresa como empleado eficiente lo insulten y lo rebajen por un acto involuntario y circunstancial? ¿Y que por haber perdido un dinero durante una diligencia me hagan pagar la pérdida descontándomelo totalmente de mis haberes, justo en estas fiestas y cuando más necesitaba del dinero?” Quedó un instante en silencio moviendo negativamente su cabeza “¿Sabe cuanto me pagaron hoy por mi sueldo del mes y el aguinaldo después de descontarme un adelanto que había pedido y el dinero que perdí? Diez pesos” Pedro había quedado dubitativo pensando si el sobre con dinero que había encontrado era el que él había perdido “¿Era mucho dinero?” preguntó “Era para comprar un “entero” de la lotería de Navidad que estaba reservado por la empresa. El dueño no quiso volver a darme el importe para retirarlo y me hizo pagar completamente toda la pérdida “Pedro ya no dudó y tocándole un brazo le dijo “Trabajo como empleado de limpieza en el banco y encontré esta mañana temprano el sobre con el dinero en el suelo detrás de un pupitre. Me tendrá que perdonar que por no saber quien era el dueño para devolvérselo seguí las instrucciones escritas en el sobre y compré el “entero” 2455 de la lotería navideña. No quise entregar el dinero a la policía o al banco por dudar que por esa vía llegara al destino correcto. Supuse que comprando el “entero” era lo que el dueño quería gastar.
En ese momento se escuchó por la radio conectada a ese lugar “En la Lotería Nacional correspondió el primer premio al número 2455.”
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
El único premio
Por Cuomo, Mario Rosario
Cuando Mariano nació llovía torrencialmente. Sus hermanos no quisieron concurrir al trabajo y por eso la madre decía que había nacido cansado.
Durante su pubertad y adolescencia inició varios estudios que nunca pudo terminar por su falta de dedicación y manifiestos desganos. Tenía condiciones para abocarse a cualquier estudio por su gran capacidad analítica y su apreciable memoria. Cuando terminó la escuela primaria sus padres y hermanos insistieron en que debía cursar el secundario, por ser el menor de la familia y ninguno de ellos había podido hacerlo. Fue tal la insistencia que no pudo negarse a ingresar a un Colegio Nacional para cursar el Bachillerato, sin muchas ganas de su parte. Posiblemente ese año fue uno de los más negativos de su vida.
Tuvo muchos amigos en su clase, especialmente Ramón y Ángel, que lo secundaban incondicionalmente en todas las travesuras realizadas en ese nefasto año.
Una de las materias de primer año era Música, cuyo profesor era un viejito que le gustaba mucho los temas musicales clásicos. Siempre le pedían que ejecutara en el piano alguna música de Chopín. Aceptaba entusiasmado, sin sospechar que era una broma. Tocaba la melodía entornando los ojos y meciéndose al compás de la música. No lo dejaban terminar y casi al comenzar la ejecución se ponían de pié aplaudiendo frenéticamente y gritando ¡bravo!..¡Bravo!. El se levantaba y se inclinaba agradeciendo los aplausos. Mariano, Ramón y Ángel se acercaban y lo abrazaban efusivamente. Luego un silencio total.
Fue la peor broma que le hicieron en una ocasión a la profesora de francés. El escritorio de los profesores estaba ubicado al frente de la clase sobre una pequeña tarima. Esta profesora era muy estricta en los horarios. Siempre colocaba su reloj pulsera sobre el escritorio para controlar la hora. En una oportunidad trajeron un reloj despertador viejo y en el recreo se lo colocaron debajo de la tarima para que sonara cinco minutos antes de que terminara la clase. La profesora disertó sobre el tema del día ante un auditorio silencioso, hasta que sonó el despertador. El resultado fue desastroso. Entre las risas de los alumnos, la profesora iba de un lado a otro sin darse cuenta de donde provenía el sonido, hasta que sollozando y murmurando amenazas se fue de la clase. Volvió acompañada del celador y del rector del colegio. El sonido del reloj había cesado. El rector los trató de salvajes y prometió un castigo ejemplar para toda la clase. Les puso una amonestación a todos los alumnos, menos a cuatro o cinco que eran ejemplos de buena conducta. A Ángel y a Ramón dos amonestaciones a cada uno y a Mariano dos días de suspensión por ser el líder mas sospechoso de la clase.
Mariano, Ramón y Ángel integraban un equipo de fútbol que participaba de un campeonato para chicos de hasta trece años de edad. Mariano como arquero, puesto en que ya se había desempeñado algunas veces en el club de su barrio. Ramón y Ángel jugaban como delanteros
El primer partido se jugó contra un equipo con muchos simpatizantes que rodeaban el campo de juego. Mariano observaba atentamente el partido, cuando de improviso un delantero del equipo contrario se desprendió del defensor y se vino directo al arco. Mariano se adelantó para cortarle el paso y el rival pateó con mucha fuerza enviando la pelota en dirección al ángulo izquierdo del arco. Se tiró con todas sus ganas estirando los brazos y con los puños envió la pelota al "corner". Se escuchó un "uuuugh...." que gritó toda la gente que miraba el partido.
Patearon desde la esquina y se vio venir la pelota al medio del arco. Saltaron varios para cabecearla, pero Mariano se adelantó y con sus puños la envió hacia el centro del campo. La tomó un jugador rival; gambeteó varios metros y pateó con todas sus fuerzas. La pelota vino directo hacia el arco y Mariano la embolsó apretándola contra su estómago. Indudablemente esa fue una de sus mejores tardes, ya que tuvo varias intervenciones de riesgo y en todas salió airoso.
Al terminar el primer tiempo, Mariano se recostó junto a sus compañeros en el costado del campo de juego para descansar y comentar el partido. Muy cerca estaban los jugadores del otro equipo también descansando. Con ellos estaba un señor mayor que comentaba las jugadas. Le escucharon que les decía a sus jugadores: "Al primero que le meta un gol le regalaré tres kilos de mandarinas".
Empezó el segundo tiempo y no varió en nada con respecto al primero. El equipo de ellos era muy superior y tenía jugadores muy habilidosos. Pero era la tarde de Mariano y no pudieron abatirlo con goles. Tuvo atajadas extraordinarias que sorprendieron a todos
Cuando terminó el partido, se acercó el señor mayor, que se suponía ser el presidente del club contrario, y entregándole una bolsa le dijo a Mariano que eran tres kilos de mandarinas destinadas al que le metiera un gol, pero como nadie lo pudo hacer merecía ese premio. Todos comieron mandarinas esa tarde.
En el colegio ya se estaban preparando para los exámenes finales del curso. Mariano tuvo muy bajas notas y lo reprobaron en Geografía. Lo aplazaron en Diciembre y Marzo Al finalizar los exámenes, el rector del establecimiento le comunicó que no podía seguir como alumno de ese colegio. Lo echaron y no protestó; primero porque no le gustaba estudiar y segundo por que se lo merecía por tomar su vida en broma. Como supuso al principio, ese año fue muy negativo para él. No ganó nada; ni educación, ni experiencia, y perdió un año de su vida. Solamente ganó tres kilos de mandarinas.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
El milagro de la virgen
Por Cuomo, Mario Rosario
La cuadra de Avenida La Plata al 800, en la ciudad de Buenos Aires, fue mi primer escenario de juegos, donde empecé a alternar con la amistad de varios amigos de la infancia.
A medida que crecía liberaba mis acciones a otras cuadras cercanas, alejándome paulatinamente de la acera de mi casa con mis juegos y mis infantiles compañeros.
Desde el inicio de mi pubertad solíamos reunirnos en las plazas ubicadas en el centro de la avenida, que dividían a la calle en dos manos vehiculares, especialmente en las dos cuadras del 800 y del 900, frente a mi vivienda y frente a la Iglesia San José de Calasanz.
El tranvía Lacroze circulaba por la mano izquierda y terminaba su recorrido al 1000, en la calle Constitución, donde se detenía para el descanso del guarda y del “motorman”. Recuerdo aún su cansino andar y el sonido del ¡clan,clan!.....¡clan,clan! que producían sus ruedas metálicas al transponer las uniones de las vías, siguiendo el sonido continuo hasta la detención del vehículo.
Ese sonido lo considerábamos parte del tranvía y quedó grabado en la memoria de todos los habitantes cercanos a su recorrido.
En la iglesia San José de Calasanz, ubicada en el 900 de la avenida, tomé mi primera comunión. En una oportunidad, al terminar parte del estudio del catecismo, junto con un compañero subimos hasta el campanario ubicado en la torre de la iglesia. Mi amigo se encargaba todos los días de hacer sonar una de las campanas avisando el inicio de la misa vespertina. En la torre existían otras campanas, una de las cuales estaba rajada y no se usaba. Mi amigo comenzó con su tarea de hacer resonar la campana usual y me quedé sorprendido al no poder oir el sonido de mi voz ante la risa también muda de mi compañero El sonido de la campana tapaba los sonidos de las voces, y por mas que habláramos y gritábamos no podíamos escucharnos.
Cuando cesó el estremecedor ruido, mi amigo me pidió silencio y me indicó que mirara por los postigos de los ventanales. La torre tenía cuatro ventanales con postigos, uno en cada lado del habitáculo. Por uno de ellos se podía observar a la gente que transitaba por la avenida La Plata sin que pudieran vernos. Cuando pasaba una persona solitaria la chistábamos y la observábamos risueñamente al verla sorprendida por no saber de donde provenía el chistido.
El campanario donde estábamos no era la cúspide de la torre. La edificación culminaba mucho más arriba y terminaba con una cruz montada sobre una especie de pequeño globo de cemento, parte de la construcción, que desde la calle parecía una imagen indefinida, especialmente en la oscuridad de la noche. Esa imagen nocturna dio origen a creer que era la Virgen María que había aparecido en las penumbras de la torre como un milagro. Fuimos los chicos de la cuadra que consolidamos la aparición milagrosa, mirando hacia la cúspide de la torre y gritando ¡La Virgen!...¡La Virgen!...
El barrio entero se congregó frente a la iglesia creyendo en la aparición, como así también se acercó gente de otros barrios para observar el milagro. Esa noche hubo una muchedumbre que hizo circular a los tranvías Lacroze muy lentamente, abriéndose paso entre la gente aglomerada. Los automóviles se detenían formando hileras junto a los cordones de las aceras, mientras otros estacionaban en cualquier lugar.
En la madrugada del día siguiente, cuando la claridad decepcionó a los cientos de visitantes, volvió la normalidad al barrio escuchándose el transitar del tranvía con su ¡Clan,clan!...¡Clan,clan!, remedando su sonido como un aplauso, ratificando la fe de los creyentes que ansiaban ver a la Virgen y la incertidumbre de los que no creían en la aparición, pero que estuvieron presentes con la fe oculta por la incredulidad .y la duda.
En realidad fue un milagro de la Virgen Maria.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Faltó un pan dulce
Por Cuomo, Mario Rosario
Eran los primeros meses del año 1936 y no había podido reanudar mis estudios secundarios por haber terminado el primer año con una materia sin aprobar. Además había tenido un problema con el rector del colegio y no quiso aceptarme como alumno regular del segundo año. La única forma de proseguir los estudios era inscribiéndome en un colegio privado, pero no quise sacrificar a mi madre con cuotas mensuales que difícilmente podría afrontar.
Casi todos mis amigos tenían una ocupación. Uno de ellos, de apellido Luchini, trabajaba en una editorial de música y me informó que la empresa estaba buscando otro chico para reforzar las tareas de cadete. Estaba ubicada en la calle Entre Ríos y su dueño era Julio Korn, quien también era propietario de las revistas Radiolandia y Vosotras.
Me presenté solicitando el puesto y me tomaron Empecé a trabajar como cadete junto a mi amigo Luchini. Entregábamos los pedidos de piezas musicales, impresas en la editorial, a las casas del ramo que se ocupaban de la venta al público, además de realizar otras tareas dentro del local. Al poco tiempo Don Julio Korn me transfirió a las oficinas de las revistas Radiolandia y Vosotras como cadete, ubicadas en el noveno piso del edificio de EL Trust Joyero Relojero, en el número 980 de la calle Corrientes, esquina Diagonal Norte. Desde allí vi construir el Obelisco y el ensanche de la Avenida 9 de Julio.
