Rincón Literario
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Justicia
Como siempre el Servicio Meteorológico falló. La tardecita despejada y de temperatura primaveral se va transformando en desapacible. Empiezan a caer las primeras gotas.
Casi las cinco, hora de salir a trabajar. Todo listo en el bolso, el listado y los DVD ordenados para ser entregados según las reservas.
Él está contento, por fin después de mucho esfuerzo hoy logró que le entregaran el 0 km. ¿Se imagina la cara de los clientes cuando lo vean llegar con la máquina? Después de años de miradas displicentes y alguna cargada logró deshacerse de la batata. El del garaje lo felicita por la adquisición. Sube por la rampa. En la cochera reluce su nuevo auto. La sonrisa se le desdibuja al intentar salir. La camioneta gris se lo impide. Al igual que la semana anterior después de atravesarse en la salida, el conductor se baja y mientras grita que es un minuto nada más, corre hacia las oficinas de enfrente. Es inútil intentar pararlo. Eduardo mira el reloj y comienza a impacientarse. El empleado, con la pava en la mano, se dirige hacia el fondo silbando bajito.
Minutos más tarde se asoma sigilosamente.
Eduardo empieza a insultar, primero en voz baja. Después desciende del coche y va en busca del sereno que se excusa explicando:
-El tipo es un prepotente, siempre hace lo mismo, se cree el dueño del mundo.
-Se cree pero no lo es, que lo parió.
-No se ponga nervioso justo hoy que está de estreno.
La indignación crece, los minutos pasan, el tipo no regresa. Eduardo se contiene a duras penas, cuando vuelva, hasta será capaz de trompearlo.
-Tranquilo, cálmese.
-Ya van quince minutos, voy a llamar al cana de la esquina.
-Ni se moleste, nunca le hizo una boleta, siempre mira para otro lado.
La indignación lo invade, se acerca a la camioneta tentado de romperle un vidrio o reventarle a patadas la puerta.
Algo le impacta al salir a la calle, algo sólido, contundente. Extrañado mira hacia arriba y atina a refugiarse evitando la lluvia de granizo que comienza a desplomarse sobre la ciudad. El sonido es ensordecedor. La calle comienza a cubrirse con un manto de hielo. El tamaño de las piedras es extraordinario, tan extraordinario como para romper primero el parabrisas de la camioneta y luego bordarlo con motitas que van como brotando de la chapa.
Eduardo mientras se cubre sonríe y por primera vez cree en la justicia divina.
Historia de las cebollas
Por Amoedo Ponce, María
Ella esperó pacientemente el momento oportuno. Escondida, miraba por la rendija que formaban las tablas mal unidas de la puerta del rancho.
La vieja estaba de espaldas, inclinada sobre el fogón, revolviendo el dudoso contenido de la olla ennegrecida y humeante.
De pronto, Tania vio cómo ladeaba levemente la cabeza de manera que su oreja izquierda apuntara hacia el ventanuco. Por fin salió arrastrando las alpargatas y se encaminó en dirección al río.
La niña apretó entonces el atadito que sostenía fuertemente contra su pecho y corrió en la dirección opuesta. Corrió tanto como le permitieron sus piernas delgadas. Corrió a pesar de las piedritas que lastimaban las plantas de sus pequeños pies descalzos.
Sin aliento casi, llegó hasta el lugar elegido, se arrodilló y comenzó a escarbar la tierra, ayudándose con una vieja cuchara que había dejado el día anterior al pie del sauce.
Cuando el agujero estuvo abierto dispuso en él, con mucho cuidado, el vestidito celeste de volados, una remera color cielo con unas palabras bordadas, la blusa que alguna vez había sido blanca y por último, la codiciada muñeca. Colocó unas hojas de diario encima del tesoro, cubrió con tierra, yuyos y ramas. Miró atentamente el terreno y se alejó por donde vino.
Unos días después, a pesar de los llantos de su hermana Tina y de la insistencia de la abuela, negó una y otra vez.
- No sé dónde están las cosas, yo no hice nada-.
- ¡Vos fuiste! - decía la vieja mientras le retorcía la oreja - ¡Vos fuiste, ladina y el duende del campo te va a castigar por mala y egoísta! Al duende no le gustan los chicos que no comparten lo que tienen con sus hermanas. Él todo lo ve y todo lo sabe… ya vas a ver… te va a dar una sorpresa en el momento menos pensado-.
Tania se alejó escuchando los gritos de Tina y frotándose la oreja, de vez en cuando miraba de costado a la abuela que le hacía un gesto amenazante con la mano.
Una linda mañana andaba siguiendo hormigas por el campo cuando reconoció el sauce. La curiosidad y el recuerdo del reto la llevaron a abrir el pozo. El susto le desdibujó la cara cuando en lugar de las prendas encontró cuatro grandes y relucientes cebollas.
La tarde caía cuando se las entregó a la abuela, quien sonriendo comenzó a preparar el guiso. A medida que el cuchillo cortaba las rodajas, Tania arrepentida, se frotaba los ojos de los que iban brotando unos grandes lagrimones. Pensaba en su tesoro perdido y en las pequeñas huellas que encontró al pie del sauce.
 
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