Salimos de Buenos Aires en una combi Trafic, diez personas más el chofer.
Habíamos comprado un viaje a la Patagonia… costearíamos el Atlántico visitando hermosos lugares y degustando las ricas tortas de la Colonia Galesa.
Cuando llegamos a San Julián nos adentramos en tierras patagónicas hasta Cañada León, pero nuestro afán aventurero nos llevó por un camino alternativo. La extensión de la meseta nos sobrecogía, ya no se veían ovejas, sólo espinillos, pequeños arbustos deformes…
Nos bajamos de la combi y caminamos los diez hacia el noroeste, orientándonos con brújulas y mapas. Durante dos horas y media disfrutamos de la naturaleza, pero algunos ya hablaban de volver. ¡Cual no sería nuestra sorpresa cuando lo vimos! Quedamos paralizados… Allí, a unos doscientos metros, saliendo de una cueva, se nos apareció un dinosaurio de respetable tamaño… A esa distancia se nos aparecía inmenso, con patas gruesas y un largo cuello que se movía de arriba hacia abajo, mientras abría su bocaza amenazante. Con unos prismáticos lo observamos en detalle, aunque dos de los nuestros no tuvieron mejor idea que escapar corriendo… parecían tener alas en los pies. Los miré hasta que se perdieron de vista, los que quedábamos, estábamos petrificados por la emoción.
-¿Y ahora qué hacemos?- dijo Anselmo. - ¿Le tiramos un lazo?
- Ahí al costado hay unos arbustos… ¿Y si hacemos una lanza? –dijo otro
-Podemos hacer más lanzas para defendernos mejor – opinó un tercero.
- Bueno, manos a la obra. –dije yo.
Mientras tanto el tremendo reptil, quizás el último sobreviviente de una especie extinguida hace miles de años, ahora sorprendido en su soledad, sólo atinaba a mover su tremendo cuello y a abrir la tremenda bocaza calculando, tal vez, el festín que le aguardaba.
Con los cuchillos sacamos punta a las ramas y nos pusimos en fila dispuestos a defendernos… Pasamos como una hora de tensión apuntándole con las lanzas hasta que el cielo vino en nuestra ayuda. Cosa rara en la región, se produjo un relámpago que cortó el cielo, seguido de un fuerte trueno. El animal se inquietó… dejose mover el cuello y cerró la bocaza aunque nos seguía mirando ansiosamente para ver si tomábamos alguna iniciativa… Otro relámpago pareció romper el cielo sobre nosotros. La bestia reculó, momento que aprovechamos para dar unos pasos hacia
atrás. Sin dejar de observarla seguimos retrocediendo cada vez más rápido y por fin nos dimos vuelta y corrimos desesperadamente hasta la combi…
Fue una experiencia inolvidable, para muchos de no creer, pues como dijo
Don Quijote: “Cosas vederes Sancho que non creyeres”… ¿Y usted, lo cree?