Conocí a muchas figuras del espectáculo. Muchos lectores de la revista Radiolandia pedían fotos autografiadas de los artistas más populares, y en muchas ocasiones me enviaban a las casas particulares de los mismos para solicitar las fotos firmadas .Así conocí a Amanda Ledesma, a Libertad Lamarque, a Azucena Maizani, a Ignacio Corsini y muchos más que ahora no recuerdo.
Libertad Lamarque tenía su domicilio en la calle Directorio, cerca de mi vivienda. Le llevé una foto suya para que la autografiara a pedido de un lector de la revista. Me atendió su hija, que tendría casi mi misma edad, con una sonrisa muy amable. Me dejó parado en la puerta esperando. Al ratito salió la señora Libertad entregándome la foto firmada, despidiéndome con una gran sonrisa que me quedó grabada por mucho tiempo.
A Ignacio Corsini lo conocí personalmente bajo otras circunstancias. Pude charlar con él bastante tiempo, incluso me dio una foto autografiada con una dedicatoria a mi nombre.
Se cumplía un año de la muerte de Carlos Gardel y la revista Radiolandia publicó en la tapa de esa semana la foto de Ignacio Corsini junto a Carlos Gardel. Me encargaron de hacerle llegar un ejemplar antes de que saliera a la venta.
Aún no se había consolidado el mito Gardel; había pasado recién un año y nadie pensaba en ese tiempo que se le recordaría hasta muchísimos años después. Quizás por eso le hicieron llegar a Corsini la revista por intermedio de un cadete de poca importancia como era yo. La foto autografiada que me dio la guardé durante mucho tiempo, pero ya no la tengo y no sé como la perdí.
Ya tocaba su fin el año 1936 y, como en todos lados, se festejaba el último día hábil del año. Todo el personal de las revistas Radiolandia y Vosotras casi no trabajó. Todos estuvieron brindando y deseándose mutuamente felicidades para el año que vendría. A medida que se iban retirando, el dueño Julio Korn le entregaba a cada uno un pan dulce como regalo de fin de año. El administrador Helguera me llamó aparte y me entregó un paquete pequeño para que se lo llevara a la madre de Carlos Gardel, quien vivía en la calle Juan Jaurés al setecientos y pico. Según me dijo se trataba de una agenda con las firmas de casi todos los artistas, como homenaje y a la memoria de quien había sido uno de los mejores cantores de la época.
Tomé el paquete y me retiré para cumplir la diligencia. Me di cuenta que me habían encomendado esa tarea en compensación, porque les faltó el pan dulce que debería darme el dueño como regalo de fin de año. Posiblemente, en ese momento, no consideraron de mucha importancia el homenaje que le hacían a Carlos Gardel con esa agenda, con las firmas de casi todos los artistas del momento.
Llegué a la casa y toqué el timbre. Salió una viejita muy sonriente y le entregué el paquete manifestándole lo que era y que se lo hacían llegar en nombre de la revista Radiolandia. Sin decir ninguna palabra hizo un gesto complaciente y me alejé deseándole buenos augurios para el año que iba a comenzar.
Recuerdo que estuve muy triste por considerar que en la revista no me habían tomado en cuenta. Pero con el tiempo, al arraigarse el mito Gardel, me di cuenta que ese fin de año me habían hecho el mejor regalo porque faltó un pan dulce.
Llegué a la casa y toqué el timbre. Salió una viejita muy sonriente y le entregué el paquete manifestándole lo que era y que se lo hacían llegar en nombre de la revista Radiolandia. Sin decir ninguna palabra hizo un gesto complaciente y me alejé deseándole buenos augurios para el año que iba a comenzar.
Recuerdo que estuve muy triste por considerar que en la revista no me habían tomado en cuenta. Pero con el tiempo, al arraigarse el mito Gardel, me di cuenta que ese fin de año me habían hecho el mejor regalo porque faltó un pan dulce.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
La ruta de la droga
Por Cuomo, Mario Rosario
Mauricio estaba pasando por los peores momentos de su vida. Su esposa Sofía se encontraba muy enferma, afectada por una dolencia que solamente podría tratarse con medicamentos especiales. Cuba era el único lugar donde se elaboraban, y en muy pocas cantidades, por lo que era muy difícil conseguirlas. La enfermedad estaba consumiendo gradualmente a su mujer, ante la impotencia de los mejores médicos consultados, quienes le dieron a conocer un diagnóstico terminal si no era medicada adecuadamente. Mauricio estaba desesperado. Su esposa trataba de disimular su sufrimiento, pero sabía que al no estar medicada, paulatinamente se iría consumiendo. La forzada inoperancia de las circunstancias le provocaba una angustia que le oprimía el pecho. Así se lo confiaba a la madre de Sofía, quien también la cuidaba y la asistía día y noche, soportando calladamente el sufrimiento de su hija. Los amigos íntimos de Mauricio trataban de buscar vínculos con personas que tuvieran contactos con habitantes cubanos, a los efectos de interesarlos en colaborar para conseguir los medicamentos del laboratorio radicado en Cuba. Uno de ellos le sugirió tratar de comunicarse con un traficante de drogas para que lo encaminara en la búsqueda de contactos... Conocían a una persona que estaba vinculado secretamente con la venta de estupefacientes y junto con un amigo Mauricio logró entrevistarse con él para explicarle todo lo relacionado con la enfermedad de Sofía y la necesidad urgente de que alguien se ocupara de conseguir que le manden desde Cuba los medicamentos que necesitaba.
--“Conozco una persona que podría ayudarlo”—les manifestó el señor que estaban entrevistando.
--“Sé que podría conectarlo con alguien en Cuba para que les indique donde podría conseguir esos medicamentos. Se llama Rolando y es un traficante de drogas, dato que lógicamente les rogaría no comentar, aunque si logran entrevistarlo seguro que no se daría a conocer como tal, y creo que podría interesarse tratándose de la vida de un ser humano que no se relaciona con las consecuencias de su actividad.”—
Consiguieron comunicarse telefónicamente con Rolando, quien le pidió a Mauricio que lo viera personalmente a la noche de ese mismo día en un bar determinado del centro de la ciudad.
--“Véame a las 21 horas. Estaré vestido con una remera azul.”-- Rolando era muy precavido y antes del anochecer, por intermedio de sus informantes, ya se había enterado de sus antecedentes y la realidad de la enfermedad de su esposa, como así también se informo que no tenía ninguna vinculación con la policía.
A las nueve horas menos cinco minutos Mauricio entró en el bar que le había indicado y ubicó inmediatamente a Rolando sentado frente a una mesa en el fondo del bar. –“¿Rolando? “—Le preguntó casi con la voz quebrada por la nerviosidad de ese momento –“si, siéntese por favor”—le contestó haciendo un ademán indicándole una silla junto a su mesa. –“Me informaron sobre la necesidad urgente de conseguir unos medicamentos que se elaboran únicamente en Cuba, especialmente para curar la enfermedad de su esposa.”—Se detuvo un instante para mirar detenidamente los ojos de Mauricio “—luego prosiguió bajando los párpados como si meditara lo que iba a decir. –“Además me convencieron de ser usted una persona muy honesta a quien se le puede confiar una diligencia muy importante contando con su silencio y fidelidad”—Mauricio quedó desorientado, pues no esperaba esas manifestaciones y sospechaba algo distinto de lo que le venía a pedir. –“Usted vino a verme en el instante preciso en que lo necesito urgentemente.”-- Rolando hizo una pequeña pausa y luego prosiguió.”-- ¿Se anima viajar a Cuba mañana temprano sin hacer preguntas y confiando ciegamente en todas las indicaciones que le impongan?”—Fue un impacto inesperado que recibió Mauricio e inmediatamente pensó que debería involucrarse en el tráfico de drogas. Pasó rápido por su mente la imagen de su esposa enferma y no dudó. –“Si puedo conseguir los medicamentos para mi esposa, no tengo ningún inconveniente”—Rolando lo miró muy sonriente y prosiguió –“Mi organización tenía proyectado un embarque muy importante a Cuba y a último momento la persona indicada se enfermó. Tengo todo preparado para iniciar su viaje a Cuba mañana por la mañana. A las seis de la madrugada pasarán a buscarlo con un automóvil que lo trasladará al aeropuerto. Viajará como integrante de una delegación culinaria en representación de Argentina como demostrador para la elaboración de comidas regionales de nuestro país Vístase con ropas livianas. Todo el equipaje se lo despacharán en el momento que tome nuestro avión particular. En ellos se incluirán ropas personales, delantales, manteles, fuentes, bandejas, ollas y todos los elementos de cocina necesarios para el evento Viajará con usted el señor Gustado, quien lleva bigotes y barba tipo candado, a quien deberá obedecer en todo lo que le diga. y le pida que haga...
Mauricio volvió a su casa atribulado por todo lo que le había indicado Rolando. Le explicó a la madre de Sofía la vinculación que había contraído con el traficante y que le dijera a su hija que había realizado un viaje de uno o dos días .para conseguir sus medicamentos.
A la mañana siguiente pasó a recogerlo un automóvil que lo llevó al aeropuerto, donde lo esperaba el avión particular que lo llevaría a Cuba y en el que ya estaban instalados el piloto y su copiloto Viajó muy preocupado e hizo fuerza para no sentirse desesperado. y rogando a Dios que no lo abandonase.
Al llegar a su destino, Gustavo, que lo acompañó en todo el viaje, le pidió que se quedara en el avión y a los 15 minutos le hizo ingerir una píldora a consecuencia de la cual al minuto se sitió desfallecer. Gustavo empezó a gritar –“¡Un médico, por favor un médico!-
Se acercó un señor diciendo que era médico y después de revisarlo exhaustivamente diagnosticó categóricamente ¡Peste Bubónica!
Mientras esto sucedía ya habían bajado del avión todos los equipajes, incluidos los de la tripulación, y también ya habían pasado y revisados por la aduana y cargados en una camioneta que se ausentó muy rápidamente, ocupando su lugar en la playa de estacionamiento otra camioneta idéntica cargada también con similares equipajes como los que se había llevado la anterior.
Cuando se conoció el diagnóstico del médico como “peste bubónica” todo el personal militar del aeropuerto cubano tomó las medidas necesarias para evitar cualquier contagio masivo. Ordenaron no bajar del avión a ninguno del grupo que había venido en la aeronave. Inclusive dispusieron que todos los equipos cargados en la camioneta que esperaba en la playa fueran devueltos nuevamente al avión sin pasar por la aduana, pues ya habían sido revisados cuando llegaron y además para evitar algún posible contagio Fumigaron la camioneta una vez vacía y ordenaron volver el avión a su origen. Una vez liberado tomó rumbo hacia la Provincia de Buenos Aires y aterrizó en la pista de una estancia donde estaba esperándolo Rolando
Todo este espectáculo había sido organizado por Rolando con gente pagada por su organización. Incluido el médico que diagnosticó “peste bubónica”,
Los medicamentos que necesitaba Sofía se elaboraban con la piel y el cuero de serpientes que habitaban en la selva chaqueña y estaba prohibida su captura por su probable extinción Todo el equipaje que utilizaron para trasportar los elementos para la elaboración de comidas, inclusive las ropas que llevaban en sus valijas todos los integrantes del avión, estaban confeccionados con la piel y el cuero de 200 serpientes de la selva chaqueña. En los equipajes que la policía ordenó devolver al avión se encontraban diseminados en las valijas bajo llaves 30 millones de dólares como pago de las pieles y cueros recibidos y en un portafolio le hicieron llegar a Mauricio 100 comprimidos para la curación de Sofía y las indicaciones para su tratamiento. La pastilla que Gustavo le hizo tomar a Mauricio producía un pequeño desmayo que no dañaba en absoluto su salud...
