Que los tiempos se han acelerado, nadie duda. Que las relaciones interpersonales están en crisis, tampoco. La realidad de nuestro tiempo nos plantea que cada vez hay menos casamientos y más separaciones.
Las causas de estos comportamientos son intrincadas, pero las cifras son contundentes. Una nota de La Reforma señalaba que se producen menos casamientos año tras año, con un aumento poblacional que debería revertir esa tendencia.
Miedo al compromiso, falta de vivienda y escasos ingresos, se escalonan aleatoriamente para alejarnos de la institución matrimonial.
Lo que resulta evidente es que una de las causas que alejan a los novios de las oficinas de los Registros Civiles, son las experiencias ajenas.
Hoy, en un Jardín de Infantes, no son mayoría los que tienen conviviendo a mamá y papá. Y muchos de los que ven estos ejemplos, se amedrentan.
Más allá de los objetores de conciencia por causas religiosas o aquellos muy apegados a las tradiciones, la problemática que surge para la disolución de un vínculo en nuestro país todavía presenta un alto grado de dificultad.
El estar atados “por toda la vida” o “hasta que la muerte los separe”, parece hoy un anacronismo. Desautorizadas absolutamente por la cotidianeidad, estas premisas suenan a cuento de hadas o película americana de los ’50.
Más de un especialista ha profundizado en el tema. Nosotros queremos arriesgar una hipótesis: la pareja a término. Establecer un plazo no demasiado extenso, pero sí lo suficiente como para valorar la convivencia (se me ocurre por ej. 3 años). Cumplido ese término,
uno puede renovar el compromiso, o no. Baste con que uno de los contratantes no desee hacerlo, el vínculo resultará disuelto. Con la anuencia de ambos, en cambio, se acuerda un nuevo período. Así, ad infinitud (o hasta que la parca lo decida), Durante este período, los ingresos seguirán siendo de cada uno. Las cosas que se compren serán a título personal, así en caso de disolución, cada uno se llevará sus bienes. Si algo está a nombre de ambos, se procederá a su inmediata venta y al reparto. Lo único que no encaja en este planteamiento son los hijos. Que no sufrirán más que los que tienen que afrontar una separación legal con peleas y recriminaciones. Siempre la responsabilidad sobre ellos será compartida (en cuanto a la manutención) y la tenencia, salvo en casos que deberán ser judicializados o por expreso desistimiento, será de la madre. Las fiestas de aniversario, resultarán interesantes para hacer balances sin la excesiva presión que significa una cadena perpetua y luego de los dos años, el más enamorado (siempre hay uno mas enamorado) deberá reconquistar a su pareja para volver a sacarle el “sí”. No creo en las parejas descartables, sí creo que se debe buscar la felicidad, y si nos equivocamos, tener la posibilidad de corregir el rumbo. También creo haberme ganado el odio de casi todos los abogados. |