La operación fue todo un éxito. La aduana de Cuba trató de encontrar drogas ocultas en los equipajes pero el verdadero contrabando era las pieles y cueros con que estaban confeccionados todos los equipajes que quedaron en Cuba.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Las vueltas de la vida
Por Cuomo, Mario Rosario
José y Dante eran huérfanos desde los 15 y 13 años de edad respectivamente. El padre había fallecido dos años antes que la madre y habían quedado bajo la tutela de la tía Aurora, quien siendo viuda y de pocos recursos económicos hacía todo lo que podía para educarlos y mantenerlos. De cualquier forma, José y Dante vivían muy libres de las ataduras familiares que los ligaban a la hermana de la madre. Prácticamente adquirían sus conocimientos con las experiencias que obtenían en la calle. Vestían con ropas que le regalaban y muchas veces tenían que robar para poder comer. Eran inteligentes y sus vivencias les enseñaban a ser más precoces que los chicos de sus mismas edades. Obtenían algunas monedas haciendo mandados y limpiando los parabrisas de los automóviles que se detenían en los semáforos. Eran bondadosos, especialmente con la tía Aurora, a quien siempre le llevaban parte de lo que obtenían trabajando, hurtando o efectuando ventas de artículos que obtenían en forma ilegal.
Una vez por semana se habían acostumbrado a hurtar frutas de la verdulería del barrio. José se agazapaba contra la pared frente a los cajones de frutas ubicados en la acera y sin que lo viera el dueño tomaba un durazno por vez, o cualquier fruta a su alcance, y se la iba pasando a su hermano Dante ubicado detrás suyo. Nunca se llevaban más de tres, dos para ellos y una para la tía Aurora.
José y Dante eran adictos a las medialunas de la panadería “La Dulzura”, ubicada también en el barrio. Casi todas las mañanas José entraba al local y se colocaba frente a la bandeja de las medialunas expuesta sobre el mostrador, mientras que Dante se quedaba en la acera frente a la puerta. Cuando el dueño estaba distraído atendiendo a los clientes, José tomaba una medialuna rápidamente y la arrojaba muy ligero hacia la calle, donde Dante la recibía y las iba guardando en una bolsita. Lo hacían hasta seis veces y si era necesario volvían al rato para completar la operación. Cuatro medialunas para ellos y dos para la tía.
Algunos años después, cuando llegaron a la mayoría de edad, se dedicaron a robos más sustanciosos, aprovechando las habilidades que habían obtenido al contacto del bajo ambiente en que se movían. La tía Aurora ya había fallecido y se habían olvidado de las frutas y medialunas. Entraron a ser partes de los que vivían del fraude, del robo y de la droga.
En varias ocasiones y en distintos lugares, utilizaban el engaño de los panecillos y la joya con diamantes valiosos. Dante entraba en una confitería muy importante, donde siempre concurría mucho público, y pedía 500 panecillos para elaborar emparedados destinados a una fiesta infantil. Los abonaba en el acto y pedía al cajero su nombre para que preguntaran por él al mandar a retirarlos Luego visitaba muy bien vestido y con un auto último modelo que habían alquilado, una joyería donde vendían joyas muy valiosas. Se interesaba en adquirir un prendedor con diamantes incrustados, valuado en 300 mil pesos, que regalaría a su novia, supuesta hija de un acaudalado comerciante de la zona, en la fiesta de compromiso que se realizaría el Domingo siguiente. Dante quiso abonar con un cheque pero el dueño no se lo aceptó por ser Viernes y era imposible pedir referencias al banco por estar ya cerrado. Dante se mostró visiblemente desairado y le manifestó que por ser el compromiso el Domingo siguiente le abonaría al contado. Le pidió que lo acompañara un empleado con el prendedor, a su negocio de confitería ubicado a pocas cuadras de allí, donde le abonaría los 300 mil pesos que tenía guardados su cajero. Junto con el empleado que llevaba la joya, ya guardada en su estuche y envuelta para regalo, se dirigió con el lujoso automóvil a la confitería donde había comprado los 500 panecillos. Al llegar, su hermano José que lo esperaba en la puerta, lo detuvo para evitar que entrara al negocio, manifestándole una supuesta. urgencia en conversar con él. Por tal circunstancia mandó al empleado de la joyería para que lo viera al cajero, previa recepción de la joya, haciéndole señas y ordenándole con voz fuerte para que lo oyera –“Don Juan, entréguele al señor 300 de los 500 que tengo reservados”—El cajero Juan le hizo señas al empleado de la joyería para que se acercara, mientras José y Dante desaparecían rápidamente.
La ansiedad de ganar más dinero los llevó a la práctica de robos de autos. Hicieron algunas operaciones al respecto. En una de esas prácticas
sustrajeron un coche que al revisarlo encontraron en la guantera dos armas de fuego. Se les ocurrió que podía utilizarlas para cometer asaltos Acordaron realizar el primero a un negocio chico a horas tempranas de la mañana, cuando habría menos concurrencia. Eligieron un supermercado, suponiendo que a esas horas aún tendrían en su poder la recaudación del día anterior. Con el automóvil que habían robado, en donde encontraron las armas, se estacionaron frente al supermercado, en la acera opuesta, esperando que abrieran las puertas. Casualmente en ese lugar existía una panadería desde la cual se percibía el aroma de las medialunas recién horneadas. No pudieron resistirse a la tentación y entraron dispuestos a realizar la sustracción de medialunas como lo hacían cuando eran chicos. Los dos se colocaron frente a las bandejas y cuando el dueño no miraba, José tomo una y rápidamente la guardó en su bolsillo, pero no se dio cuenta que detrás de él entraba un policía y lo observó sustrayendo la factura –“Qué está haciendo señor”—Como lo vio sospechoso llamó a su compañero que estaba en el auto patrullero para palparlos, con la sorpresa de encontrarles las dos armas. .Cuando dueño de la panadería vio las pistolas y el coche que habían estacionado en la puerta gritó desesperadamente --“¡Son ellos, son ellos, son los que me asaltaron la semana pasada! Los conozco por el auto y por las pistolas que esgrimían”—Rápidamente los policías sacaron sus armas y los obligaron acostarse en el suelo para esposarlos. El automóvil que habían robado y las armas que encontraron eran de los que asaltaron al panadero.
La vida da vueltas y vueltas y a veces coincide en sus etapas. José y Dante de chicos robaban medialunas y de grandes cayeron presos por robar medialunas.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
No hay dos sin tres
Por Cuomo, Mario Rosario
En muchas oportunidades, cuando se producen dos veces sucesos con consecuencias similares pensamos que es posible que nos suceda por tercera vez algo parecido que nos haga decir “no hay dos sin tres”, refiriéndonos a que después de las dos la tercera es la vencida. Muchas personas no le dan importancia, pero existen quienes usan estas situaciones como cábalas para determinar casualidades en pronósticos. Así pensaba hace 60 años Jacinto Teruel, el propietario de una gran ferretería, quien aplicaba su razonamiento en las casualidades relacionadas con su forma de vivir.
Le habían robado de la puerta de su local una carretilla y en una segunda oportunidad un muestrario de destornilladores del mostrador, y previendo que le podrían robar alguna otra cosa por tercera vez, por eso de “no hay dos sin tres”, vendió la ferretería y se mudó del barrio. Con el dinero de la venta compró un depósito para la venta de materiales para la construcción en la localidad de Vicente López, de la Provincia de Buenos Aires, ubicado frente a una comisaría a pocas cuadras de la costa del Río de la Plata, suponiendo que sería imposible que le pudieran robar por tercera vez, al tener la custodia permanente de un agente de policía del precinto policial justo enfrente de su negocio. Pero era su destino de cumplir con el pronóstico de “no hay dos sin tres” y le robaron la cartera al salir del banco de la localidad cuando retiró dinero para realizar una compra en efectivo-
Jacinto Teruel era soltero y de muy buen aspecto. A los pocos meses conoció a una joven bastante bonita, llamada Brunilda, hija de una señora viuda que tenía otro hijo menor que ella. Se comprometió con Brunilda para casarse en cuanto terminara de construir una vivienda ubicada a pocas cuadras de su depósito.
En los meses del verano Jacinto solía concurrir todas las mañanas al amanecer, antes de abrir el negocio, a un lugar cerca del río para realizar gimnasia y practicar natación en un remanso bastante amplio, formado por dos salientes del terreno dando forma a una especie de bahía con apreciable profundidad aún con la bajada de las aguas del río que en esa época aún no estaba contaminado. Siempre unía nadando las dos puntas de la bahía ida y vuelta. Una noche muy calurosa, al cerrar su local, se le ocurrió dirigirse al lugar para refrescarse nadando en ésa parte que conocía bastante bien. Al nadar movía las aguas y en la oscuridad de la noche las pequeñas olas las veían muy negras y le provocaba un temor desconocido que le indujo a desviarse sin darse cuenta, y en vez de nadar paralelo a la costa se alejaba más. Se sintió cansado y se dio cuenta que estaba errando el trayecto debido a la oscuridad y decidió nadar hacia su derecha. Ya estaba muy cansado cuando tocó con sus manos un pedazo de tierra con pasto y se aferró desesperadamente pensando que se había salvado de morir ahogado. Fue la primera vez que sintió esa sensación.
Hubo también una segunda ocasión en que tuvo una situación similar. Hizo reemplazar en su depósito la hoja de acero dentada de una circular por una de esmeril para cortar más fácilmente chapas de fibrocemento averiadas. Al hacer la primera prueba, el peón que la realizaba cruzó sin querer la chapa y se rompió la hoja de esmeril en pedazos y por la fuerza del motor uno de ellos salió violentamente despedido rozando la cara de Jacinto, que en ése momento estaba observando desde atrás de la máquina, incrustándose profundamente en la pared. Un centímetro que estuviera parado sobre la izquierda. el pedazo de esmeril se hubiera alojado en su cráneo. Jacinto Teruel quedó pasmado sin poder decir ninguna palabra ante los obreros que habían llegado para socorrerlo. Quedó parado sin poder moverse tocándose con la mano el raspón sangrante de su sien izquierda. Sacó un pañuelo y se limpió la mano y la herida mientras se dirigía a su escritorio diciendo --“No es nada, no es nada, ya pasó...”—
Ya calmado, y después de haberse hecho curar el raspón con un botiquín que había en la oficina, no pudo dejar de pensar que ésta era la segunda vez que pasaba por esta situación y en su mente se reflejó la frase “No hay dos sin tres”.
Durante toda la tarde no quiso darle importancia al hecho, pero contra su voluntad sentía una angustia y temor por pensar que le tocaría vivir la “tercera vez.” Considerando que “la tercera es la vencida” decidió cambiar drásticamente de vida. Llamó a su novia Brunilda y le propuso casarse a fines del corriente mes y habitar en la casa de ella hasta que se termine la construcción de la vivienda que estaba destinada para ambos. Brunilda, la madre y el hermanito dieron su conformidad ya que faltaba muy poco para que terminasen la obra...
Ya estaban casados y viviendo en la casa de la suegra cuando Jacinto comenzó a sentir nostalgias de su vida de soltero. Brunilda lo estaba matando con sus celos, la suegra se metía en todo y no los dejaba tranquilos dándoles consejos que no necesitaban y el hermanito era la peor sanguijuela del trío. Le pedía dinero en cada momento, le usaba su ropa y también su auto sin pedirle permiso. La vivienda donde irían a vivir ya había sido terminada, pero Brunilda no quería separarse de su madre y el hermanito la usaba para realizar fiestas con sus amigos sin reparar en destrozos. Jacinto había adelgazado como diez kilos y ya no le quedaban ganas ni fuerzas para seguir practicando deportes. Todos los días pensaba que ya le había tocado “la tercera es la vencida” del pronóstico “no hay dos sin tres”.
Y tomó la mejor decisión de su vida. Vendió el negocio, se separó de su esposa dejándole parte de sus bienes y se fue a vivir al extranjero definitivamente.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Perla, la del jardin de infantes
Por Cuomo, Mario Rosario
Esa tarde Ramón se dedicó a revisar las cajas con objetos recordatorios de su pasado que tenía guardadas hacía mucho tiempo en el placard de su dormitorio. Aprovechaba el mal tiempo reinante mientras que el sonoro repiquetear de la lluvia contra el vidrio de la ventana lo inducía a mantenerse nostálgico. El calor que producía el calefactor ofrecía una agradable temperatura en la habitación. Sentado en un cómodo sillón revisaba el contenido de las cajas que le iban recordando tiempos pasados. Siempre había sido muy romántico y tenía desde una flor, ya marchita, que había recibido de un amor de su juventud, hasta un balero de madera que fue un amigo fiel en su pubertad. Cartas, recortes de diarios, fotos y todo lo demás le producían nostalgias de los momentos vividos en cada oportunidad. En una de las cajas tenía guardada una pequeña muñequita vestida de rojo y al tomarla vino a su mente el rostro de Perlita, su pequeña compañera del jardín de infantes. Ramón recordó el primer día en que su madre, ya fallecida, trató de dejarlo en la guardería contra sus gritos y el llanto por no querer alejarse de ella. La maestra jardinera trató de consolarlo y distraerlo ofreciéndole juguetes que los arrojaban fuertemente contra el piso. Ramón recordó que en ese momento se encontraba una niña de su misma edad sentada frente a una pequeña mesa llorando también Lo sentaron a su lado y al verla tan angustiada hizo que disminuyera sus gritos y el llanto. Le llamaba la atención los sollozos entrecortados de la pequeña. Ramón recordó que en ese momento sintió una especie de lástima, y no dándose cuenta del alejamiento de su madre, le ofreció un cubo de madera que estaba sobre la mesita, junto a otros juguetes, para que no llorara más. La pequeña Perla lo miró curiosa, detuvo su llanto y tomando el pequeño cubo le ofreció una muñequita vestida de rojo que tenía aferrada en su otra mano. Aquel gesto Ramón nunca lo pudo olvidar. Mientras recordaba a Perlita retuvo en su mano la muñequita un largo rato y le brillaron los ojos por las lágrimas retenidas. Pasaron recuerdos de varios momentos vividos algún tiempo después. La escuela primaria donde cursaron todos los años juntos y en los cuales los compañeros les decían que eran novios, el colegio secundario, durante el cual al cursar el tercer año la familia de Perla se mudó y tuvieron que transferirla a otro colegio, con la pena de ambos que veían cortada la amistad mantenida desde la niñez. Prometieron escribirse para no perder el contacto. A la primera carta que recibió, Ramón le contestó de inmediato, pero el correo se la devolvió por no vivir más la familia Santibáñez en esa dirección. Trató de ubicarla llamando a todos los Santibáñez que figuraban en la guía telefónica, pero en ninguno de esas direcciones conocían a Perla Santibáñez. Ramón se quedó con la carta de ella, la suya devuelta, el recuerdo y la muñequita vestida de rojo.
Había cesado la lluvia y Ramón sintió la necesidad de caminar. Se abrigó con una polera de lana y salió llevando aún la imagen de Perlita, pensando qué habrá sido de ella después de estos años. Ramón no pudo olvidarla y no sabía si a ella le pasaría lo mismo. Nunca pudo ubicarla y suponía que se habría mudado a otra provincia o al extranjero. Ramón también se había mudado algunas veces, por lo cual habría sido imposible ubicarlo.
Eran épocas de elecciones presidenciales y los dos candidatos principales anunciaban con discursos sus propuestas. Uno de ellos, de apellido Gómez y apoyado por el Partido X, ya había pronunciado su discurso de cierre de campaña en un local de un club de la ciudad. El otro principal candidato, apoyado por el Partido Z, recorría los barrios en una camioneta seguido por simpatizantes en una caravana de automóviles Ramón se detuvo para verlos pasar cuando transitaba por la misma calle. Llevaban un gran cartel montado sobre la camioneta con la inscripción en grandes letras “VOTE A SATIBAÑEZ”. Ramón quedó perplejo, sin poderlo creer. El candidato Santibáñez era el padre de Perla y lo reconoció por haberlo visto muchas veces cuando esperaba a Perla a la salida del colegio. Viajaba de pié en la caja de la camioneta saludando a las personas en su paso, junto a muchos allegados del Partido Z Junto a él se encontraba Perla, vestida con un tapado grueso de paño y un gorro de piel. Al ver a Ramón se tomó con sus dos manos el rostro en un gesto de sorpresa y alegría. Ramón sintió latir aceleradamente su corazón y hubiera querido subir al vehículo para no perderla nuevamente. En ese instante se detuvo la camioneta y Perlita aprovechó para alcanzarle apresuradamente un volante de los que estaban repartiendo, con su dirección electrónica en Internet escrita en el dorso “muñequitaderojo@hotmail.com”.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Un día del taxista julián
Por Cuomo, Mario Rosario
Como todos los días, Julián se levantó a las 5 de la mañana. Debía tomar su turno como chofer de taxímetro a las 7 horas .Disponía de 2 horas para asearse, vestirse y prepararse el desayuno, luego de lo cual debía tomar un transporte público para llegar a la playa de estacionamiento donde guardaban los vehículos dispuestos para los respectivos choferes, quienes a la hora de sus turnos salían a realizar viajes bajo las indicaciones del operador de la central o a trasladar pasajeros que los solicitaran en la vía pública.
La noche anterior su esposa se había quedado a dormir en la casa de su madre, por estar enferma y necesitar compañía, y al querer hacerse su acostumbrado mate cocido se dio cuenta que se había olvidado de comprar yerba.
Salió de su casa un poco molesto por no haber podido desayunar y esperaba encontrar un bar para beber aunque sea un café. Llegó hasta la parada del colectivo, donde ya había tres personas esperando y se ubicó en la cola: Pasaron cinco minutos y Julián ya empezaba a impacientarse por la demora, cuando una persona se acercó y les manifestó –“No andarán los móviles por estar en huelga desde esta mañana”—Julián miró su reloj pulsera y calculó que podía llegar a tiempo caminando las veinte cuadras aproximadas hasta la playa de estacionamiento donde se encontraba el taxímetro que debía manejar. En su camino no encontró ningún bar abierto para poder tomar su frustrado desayuno y pensó pacientemente que –“éste no es mi día”—Cuando llegó a la playa, bastante cansado, le pidió al playero las llaves del taxímetro. Conectó el intercomunicador con la central y salió apresurado a buscar un bar. A las dos cuadras una pareja de viejitos le hizo señas para que se detuviera y le indicaron que los llevara hasta la calle Rioja al 200. Cuando llegaron a ese lugar recorrieron con el taxi toda la cuadra hasta encontrar una casa donde estaban velando a una persona fallecida, quien, según los viejitos, en vida había sido un amigo muy querido. —“Por favor, chofer, espérenos un minuto que saludamos a los familiares y volveremos al lugar donde lo tomamos”—le manifestaba el anciano mientras descendía con mucho trabajo y ayudaba a su pareja a bajar también muy lentamente. Julián tenía una expresión en su rostro indescifrable, sonreía impaciente y era amable con los ancianos que buscaban la puerta de entrada al velatorio. A los tres minutos salió la pareja. Parecían disgustados y daban la impresión de estar discutiendo –“Te dije que me parecía que no era acá”—manifestaba la señora muy molesta –“Si no conocíamos a ninguna persona de las que estaban allí. Menos mal que nos acercamos hasta el fallecido y nos dimos cuenta que no era Claudio “—decía el anciano mientras se acomodaba en el asiento delantero junto al chofer –“Es en la calle Santa Rosa en vez de Rioja. Por favor acérquenos hasta allí”—Julián ya estaba un poco impaciente pensando que aún no había podido desayunar, mientras su inconsciente le resaltaba “hoy no es mi día” Esperó mas de cinco minutos hasta que volviera la pareja, a quienes trasladó, finalmente, hasta el lugar de origen.
Ya era tarde para tomar su desayuno y se dirigió hasta la parada habitual donde se juntaba con sus compañeros cuando estaban libres. En el camino lo detuvo un joven, muy bien vestido, que le pidió que lo llevara hasta el camino a Pajas Blancas, pasando el aeropuerto. Cuando llegó a ese lugar y quiso preguntar al pasajero donde tenía que dejarlo, sintió algo frío que le apoyaba en la nuca –“Dame todo lo recaudado o sos boleta”--- Julián se quedó quieto sin moverse por miedo a que se pusiera nervioso y se le escapara un tiro. Le indicó con una lenta seña de la mano el lugar donde guardaba el dinero.—“ Ahora vamos hasta la entrada a Villa Allende”---le ordenó el asaltante mientras guardaba en su saco el dinero obtenido. Cuando llegaron al lugar le indicó entrar por una calle de tierra, poco transitada, donde se encontraba otro automóvil, del cual bajó un amigo del asaltante---“¿Cuanto le sacaste? “---le preguntó ansioso al que apuntaba con su arma a Julián---“Muy poco. Tiralo en el piso de atrás y atale las manos y los pies. Vamos rápido con el otro coche a la operación que habíamos planeado, seguramente más importante”—Julián había quedado pálido y temeroso escuchando la conversación de los ladrones, pero sintió un alivio cuando lo dejaron atado en el piso del taxi y oyó el ruido del motor cuando se alejaba el otro automóvil. –“¡Hoy no era mi día! Decía casi gritando –“¡¡ Hoy no era mi día!! En verdad no era su día...No pudo desayunar, los colectivos no andaban y tuvo que caminar como veinte cuadras, tuvo que aguantar la torpeza de dos viejitos que le hicieron perder tiempo, lo asaltaron y se salvó de una paliza por tener poco dinero, o quizás su vida. Con mucho esfuerzo pudo desatarse. Ya se había pasado de la hora en que tenía que entregar el taxímetro y seguramente el dueño estaba esperándolo para recibir la recaudación. Llegó a la playa de estacionamiento todavía impresionado por lo ocurrido. Le contó a su patrón todo lo que le había pasado recalcándole –“Hoy no era mi día”—el dueño del taxi lo miró con una sonrisa casi irónica –“En verdad hoy no era su día. Hoy es lunes y no le tocaba trabajar por tener franco.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Dios estuvo allí
Por Cuomo, Mario Rosario
La sucursal del banco que llevaba el mismo nombre de la Provincia estaba ubicada en ese pequeño pueblo. Debido al gran progreso que obtenían los granjeros de la zona por las sucesivas cosechas de la soja, estaba considerado como el más próspero de la región. Era utilizado normalmente para recibir considerados depósitos de dinero y otorgar créditos que hacían crecer regularmente su patrimonio económico.
Ese día el público había sido más numeroso por la mañana temprano debido a que se estaba cobrando vencimientos de impuestos y servicios, además de los abundantes trámites comunes de casi todos los días. En las tres cajas que recibían los pagos, las filas de personas habían disminuido notablemente pasadas las horas del mediodía.
Inesperadamente cuatro individuos a caras descubiertas irrumpieron en el lugar. Uno de ellos amenazando con su arma al único custodio policial, dos apuntaban a los cajeros y empleados y el restante le gritaba al público en forma amenazante: ¡Esto es un asalto! ¡Todos al suelo! La sorpresa creó confusión. La mayoría se sentó apresuradamente en el piso, mientras algunas mujeres sollozaban por temor. ¡ Rápido, todos acostados boca abajo ¡ Un señor que había estado formando fila en una de las cajas quedó parado temblando ¡ Al suelo ¡ ¡ A suelo ¡ le gritaba desaforadamente el asaltante bastante nervioso, pero el hombre estaba paralizado por el susto, apretando desconcertado contra el pecho el portafolios que llevaba. Otro señor que había estado a su lado en la fila lo tomó fuertemente del brazo y lo atrajo rápidamente hacia el suelo, justo en el momento que por excesiva nerviosidad el ladrón apretó el gatillo de su revolver perforando la bala el cristal de la caja. Algunos gritaron asustados pero los demás quedaron recostados y quietos en el piso, angustiados y temerosos.
El señor del portafolios quedó acostado sobre el mismo, reflejando en su rostro el temor del momento. Junto a él también estaba muy quieto quien lo empujó hacia el piso, mirándolo fijamente y hablándole muy despacio tratando de calmar su ansiedad. “Quédese quieto, no tema, ya debe llegar la policía. Rece y agradezca a Dios de estar vivo” Los asaltantes tomaron todo el dinero de las cajas y salieron apresuradamente, escapando en un coche que los esperaba.
La policía nunca llegó. Según el comisario no tenían nafta para el móvil.
Al día siguiente se encontraron en el bar, próximo al banco, el señor del portafolios y el que le salvó la vida evitando que la bala disparada por el delincuente le diera en pleno pecho, en vez de seguir su trayectoria perforando el cristal de la caja. “Hola, ¿cómo se encuentra?” preguntó el que le salvó la vida. “mi nombre es Juan y me alegro de verlo bien” “Yo soy Oscar" Contestó “Y tendré que agradecerle infinitamente su intervención de ayer. Si usted no hubiera estado en ese momento seguramente yo no estaría acá.” “No tiene importancia” le dijo Oscar palmeándole la espalda “Estoy seguro que Dios estuvo allí y fui su brazo ejecutor”. Juan lo miró con extrañeza, invitándole a sentarse para tomar un café” No solamente salvaste mi vida “le dijo entrando en confianza “También la de muchas personas de la zona, ya que en el portafolio que llevaba había 950.000 pesos en efectivo y en cheques, producto de donaciones de comerciantes y granjeros para la construcción de un hospital en el pueblo. Soy el tesorero de la empresa que hará la obra y venía a depositarlos en este banco”. Oscar lo miró con suma extrañeza y poniéndose una mano en el pecho le manifestó “Ahora estoy más seguro de haber sido el brazo ejecutor del Señor y me llamó para estar en ese lugar y en el momento oportunos. Vine para abonar un impuesto que no tenía apuro, pues faltaba mucho para la fecha de vencimiento. Soy el cura de la parroquia de este pueblo y sé que algo ayer me obligó a venir. Seguramente Dios estuvo allí.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
El hotel de don Jaime Jalef
Por Cuomo, Mario Rosario
El pueblo se llamaba Villa San Ignacio, donde los lugareños no tenían preocupaciones por la seguridad ya que era un pueblo muy chico y casi ignorado. Todos los habitantes se conocían desde siempre y la mayoría de ellos mantenían lazos familiares. Existía un sólo hotel donde siempre se hospedaban viajantes que solían visitar la zona y que por estar muy bien atendidos lo preferían antes que a otros hoteles ubicados en pueblos vecinos.
Guillermo había llegado al atardecer y apenas pudo visitar el comercio de Artefactos para el Hogar de Don Jaime Jalef, quien también era dueño del hotel del pueblo. Como no pudo atenderlo, Don Jaime lo citó para el día siguiente.
Esa noche el caluroso verano invitaba a disfrutar de la frescura nocturna. La suave brisa del Sur estimulaba para caminar por las calles a la luz de la luna. Guillermo se duchó y se vistió con ropas livianas. Invitó a dos colegas, Salvador y Julián, también hospedados en el hotel, para transitar por las calles y tratar de evadir por unos momentos todo lo relacionado con la actividad que ejercían. Lógicamente era imposible no comentar algunas situaciones relacionadas con los clientes de cada uno. Guillermo se quejaba de no poder seguir su gira por no atenderlo el turco Don Jaime a última hora. –“A mi me atendió a media tarde la esposa en la tienda que es propiedad de la familia Jalef”—decía Salvador –“Pero no pudo abonarme la factura que adeudaban por no contar en ese momento con chequera habilitada, ya que el banco estaba cerrado. Me pidió pasar a cobrar a primera hora de mañana”—El colega Julián se detuvo y miró a los otros dos extrañamente. Quiso decir algo al respecto, pero se guardó las palabras pareciendo que se cuidaba de ser indiscreto y siguió caminando. Llegaron hasta la plaza, donde varias personas paseaban despreocupadas gozando de la fresca noche. Por ser extraños en el pueblo la gente del lugar los observaban sonriéndoles amablemente. Caminaban separados, a veces distanciados uno de otros. Julián, quien llevaba la delantera, se detuvo esperando a los otros dos, cuando un anciano que pasaba por su lado le preguntó muy sonriente –“¿Ustedes se hospedan en el hotel de Don Jaime?”—y como sabiendo la respuesta siguió caminando dejando a Julián sin responder. Salvador venía último y se apuró para alcanzarlos. Encontraron un banco vacío y aprovecharon para sentarse a descansar. En ese momento se acercó un señor visiblemente alcoholizado y se detuvo frente a ellos, tratando de mantener su estabilidad. Se quedó mirándolos sin decir ninguna palabra, hasta que balbuceando por su manifiesta borrachera y poniendo su desviada mirada en cualquier parte –“Así que a ustedes les tocó hoy quedarse en el hotel del turco”—Quiso seguir hablando pero Guillermo, Julián y Salvador se levantaron y lo dejaron murmurando palabras incoherentes.
Al regresar de sus paseos decidieron tomar un café en el bar y restaurante situado junto al hotel, también propiedad de Don Jaime y atendido por su hermano menor. Se sentaron frente a una mesita ubicada fuera del local para recibir alguna frescura de la noche. Guillermo inició la conversación. –“En esta recorrida me pareció raro que algunas personas sabían quienes éramos”-- --“No es raro”—apuntó Salvador mientras revolvía con la cucharita el edulcorante vertido en el café que le habían servido –“En el pueblo todos se conocen y nosotros somos extraños”-- --“Si, pero todos coincidieron en que nos alojamos en el hotel del turco Jaime”—dijo Julián elevando las cejas como dudando de algo. Guillermo tomó un sorbo del café mientras manifestaba en forma dubitativa –“A mí me parece mas extraño que siempre hay un inconveniente para atendernos el mismo día que llegamos y tengamos que alojarnos en el hotel, propiedad de Don Jaime. Muchas veces me ha pasado lo mismo”—Salvador coincidió con Guillermo al destacar que también había pasado por esa situación. Llegaron a la conclusión que Don Jaime y sus familiares usaban a los viajantes para beneficiar económicamente al hotel. como también al bar y restaurante donde muchas veces desayunaban, cenaban y almorzaban.
Conociendo los comercios que atendían los Jalef en el pueblo, calcularon que mas o menos 10 viajantes los visitaban normalmente todos los meses. –“Si fuera así”—comentaba Salvador –“creo que no hay dudas que somos una pequeña parte de sus negocios.”—Julián ya convencido propuso que en lo sucesivo llamaran por teléfono el día que les tocara visitarlos para evitar que les den excusas y obligarlos a utilizar el hotel y en muchas ocasiones el bar y restaurante.
Tratarían de conectarse con los demás viajantes para que, si estaban de acuerdo, obraran de la misma forma.
Al mes siguiente, como el pueblo aún no contaba con la conexión a la telefonía de la zona, Guillermo llamó a la particular Central Telefónica de Villa San Ignacio para que lo comunicaran con el hijo mayor de Don Jaime Jalef. –“El señor Jalef está ocupado y le pide que lo vea esta noche a las 21 horas en el hotel”—contestó la telefonista. Y fue la misma respuesta para todos los que llamaban para hablar con alguno de la familia Jalef. Por consiguiente se veían obligados a viajar al atardecer para hospedarse en el Hotel.
Los viajantes ignoraban que la Central Telefónica de Villa San Ignacio era también propiedad de Don Jaime y que la telefonista que atendía la Central Telefónica era la hija del turco.
Mario Rosario Cuomo
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Asociado Honorario
El ñato de almagro
Por Cuomo, Mario Rosario
El Ñato (llamado así por habérsele roto el tabique nasal siendo boxeador) fue uno de los últimos guapos del barrio de Boedo y Almagro. Por ser herrero y manejar pesados martillos tenía una gran contextura física, que resaltaba más por ser petizo. Siempre consumía bebidas alcohólicas y dos por tres se trenzaba en peleas con contrincantes más grandes que él, a los cuales casi siempre noqueaba. Se comentaba que una madrugada estaba parado en la esquina de su casa y llegó un automóvil del cual bajaron dos muchachos y dos chicas que vivían en la cuadra. Como estaba ebrio empezó a gritarles ¡Ahí vienen las locas mías!... ¡Ahí vienen las locas mías!.... Los dos muchachos, que lo vieron petizo y borracho, se acercaron con la intención de darle una paliza. El Ñato los recibió a trompadas y los corrió hasta el auto, donde se encerraron para no recibir más golpes y rápidamente aceleraron y escaparon, mientras el Ñato corría detrás del coche invitándoles a que bajaran y pelearan.
En la calle Directorio, entre Av. La Plata y Senillosa, habían instalado una calesita, movida por un caballo con viseras que la hacía circular dando vueltas desde su interior y dirigido por su dueño. Todos los atardeceres se reunían en el lugar muchas personas, aparte de los padres y acompañantes de los pequeños, para observar como se divertían tratando de tomar la “sortija” que manejaba el calesitero. Un grupo de amigos del barrio, todos recién iniciados en la adolescencia, habían tomado la costumbre de reunirse en el lugar todas las noches, para mirar y conversar con las chicas de la misma edad que también se reunían en ese lugar. Una noche, estando ambos grupos conversando animadamente, pasó por el lugar un vendedor de diarios, quien en su apuro tropezó con Ramón, que era un chico muy irascible y de buena contextura física por trabajar también de herrero como su hermano el Ñato, no soportó el atropello del diariero y lo insultó. El vendedor se fue calladamente y al rato apareció con un hombre grandote, quien había sido boxeador, para que le dé una paliza al chico que lo había insultado. El “tipo” ubicó a Ramón y le empezó a dar trompadas que Ramón trataba de esquivar retrocediendo, hasta que pudo darle un puñetazo en la cara que lo sorprendió. Todo el grupo de amigos se abalanzó sobre él, llevándolo a golpes hasta el medio de la calle. En ese momento apareció el Ñato y lo siguió golpeando y gritándole ¡Te voy a matar queriendo pegarle a mi hermanito!....El grandote sabía quien era el Ñato y escapó para refugiarse en un bar de la esquina. El Ñato, en medio de la calle interrumpiendo el paso de los vehículos, le gritaba que saliera para pelear, hasta que varios vecinos lo calmaron.
Mucho tiempo después el Ñato murió a consecuencia de haber sido acuchillado en una pelea callejera.
Mario Rosario Cuomo
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En busca de un título
Por Cuomo, Mario Rosario
Para Carlos “Superman” Álvarez su vida era el boxeo. Todos sus conocimientos los transfería a Vicentico, su hermano menor, a quien le hacía ejercitar su misma gimnasia para madurar su estado físico, con intención que en próximos años, cuando tuviera más edad, pudiera combatir como boxeador en la categoría peso pesado. Amaba a su hermano menor como si fuera su hijo. Habían quedado huérfanos desde muy jóvenes .y se llevaban quince años en edad. Vicentico estaba actuando como boxeador amateur en la categoría medio pesado, mientras que Carlos “Superman” Álvarez tenía realizadas treinta peleas como peso pesado, veinte ganadas por KO y diez por decisión unánime. Por intermedio de Internet su promotor trató de gestionar un encuentro con el campeón del mundo, ya que consideraban a Carlos “Superman” Álvarez como primer candidato a enfrentarlo por el título. No pudo concretarse la pelea por existir otro boxeador de la misma categoría, de nacionalidad australiana, que presentaba similares antecedentes. El Consejo Mundial del Boxeo estableció que para enfrentar al campeón se debía realizar una pelea entre los dos candidatos y el que resultara ganador podría concretar el encuentro por el título mundial de la categoría pesado.
“Superman” Álvarez, aparte de un riguroso entrenamiento, investigó por intermedio de Internet y de películas, las aptitudes y los antecedentes de su oponente. En uno de los videos le pareció reconocerlo y recordó haber combatido con él diez años atrás, cuando era amateur. Fue una gran sorpresa para Carlos, ya que el boxeador que enfrentaría era completamente distinto del que había vencido en su juventud. Vinieron a su memoria muy claramente las circunstancias de aquel encuentro que siempre trató de olvidar.
Carlos “Superman” recordaba que ese año estaba sobresaliendo como boxeador y ya había vencido a muchos oponentes en la categoría medio pesado. En el club donde entrenaba le buscaban un contrincante con mejores condiciones para que pudiera adquirir más experiencia. Recordó que habían encontrado un boxeador novato, de nacionalidad australiana, que estaba de paso por el país. quien aceptó pelear con él. .El encuentro se había programado para un Domingo a la tarde. Carlos en ese tiempo no lo conocía, ni sabía sus antecedentes, pero eso no le preocupaba.
Cuando llegó el día de la pelea quedó sorprendido. El contrincante era, mas o menos, veinte centímetros más alto y le sobrepasaba en el peso. Sus amigos protestaron y querían suspender el encuentro. . Ya era tarde para hacer reclamos y decidieron que podría enfrentarlo.
Carlos recordaba que cuando subieron al “ring”, el árbitro los puso frente a frente para darles las instrucciones... Tuvo que levantar la cabeza para mirarle la cara y él bajó la suya para mirarlo. Recordó que en ese momento había notado que tenía cara como el de una criatura de poca edad, pero con un cuerpo muy grande. Recordaba que al oir la campana del inicio el "gordo" vino a su encuentro muy despacio y con la guardia baja como sobrándolo. Le dio rabia y se enfureció. Le dio un golpe al rostro de izquierda y otro al pecho con la derecha. Recordó que el australiano lo miró fijo y sorprendido. Carlos no le dio tiempo a reaccionar y se abalanzó dándole golpes a diestra y siniestra, llevándolo hacia su rincón. Recordó que el “gordo” con su mano derecha se tomó de las cuerdas y su brazo izquierdo lo balanceaba arriba y abajo, como un ademán infantil, queriendo alejarlo para que no le pegara más.
Carlos recordaba que en ese momento estaba poseído de una furia imparable. Seguía pegándole ciegamente, llevándolo de un rincón a otro, hasta que se dio cuenta que no respondía a sus golpes. Recordó que miró al árbitro, esperando que parara la pelea... El "gordo" atinó a tirarle un golpe suavemente rozándole la cabeza. Carlos instintivamente le lanzó una izquierda al mentón que le llevó la cabeza hacia atrás .Recordaba que el chico bajó el brazo izquierdo, con la mano derecha volvió a tomarse de las cuerdas y ¡se puso a llorar!...
Carlos quedó pasmado, no sabía qué hacer. Un escalofrío corrió por su cuerpo y sintió una angustia incontrolable. Le pareció que le había estado pegando a un chico pequeño, de la misma edad que su hermanito, y sintió lástima, mucha lástima, tanto que se le anudó la garganta cuando le reprochó al árbitro no haber parado la pelea antes.
, El "chico gordo" de aquella pelea se llamaba Falcón... Nunca había sabido de él hasta ese momento... Siempre el recuerdo de ese encuentro a Carlos “Superman” Álvarez le causaba angustia, al considerarlo de la misma edad de su hermano menor Vicentico, quien podría haber sido el contrincante de algún boxeador con experiencia que le hubiese castigado como lo había hecho él con Falcon en aquella oportunidad
La pelea entre los dos aspirantes al título mundial se había pactado realizar en la ciudad de Nueva York por una bolsa millonaria. Ambos boxeadores estaban muy bien preparados y las apuestas eran parejas. Falcón era un poco más alto que Álvarez, pero a éste no le importaba pues ya había combatido con otros boxeadores más altos, a quienes había vencido por KO.
Cuando se inició la pelea, Carlos “Superman” Álvarez al acercarse miró fijamente a su oponente y sin quererlo recordó la imagen del chico “gordo” llorando cuando lo castigaba ferozmente en la pelea que realizaron en su juventud. Vio en la imagen de Falcón la imagen de su hermanito Vicentico y no pudo pegarle cuando tuvo la oportunidad en varias ocasiones.
En los descansos de los primeros “rounds” su promotor y sus ayudantes le reclamaban no aprovechar la manifiesta superioridad para poder vencerlo. Carlos susurraba pensando en el llanto de aquel chico “gordo” –“No puedo....No puedo pegarle...”—
En la octava vuelta Carlos lanzó instintivamente un fuerte “cross” de derecha que tomó desprevenido a Falcon enviándolo a la lona algo mareado. Carlos, sin tener noción de lo que hacía, se acercó para ayudarlo, pero el árbitro lo envió enérgicamente a su rincón antes de empezar el conteo, pero Falcón se levantó apresuradamente repuesto del golpe. El árbitro lo retuvo mirándolo a los ojos, mientras le contaba los ocho segundos reglamentarios, después de los cuales le dio la continuación del combate. Falcón fue a buscarlo a Carlos con furia, pero éste se abrazó a él para impedir un castigo o para no pegarle. Las luces que alumbraban el cuadrilátero hacían resaltar los dos cuerpos sudorosos abrazados, mientras el árbitro trataba de separarlos. La campana sonó marcando el final de la vuelta... La pelea era a doce “rounds” y todo seguía igual, Falcon tratando de pegarle y Carlos tratando de no hacerlo, no pudiendo borrar de su mente la imagen del chico “gordo” llorando y pensando en su hermano Vicentico, hasta que en un descuido recibió un puñetazo en la mandíbula que lo envió al suelo. No pudo levantarse o quizás no quiso hacerlo perdiendo la pelea.
Carlos “Superman” Álvarez y su hermano Vicentico abandonaron la práctica del boxeo. Instalaron un gimnasio para físicoculturistas con el dinero que por contrato obtuvo Carlos de la pelea con Falcon. Vicentico Álvarez ganó el título de campeón olímpico con medalla de oro, representando al país como campeón amateur de fisicoculturismo en la categoría mayor.
Falcon, el ex “chico gordo” que combatió con Carlos, perdió la pelea con el campeón mundial de todos los pesos. Se asoció económicamente con Carlos, radicándose en el país, colaborando en la dirección del gimnasio. Llegaron a obtener varios títulos con muchos de los aspirantes que manejaban personalmente los dos ex boxeadores, ahora socios y amigos.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Flecha incierta
Por Cuomo, Mario Rosario
El Bar y Restaurante “La Viña” estaba ubicado en la esquina de Pedro Goyena y Avenida La Plata del Barrio Caballito en la ciudad de Buenos Aires. Era de aspecto modesto donde solían reunirse todos los días, especialmente en los atardeceres, mucha gente joven del barrio formando grupos de amigos para conversar mientras tomaban café, jugaban a los dados o realizaban partidas de naipes. Contrastaba con el Bar y Restaurante “Petit Munich”, ubicado en la esquina de enfrente, por su aspecto y por el nivel social de la mayoría de sus concurrentes. Tenía tres billares y no permitían los juegos de mesa. En un pequeño palco se ubicaba una agraciada joven que manejaba un tocadiscos pasando música de la actualidad.
En los meses de la primavera y del verano ambos bares ubicaban mesas en las aceras para que los parroquianos pudieran aliviarse del calor. Lógicamente con prohibición de los juegos con dados y naipes.
En el bar “La Viña” eran asiduos concurrentes un grupo de jóvenes que se ubicaban siempre en el lado de la calle Pedro Goyena. Como eran muchos molestaban a los que circulaban por el lugar, por cuyo motivo el dueño del local trataba de persuadirlos para que despejaran la acera, sobre todo porque no consumían casi nada en toda la noche. En el grupo se destacaba “Flecha Incierta”, porque decían que siempre buscaba el blanco, pero se desviaba por un tinto, una grapa, una cerveza y a veces por alcohol puro, cuando no tenía a mano otra cosa. Además era delgado y muy ligero para desplazarse. Tenía piernas largas y daba pasos muy amplios que le hacían estar rápidamente sentado frente a una mesa en cualquiera de los bares ubicados en las dos esquinas. Superaba largamente sus borracheras y su delgadez la entradora “pinta” de su persona. Era alto, morocho, de ojos verdes y facciones muy agradables que atraían a las mujeres solteras del barrio y también a las casadas. Vestía siempre con una impecable camisa azul, corbata con tonos rojos y un traje gris oscuro bien planchado y a la moda de ese tiempo. Siempre igual, desde la época en que lo conocieron sus amigos. Algunos Sábados concurría al bar conduciendo un Ford Falcon Decía que no lo usaba mucho porque gastaba mucha nafta.
Solía narrar sus aventuras, especialmente con mujeres, a cambio de uno o dos vasos de vino blanco o de lo que viniera. Fue muy interesante el caso de las mellizas Olga y Azucena Sampietro, hijas del almacenero del barrio, con las cuales salía todos los Sábados, una por cada vez, y nunca podía saber con cual de ellas en cada ocasión, hasta que se pusieron de acuerdo y salía con las dos al mismo tiempo. Era más entretenido.
No la pasó muy bien al principio con la “gorda panadera”, quien lo perseguía a cada momento haciéndole regalos de biscochitos con grasa, medias lunas y otras confituras que a “Flecha Incierta” no le agradaban y las regalaba a los integrantes del grupo, hasta que “la gorda” se dio cuenta, o le informaron, que al flaco “Flecha Incierta” lo que más le gustaba era el vino blanco. Una noche lo esperó para poder hablarle y le hizo saber que le habían regalado una botella de vino blanco de muy buena marca y quería compartirlo con él. “El Flecha” no dudó ni un instante y la citó para el Sábado a los fines de dar un paseo en su Ford Falcon.
Se creía que con la “Polaca”, que vivía en la misma cuadra del bar y tenía un empleo en el centro de la ciudad, había tenido un pequeño idilio. Regordita y bien formada físicamente, siempre pasaba muy seria por el lugar, sin dar importancia a los piropos que le hacían llegar los del grupo ubicado en la esquina de “La Viña”, menos “Flecha Incierta” que desaparecía rápidamente sin que nadie se diera cuenta y siempre se encontraba en ese momento sentado en una mesa del bar “Petit Munich” tomando un café.
Habían pasado varios meses sin que se le viera por el bar. Se comentaba que había “enganchado” una mujer con mucho dinero y estaría de viaje por otros países, o que estuviera preso o que hubiera muerto. El mozo del bar que en el momento de los comentarios estaba sirviendo café a uno de los parroquianos, interrumpió la conversación y manifestó que hacía poco lo había visto. Lógicamente todo el grupo se interesó pidiéndole detalles.”¿Se acuerdan de la “Polaca” que pasaba siempre por aquí y que hace mucho que no se la ve? Es la dueña de una tintorería en el centro donde “Flecha” se hacía limpiar y planchar todos las mañanas su traje, su camisa, su corbata y hasta su ropa interior cuando vivía el japonés esposo de la “Polaca”, que en realidad era alemana, a cambio de manejarle el Ford Falcon entregando la ropa limpia a sus clientes. Además el japonés le prestaba el automóvil algunos Sábados con la condición de que se lo devolviera el Domingo completamente lavado y bien limpio su interior Cuando murió el japonés “Flecha” se juntó con “la Polaca” y hoy le cuida a su hijo de fisonomía japonesa, le hace los mandados y le atiende el negocio. Está gordo, panzón y se peló la melena. “La Polaca” le paró la flecha y ya no busca el blanco ni el tinto, ni ninguna otra cosa que no sea “Coca Cola”.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
La suerte del Sargento Caferatta
Por Cuomo, Mario Rosario
Yo creo que el sustantivo “suerte”, junto con los adjetivos “buena” o “mala” que la definen, son palabras muy mencionadas en todos los idiomas del planeta.
Desde la gestación el individuo tuvo buena suerte en la fecundación de un óvulo, y éste también en ser elegido. Buena suerte para nacer y mala suerte para los millones que no pudieron germinar.
La vida de los seres está signada por el atributo “suerte” en todos sus actos, durante el transcurso de sus existencias. Buena suerte tuvo el estudiante al aprobar sus materias; mala suerte el que reprobó. Buena suerte el que ganó con la lotería; mala suerte el que perdió una fortuna en la ruleta.
La imaginación abarca abundantemente muchos procesos de nuestras vidas, en los cuales hemos transitado con buena o mala suerte.
Durante el servicio militar conocí al Sargento Caferatta, quien se caracterizaba por tener siempre la buena suerte de su lado. Situaciones que por ser raras no se ausentaron de mi memoria.
Estaba designado para efectuar tareas como Suboficial de Intendencia en la Dirección General de Administración del Ejército, repartición donde también me habían seleccionado para trabajar como soldado administrativo. Me hice amigo del Sargento por ser una persona leal y franca, desprovista de toda seriedad militar, propensa a realizar situaciones personales reñidas con el cargo que desempeñaba. El jefe de la D.G.A. era un general de temperamento muy firme y se le conocía como solterón empedernido y cascarrabias.
En una ocasión el Sargento Caferatta bajó del primer piso deslizándose montado en la baranda de la escalera y al llegar a la planta baja estaba el General observándolo. Como el Sargento hacía poco que se había casado lo encaró: “Tenía que haberse casado para ser tan pelotudo”. En ese momento entraba al edificio una comitiva de oficiales de alto rango que venían a entrevistarlo y tuvo que atenderlos dejando libre al Sargento de aplicarle una sanción, posiblemente un arresto de varios días. Buena suerte del Sargento.
Esta Repartición, Dirección General de Administración, estaba ubicada en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires y constaba de varios pisos. En todas las secciones se guardaban documentos y valores muy importantes, relacionados con el Ejército Argentino, por cuyo motivo siempre existía una guardia armada ubicada en el hall de entrada, compuesta por un Suboficial y dos soldados. Cuando le tocaba la guardia al Sargento Caferatta, todos los soldados queríamos hacerla también, pues sabíamos que en la noche siempre había “timba” y que el Sargento le daba franco a uno de los soldados. Especialmente en Sábados y Domingos.
Un Domingo, estando de guardia con el Sargento, me confesó que tenía una “fija” en las carreras y que le había pedido a un Sargento amigo que lo venga a reemplazar por una o dos horas para poder concurrir al hipódromo. Como el amigo no llegaba y se le hacía la hora de largada de su carrera, me pidió que me quedara a cargo de la guardia hasta que llegara su reemplazante. Como ya le había dado franco al otro soldado me quedé cuidando ese inmenso edificio que me pareció más grande por mi soledad y sentí mucho miedo ante tanta responsabilidad. Al ratito sentí que abrían la puerta y pensé con alivio que era el amigo de Caferatta, pero grande fue mi sorpresa cuando apareció ante mí un General del Ejército, que según me enteré luego, venía para realizar una tarea en uno de los pisos superiores. “¿El Jefe de Guardia?” me preguntó y me salió no sé cómo “Está con el otro soldado haciendo una recorrida, mi General” Subió con el ascensor y yo quedé frío, anonadado, temeroso y no sé qué más, pensando que nos mandarían al calabozo por algunos años. Con el General había venido también su chofer, a quien le conté lo que ocurría. “Pobre Caferatta” dijo, y se quedó mudo y preocupado.
Cuando llegó el Sargento reemplazante disculpándose por la demora, le puse en conocimiento de lo que ocurría y creo que se puso más nervioso que yo. Al ratito lo llamó el General para saber si tenía alguna novedad. Cuando bajó nos pusimos a comentar la situación junto con el chofer y en ese momento llegó Caferatta, muy contento por haber ganado unos buenos pesos en la carrera. El amigo se marchó aliviado por no haber pasado nada grave. Me puse a pensar qué hubiera sucedido si se hubiese descubierto la situación, ya que el edificio es parte del Ministerio de Guerra y todo su contenido está ligado a muchos informes secretos del Estado Argentino. Además se estaba custodiando el dinero para el pago de los sueldos militares. Posiblemente al Sargento Caferatta lo procesarían por abandono de guardia y probable baja del ejército. A mí por encubridor y al otro soldado por dejar la guardia nos darían varios días (o meses) de calabozo. Al Sargento que lo reemplazó también un juicio con consecuencias ignoradas
El General terminó la tarea por la que había venido y se retiró saludando a la Guardia. Días después nos enteramos por el chofer que el militar le comentó que el Sargento que saludó al salir le pareció que no era el mismo que había subido a su despacho. Como no le dio importancia, tuvimos todos buena suerte y mejor suerte el Sargento Caferatta.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Molino y el tano don José
Por Cuomo, Mario Rosario
Se llamaba Osvaldo, pero por su voz ronca y su modo de hablar moviendo los brazos lo apodaron “Molino Parlante de Viento”. Con el tiempo le quedó “Molino Parlante” y luego solamente “Molino”. Tenía trece años y lo consideraban el líder de la “barra” de la calle Muñiz. Impresionaba al tratarlo por su cuerpo musculoso y su voz grave, pero al tenerlo como amigo se le notaba su extrema bondad y modestia. Su madre, Doña Maria; decía que Osvaldo había heredado del padre sus músculos y su corazón de oro. Su padre había sido boxeador y murió por un mal golpe en la sien que lo tuvo postrado inconscientemente durante algún tiempo, hasta que falleció. La muerte de su padre fue un golpe muy duro para Molino. El le ayudaba a su madre a cuidarlo y asearlo y tuvo siempre la esperanza de verlo despertar. Cuando murió tuvo un ataque de nervios y todo el barrio debió contenerlo y consolarlo. No aceptaba haberlo perdido definitivamente y gritaba con desesperación moviendo los brazos en todas direcciones y corriendo en la calle de un lado a otro frotándose fuertemente los puños hasta que cayó sentado en el umbral de su casa agotado y llorando desconsoladamente.
Habían pasado dos semanas cuando Molino se reintegró a la “barra”. No tuvo muchos cambios en su modo de ser, salvo la afonía que le quedó después de los gritos de aquella tarde.
El grupo había formado un club de fútbol, cuya “cancha” era la calle Muñiz al 800. Abarcaba casi toda la cuadra y sus arcos los formaban un árbol y la pared sobre una acera y a unos 80 metros otro árbol y la pared en la acera de enfrente. Jugaban casi todos los días con una pelota de goma que les costaba veinte centavos, del tamaño de una naranja grande, la que siempre trataban de salvar cuando por la quejas de algún vecino los corría un agente de policía.
Principalmente había un vecino que siempre se quejaba. Tenía un automóvil que lo estacionaba frente a su casa y como molestaba cuando realizaban un partido, se lo corrían empujándolo hasta la esquina de la cuadra para despejar la “cancha”.
El "tano" Don José, que así lo apodaban por ser italiano, les gritaba y volvía a poner el coche nuevamente frente a su casa. Lo dejaban y trataban de acomodar el juego incluyendo ese obstáculo. Pero hubo una oportunidad en que tenían que jugar un partido muy importante contra un club de otro barrio y necesitaban toda la extensión de la cuadra completamente despejada. Como el "tano" tenía el coche estacionado como siempre y supuestamente que si se lo empujaban hasta la esquina él lo volvería a colocar frente a su casa, Molino tomó otra determinación distinta. Sabía que la puerta del auto no estaba bien cerrada por tener la cerradura rota. Aprovechando esa circunstancia, se subió al coche y tomó el volante, mientras los demás chicos lo empujaban hasta dejarlo en una calle transversal a dos cuadras de la "cancha".
Empezaron a jugar y al rato apareció en la esquina un agente de policía. Todos corrieron desparramados hacia cualquier lado. La pelota la pudo salvar Molino.
Las personas mayores sabían que la policía nunca apresaba a ningún chico que estuviera jugando al fútbol en la calle. Suponían que querían asustarlos para complacer a los vecinos.
El partido se suspendió, pero el "tano" recién a la noche pudo encontrar su auto.
Molino no odiaba a nadie. Siempre hacía sus bromas sin herir a ninguno. En este caso del “tano” le confesó su autoría y le pidió perdón. El “tano” también era una buena persona y Molino pudo convencerlo para que no hubiera rencores. Pero no podía con el genio. A la semana siguiente tocó el timbre insistentemente en la casa del “tano” y se sentó tranquilamente en el suelo apoyado a la pared. Cuando salió el “tano” Molino le dijo que habían sido dos chicos que corrieron hacia la esquina de la calle Carlos Calvo.
Todos calculaban que el “Tano” tendría cerca de los 90 años y se le veía fuerte y lúcido. Había venido de Italia con sus padres siendo muy pequeño. No tenía hijos porque nunca se casó, pero tenía muchos amigos y parientes lejanos que lo visitaban asiduamente. Desde los 50 años de edad soportaba una obturación en sus arterias que lo obligaba a internarse en algunas ocasiones. Molino y los demás chicos sabían de su enfermedad, por eso siempre sus travesuras las festejaban risueñamente. El último Invierno no resistió y se fue para siempre con las tristezas de todos sus amigos y vecinos. Molino organizó una colecta para enviarle una corona de flores y en el primer partido de fútbol que jugaron después de la muerte del “Tano” pidió un minuto de silencio en su memoria.
Cuando no jugaban al fútbol se reunían en la esquina de la cuadra para conversar sobre diversos temas, uno de los cuales era el “Tano” Don José. Molino decía con sus acostumbrados movimientos de brazos y su voz ronca “Cuando me toque ir al cielo le esconderé la corona de santo al “Tano”.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Nunca dejé de amarte...
Por Cuomo, Mario Rosario
La noche era clara. La luna rielaba los pequeños charcos de agua formados por la reciente lluvia y una suave brisa movía las ansiosas ramas de los árboles. Todo era silencio en aquella plaza donde se encontraba Alberto sentado en un banco. Muy triste y con los ojos llenos de lágrimas, exaltados y muy abiertos mirando sin ver las penumbras que lo enmarcaban.
Rompió el silencio una voz grave e imperativa que diluyó el letargo silencioso de Alberto “¡Quédese quieto! ¡No se mueva!...” ordenó desde la calle la voz firme escudada detrás de un móvil policial. Una segunda voz le gritó “¡Ponga las manos en su nuca!...” Alberto rompió a llorar balbuceando y sin hacer caso se levantó y fingió tomar un arma de su cintura. Se oyeron dos disparos y cayó herido susurrando unas palabras. Dos policías se le acercaron y comprobaron que estaba desarmado, por lo que dedujeron que había querido suicidarse y optó por la forma más simple. Dejó que lo mataran. Se acercaron bien al cuerpo y pudieron oir que murmuraba muy despacio “Tonia....nunca dejé de amarte.....”
No tardaron mucho en llegar cronistas y fotógrafos de diarios y televisión. Muchos curiosos se acercaron ansiosos de saber lo que había pasado. Al rato llegó una ambulancia cuyo personal constató la muerte. Por orden del fiscal de turno trasladaron el cadáver a la morgue.
La plaza quedó casi vacía, salvo dos o tres vecinos que caminaban por un sendero comentando lo sucedido.”Yo conocía a Alberto....” decía uno de ellos “No sé qué le habrá pasado para que haya enfrentado a la policía de esa manera, pues siempre fue una persona tranquila y no creo que pudiera haber sido un delincuente. Hace algunos años atrás fue novio y luego marido de Antonia, llamada Tonia, vecina del barrio. Creo que se separaron por cuestiones familiares y él se había radicado en Uruguay.”
Lo que ignoraba el vecino que estaba haciendo los comentarios que Alberto, en el atardecer de ese día, había matado a Tonia en un acto de celos y furia.
Todo había comenzado hace cinco años, cuando Alberto y Tonia eran novios e irradiaban felicidad, pues el vínculo amoroso los tenía muy ligados. Especialmente por parte de Alberto dado a su temperamento sentimental y afectivo. Comenzó amando a Tonia con toda la fuerza que pudiera prodigar un hombre hacia una mujer. Nunca hubiera podido amar más, aún sospechando de algunos deslices de Tonia que le provocaban alternadas amarguras. Alberto dejaba pasar y trataba de olvidarlos pues era más poderoso el amor que lo ligaba a Tonia y nunca podría suponer abandonarla para vivir su vida separada de ella.
Después de dos años de noviazgo decidieron casarse. Alberto consideraba que el matrimonio haría cambiar a Tonia, pudiendo llegar a formalizar una familia. No fue así. Lamentablemente Tonia tenía arraigada en la personalidad su tendencia a la infidelidad y al año de casados tuvieron que separarse. Alberto se radicó en el Uruguay fundando una empresa con la intención de no volver más a la Argentina.
Nunca pudo olvidar a Tonia y ese sentimiento le impedía formar otra pareja. Sufría profundamente cada vez que algún recuerdo le hacía pensar en ella. Al año tuvo que viajar a la Argentina por asuntos relacionados con su empresa y no pudo evitar visitarla en la casa que él le había cedido después de su separación. Le pareció más hermosa que antes. Se había cortado el cabello que hacían resaltar su perfil y sus ojos oscuros. Su cuerpo le pareció más voluptuoso y su sonrisa y su alegría contagiosa lo cautivaron espontáneamente. Esa noche se quedó a dormir en la casa de Tonia. Y la siguiente también. Estaba decidido, volvieron a juntarse después de dos años de separación con la promesa formal de Tonia de serle fiel hasta en sus pensamientos.
Alberto hizo todos los trámites para dejar a cargo de su empresa a un Gerente General y establecer una sucursal en la Argentina tomando la dirección de la misma.
Hizo varios viajes al Uruguay relacionados con sus negocios, los cuales siempre le quitaban mucho tiempo y le hacían demorar el regreso a la Argentina.
La preparación de su último viaje tuvo un inconveniente. Había tomado la costumbre de llegar con su coche hasta el puerto de Buenos Aires donde debería tomar el barco que lo llevaría al Uruguay, dejando el automóvil en un estacionamiento privado hasta su vuelta. Al partir desde su casa, a las tres cuadras su auto sufrió un desperfecto. Tuvo que llamar a su mecánico, quien se demoró en llagar por estar atendiendo a otro cliente. Cuando llegó ya era tarde para seguir viajando, por lo cual decidió volver a su casa a pié, dejando el coche para que se lo repararan El mecánico era de mucha confianza de Alberto, no obstante consideró prudente llevarse unos papeles privados que estaban en la guantera y el revólver cargado que siempre llevaba en el auto en previsión por la ola delictiva imperante en la ciudad.
Guardó todo en su portafolio e inició el regreso a su casa contrariado por la suspensión de su viaje. Al llegar a la media cuadra de su vivienda decidió tomar un café en el bar ubicado en la esquina de la acera de enfrente, con la intención de ordenar sus pensamientos y solucionar el inconveniente del viaje frustrado. Desde su ubicación en el bar podía ver claramente el jardín de su casa, anterior a la puerta de entrada, y la ventana del living con el cortinado apenas transparente. Por ser casi el atardecer tenía la luz encendida y para la gran sorpresa de Alberto se visualizaban muy tenuemente dos siluetas abrazadas y besándose.
Alberto quedó paralizado, con los ojos muy abiertos de estupor y con una mueca en su rostro de dolor. Se levantó de su asiento, dejó en la mesa un billete por el café y se dirigió despacio y desorientado hacia su vivienda. En ese momento salían los dos a la puerta despidiéndose con un beso, sin ver a Alberto que buscaba el revólver en su portafolio. Mientras caminaba apresuradamente hacia ellos disparaba con furia su arma. Tonia cayó herida de muerte bañada en sangre y su joven y amante amigo salió corriendo con una herida en el brazo. Alberto se acercó y creyendo que aún vivía le disparó ciegamente varias veces más. Quedó parado en medio del jardín sin atinar a nada, sollozando y gritando muy fuerte. “¡No!... ¡No!..¡No!”. Puso el arma en su sien y apretó el gatillo. Ya no tenía balas y la arrojó con furia al suelo. Dio media vuelta y se fue caminando y llorando desconsoladamente. Llegó a la plaza del barrio y se sentó en un banco, pensativo y desorientado, con la imagen de Tonia en su mente...
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Tres rosas y una poesía
Por Cuomo, Mario Rosario
Se llamaba Juancito. Quizás haya sido uno de mis mejores amigos que tuve en toda mi vida. No recuerdo haber discutido con él alguna vez, ni haber tenido divergencias en la forma de tratarnos. En gustos y sentimientos estábamos enquistados desde siempre. Era pasivo, cauto y silencioso, a tal punto, que muchas veces no se notaba su presencia. Siempre mostraba una sonrisa en su rostro que lo caracterizaba abiertamente como un ser especial.
Habíamos nacido en el mismo barrio y teníamos la misma edad. Ambos éramos amantes de la lectura. Algunas veces componíamos poesías y cuentos que comentábamos y corregíamos mutuamente. Los demás amigos con los cuales frecuentábamos, decían que éramos almas gemelas.
Junto con los amigos solíamos concurrir a bailes y cines casi todos los Sábados, y a veces solos cuando no coincidíamos con los gustos de los demás. En una de éstas salidas conocimos a dos jóvenes, con las cuales llegamos a formalizar ambos noviazgos. Juancito se enamoró perdidamente de su pareja Alicia, pero yo no pude consolidar el vínculo con la mía. Se amaron profundamente, pero nunca dejamos de mantener los lazos de amistad que me ligaba a ellos. Todos los Sábados , a veces los Domingos, salíamos los tres juntos y ellos no admitían que no los acompañara. Juancito decía que por cuestión de piel éramos tres rosas ligadas por el perfume de su especie, adheridas a un mismo tallo.
Mantuvieron el noviazgo durante dos años y se casaron siendo muy felices, frente a mi férrea amistad y soltería. Tuvieron un hijo, fruto de ese inmenso amor, al que bautizaron con el nombre Claudio, de quien llegué a ser el “tío” preferido.
Pasaron muy pocos años y les llegó una etapa muy dura para ellos. Juancito contrajo una enfermedad terminal que lo postró en su cama hasta su muerte.
Solía visitarlo casi todos los días. Siempre me comentaba que sufría, más que por su enfermedad, el tener que dejar a su mujer sin haber podido decirle lo mucho que la amaba, pues siempre sintió una oculta timidez que le impedía desbordar de su corazón sus más sinceros sentimientos. Y era verdad. Nunca conocí a una persona tan reservada, y que guardara en su interior un amor tan grande hasta el fin de sus días. Me hizo prometer que después de su muerte le haría saber a Alicia lo mucho que la había amado.
Soneto al amigo que se fue
No fue necesario que él hablara
para que yo notara su presencia;
llegó a mi vida sin vehemencias,
con el sonriente silencio de su cara
Así callado, y casi alegre yo diría,
ya se fue para siempre de este mundo,
con sublime humildad de la que puso
en todos los actos de su vida.
Sentimiento de ausencia del amigo
que se marchó sonriente, y aferrado
al silencio como había venido.
Inconsolable sigo mi camino,
llevando a cuestas el dolor logrado,
y siguiendo la ruta del destino.
Es muy triste transitar entre las tumbas del cementerio camino a la sepultura de Juancito...Habían pasado unos pocos meses después de su muerte. Todos los Domingos le hacía una visita llevándole un ramillete de flores frescas, salvo en los dos últimos Domingos que por razones de trabajo tuve que ausentarme. A Juancito le gustaban las flores y siempre recordaba aquel momento en el cual dijo que éramos tres rosas ligadas por el perfume de su especie, refiriéndose a la amistad que nos unían a Juancito, a su esposa Alicia y a mí.
La sepultura estaba abandonada. En la pequeña porción de tierra que la rodeaba había crecido abundante pasto y en el pequeño jarrón estaban resecas las flores que yo le había dejado dos semanas atrás... Sentí que se humedecían mis ojos Una tristeza indefinida se adueñó de mi cuerpo...Arranqué con mis manos el pasto que rodeaba la sepultura, tiré los flores secas y puse las que había traido. Me quedé parado ante la tumba y lloré. No podía comprender que Alicia no hubiera visitado la sepultura de Juancito en estas últimas semanas, no obstante haberlo amado tan profundamente. Recordé muchos instantes de nuestras vidas, en los cuales ratificaban el cariño que se profesaran. Me sentí culpable de no haberle dicho a Alicia lo mucho que la amó, como me pidió Juancito antes de su muerte, pero siempre supuse que el gran amor que había tenido con Alicia era suficiente para superar todo conocimiento de ese sentimiento.
Hacía algún tiempo que habíamos confeccionado con Juancito una poesía, cuyos versos se adaptaban a esta circunstancia. Pensé que sería oportuno hacer conocer a Alicia que la poesía era de Juancito y estaba dirigida a ella. Le daría a entender que me la entregó antes de su muerte.
En la tarde del Lunes siguiente llegué hasta la casa de Alicia y le entregué el escrito. Lo leyó detenidamente ante mi presencia.
Los versos que te dejé
Nunca te amaron tanto
como siempre yo te amé.
Nubes vanas que pasaron,
tempestades en mi piel...
Trisrezas en mi camino,
atesorando alegrías,
busqué un solo destino:
tu vida junto a la mía.
Querrá un ángel divino
llevarme a la eternidad,
donde todos los caminos
llegan a un mismo lugar.
No estaré para cuidarte,
mi alma se hará cielo.
Y si en vida pude amarte,
mi amor podrá ser eterno.
Nunca te amaron tanto,
nunca como yo te amé.
Dicen que te sigo amando
los versos que te dejé.
En la mitad de la poesía Alicia levantó su vista y me miró sonriente. Sus ojos brillaban. Siguió leyendo y en algunos tramos se detenía sin mirarme. Al terminar de leer noté que había llorado. Sin quererlo yo también me había emocionado y aproveché el momento para despedirme de Alicia dándole un beso en la mejilla como era siempre mi costumbre.
Había pasado la semana y el Domingo amaneció con un sol radiante llenando de tibieza el ambiente. Las flores que llevaba para Juancito despedían un perfume casi imperceptible que se mezclaba con el aroma de las demás flores que llevaban otros pasajeros del transporte que nos conducía al cementerio. Al llegar caminé por varios senderos y dejé pasar un cortejo fúnebre que transitaba por una de las calles. Desde allí podía divisar el lugar donde descansaba Juancito y noté que estaban Alicia y el pequeño Claudio. Me llamó la atención la presencia de Claudito, ya que Alicia siempre pensaba que no era adecuado para los niños el ambiente de un cementerio.
Cuando Claudio me vio se desprendió de la mano de su madre y corrió a mi encuentro ¡Tío Mario! ¡Tío Mario! Lo alcé en mis brazos y se abrazó a mi cuello fuertemente. Luego corrió hacia Alicia y también se abrazó muy fuerte a su cuello. Le oí balbucear unas palabras casi llorando. Pensé que le había alegrado mi presencia en aquel lugar entre tumbas y flores que le producía un temor desconocido, pero más me pareció que ambos abrazos eran de Juancito por intermedio de su hijo.
Deposité las flores sobre el sepulcro y noté que en le pequeño florero había tres rosas rojas y al fondo una pequeña tablilla en la que estaba pegada la poesía de Juancito “Los versos que te dejé”. Miré a Alicia y le noté sus ojos brillantes y yo contuve con mucho esfuerzo mi llanto.
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario
Yo se que lloran por mí
Por Cuomo, Mario Rosario
En las penumbras de la habitación mi mente dibujaba figuras caprichosas, producto del pertinaz insomnio que me mantenía despierto esa noche. Cerraba los párpados, apretándolos, deseando con desesperación que el torbellino de imágenes y pensamientos se diluyeran, atrapados por el sueño que ansiosamente deseaba.
Percibía el silencio en las siluetas oscuras de los muebles y en la escalofriante soledad del sanatorio. Me infundía temor esa estática penumbra y un sentimiento de angustia recorría mi cuerpo inmovilizado. Mi acelerada imaginación accedía a situaciones confusas, con recuerdos que mi memoria se empecinaba en aflorar, en una mezcla de vivencias del pasado y del presente. Mi niñez, mi enfermedad, mi familia, se agolpaban en mi mente caprichosamente.
Recordé que siendo niño vertí lágrimas de adulto cuando mi padre, postrado en el lecho de una humilde habitación, se encontraba inminentemente atrapado por los designios de Dios para el final de su vida. Me emocionaba con abrumadora tristeza su respiración fatigosa y sus leves quejidos de dolor. Mis cinco años de edad eran muy pocos para soportar un sufrimiento tan grande. Lo observaba desde un patio, a través de una puerta entreabierta. Mi madre lo atendía muy callada, con una desacostumbrada seriedad en su rostro. Contenía mi llanto, con una singular vergüenza, queriendo disimular mis sentimientos contagiado por la pasividad resignada de mis hermanos mayores. Luego, en la soledad de un cuarto contiguo, dejaba fluir mis lágrimas y sollozaba en silencio sin consuelo, ocultándome para que no me vieran sufrir ni me escucharan llorar.
Una tenue luz iluminaba la habitación. Comprendí que me había quedado dormido entre los delirios de mi imaginación y despertaba ya al amanecer. Los ruidos que se producían en el sanatorio se filtraban a través de las paredes acompañados por el murmullo callejero que se filtraba por la ventana cerrada.
Nuevamente llegaban a mí los recuerdos de la víspera. Mi extinto padre y mi actual familia. Sentí tristeza y una angustia que me apretaba el pecho. Tenía ganas de llorar como cuando era niño ante la visión de mi padre enfermo. Pensé en mi esposa y en mis hijos. Sus sonrisas forzadas y sus alientos de vida. Comprendí que también ellos estaban tristes.
Yo sé que también lloran por mí....
Mario Rosario Cuomo
DNI. 1.805.632
Asociado Honorario